Con la batería recargada

El proyecto “Desconectar para Conectar” puso en escena a uno de los protagonistas de esta era: el teléfono celular. Alumnos y alumnas idearon un cargador múltiple de baterías y el premio fue un viaje a México.
Hoy es uno más. En algunos colegios los dejan en cajas, en otros acuerdan apagarlos antes de entrar a clases, en algunos los usan como herramienta pedagógica pero su presencia ya está instalada. Es un intruso que, al menos por ahora, llegó para quedarse. Entonces, ¿qué hacer con el teléfono celular en el aula? Los chicos y chicas del colegio Marcelino Catrón, en el barrio Aeropuerto de Santa Rosa, encontraron la respuesta: desconectar para conectar.
“Nos dimos cuenta de que estábamos todo el día con el celular, que interfería en la atención en las clases y hasta en la relación entre nosotros, así que nos pusimos a charlar para ver cómo podíamos hacer algo más positivo, cómo usar el celular como una herramienta de aprendizaje y a partir de eso empezamos con el proyecto”, explicó Andrés Lick (18), uno de los “inventores” de una especie de caja que permite cargar hasta 20 celulares al mismo tiempo.
“Vos salís de tu casa con la batería llena, pero cuando te vas del colegio seguro ya está vacía y quizá necesitás comunicarte con tu familia o lo que sea. También vimos que en el hospital hay gente esperando horas ser atendida en una sala y solo hay un enchufe o dos. También comprobamos que en los aeropuertos está la gente tirada en el suelo al lado de una zapatilla gigante para cargar el celular, entonces con esto vos tenés una solución”, agregó Iris Ferreira (16), otra de las impulsoras de Desconectar para Conectar.
Junto a Ernesto Alvarez, profesor de Tecnología de los Sistemas Informáticos, los alumnos se pusieron manos a la obra durante el año pasado y lograron resultados que ninguno llegaba siquiera a soñar. “El proyecto comenzó en el aula y analizamos los componentes de las computadoras. Hicimos pruebas con fuentes de alimentación y se desarmaron computadoras hasta que los chicos hicieron un pequeño armario de un metro por un metro con gabinetes”, señaló el docente.
Las conexiones con USB y fuentes de alimentación las hicieron los adolescentes. Y al principio salió todo al revés. “En un primer momento no cargaba sino que descargaba los celulares, se quemaron fuentes así que seguimos investigando con la ayuda de otras personas hasta que llegamos al resultado adecuado”, contó Brian Fernández (16).
El diseño se hizo con puertas corredizas, vidrios y luces led hasta que el “armario” quedó listo. El proyecto no fue elegido en la Feria de Ciencias pero lo presentaron en la ExpoCytar. Y allí comenzó un torbellino que aún hoy tiene conmovido al grupo “inventor”.
“La Feria de Ciencias fue en agosto y en octubre fuimos a Expocytar. La verdad que no teníamos ninguna esperanza, estábamos medio bajón, pero cuando anuncian los acreditados nosotros estábamos entre los elegidos, ¡y para viajar a México!”, dice Iris con una sonrisa más grande que su cara. Pero, ¿cómo hacer para conseguir el dinero necesario?
“Nos empezamos a mover y nos pareció que era una obligación del Estado apoyar un proyecto de esta naturaleza, sobre todo para un colegio periférico que está muy estigmatizado y que no tiene las posibilidades de otros establecimientos de la ciudad. Acá tenemos una problemática social seria, con chicos con problemas de nutrición y otras cuestiones complicadas, entonces fuimos a buscar apoyo”, señaló Alvarez.
Llegó una invitación para participar en la primera Feria de Emprendedores Pampeanos, en noviembre pasado en la Rural. El gobernador Carlos Verna fue de visita al paseo y llegó al stand del colegio Marcelino Catrón. Escuchó el proyecto y les dijo que el Estado provincial pagaba los pasajes al docente y tres alumnos.
“A partir de ahí se activó todo. Teníamos los pasajes así que faltaba juntar dinero para la estadía. Fue impresionante cómo todos ayudaron: el colegio, los docentes, las familias. Hicimos polladas, rifas, una peña. Juntamos pesito por pesito. Y fue todo contrarreloj porque, además, no podíamos viajar con un aparato tan grande”, señaló Andrés, uno de los que viajó a la Expo Ciencia mexicana junto a Iris e Iván Wiggenhauser (16).
En dos semanas armaron un modelo más chico y, en diciembre, emprendieron el viaje. “Era la primera vez en un avión, en un aeropuerto. La primera vez en el coso ese…”, dice Iris y se ríe porque Santiago le recuerda que el “coso” es la manga que lleva al avión.
“Fue una experiencia muy fuerte, inolvidable. Estuvimos en una ciudad de 24 millones de habitantes, visitamos lugares históricos y convivimos con gente de todo el mundo: de Turquía, Brasil, el Reino Unido, Estados Unidos. De Argentina fuimos solo tres colegios, y uno de ellos el Catrón”, resalta orgullosa Iris.
El proyecto sigue su marcha. Estarán nuevamente en la Feria de Ciencias, planean ir a otros colegios y buscan la manera de que el “armario” funcione con energía solar. “Creo que lo mejor fue encontrar algo que motivaba a los chicos. El aula llena de polvo y ruido fue un signo de que ahí algo se estaba creando. Y eso se derrama al resto. Hay que innovar e incentivar a los adolescentes porque ellos siempre tienen cosas para decirnos”, resumió Alvarez sobre un grupo con la batería siempre llena.