La solidaridad de los más chicos

El agua sumergió a cientos de vecinos en la tristeza y el dolor, pero los chicos y chicas del Malvinas Argentinas se metieron entre el barro para dar su mano solidaria. Para poner el hombro y pelearle a la inundación.
Es martes y hace casi tres días que el sol entibia el otoño santarroseño. La ciudad retomó su rutina pero para muchos el agua, la humedad, las cloacas, las ratas, el olor y la desesperanza están ahí, estancados como en una resaca gigante que ninguna aspirina puede aliviar. Una resaca triste por una lluvia que desnudó la peor cara, la del desamparo de vecinos que solo pudieron esbozar una sonrisa o descargar sus lágrimas cuando ellos llegaron para dar una mano. Cuando llegaron para, aunque sea, estar ahí y acompañar.
“La gente nos agradece porque dice que somos los únicos que venimos a ayudar, que entramos a sus casas. Ayer fuimos a lo de dos abuelitos que pidieron colchones porque hacía dos o tres días que dormían sentados en un sillón. Cuando les llevamos los colchones se pusieron a llorar”, cuenta Damián, un flaquito de 14 años que recién llega de la EPET 1 y se va directo al lugar donde va todos los días, la biblioteca Malvinas Argentinas.
En Callaqueo y Giachino funciona el espacio que la Comisión Vecinal de ese barrio, el Malvinas Argentinas, lleva adelante con distintas funciones y actividades. Por eso mientras una decena de chicos toma “la leche con masitas” un grupo de mujeres selecciona y ordena a cuatro manos la ayuda solidaria que llegó y llega para los afectados por los casi 400 milímetros que cayeron en cinco días.
“Nosotros venimos siempre y vamos a ayudar y a participar en actividades donde nos inviten. Si no hay nada para hacer nos ponemos a jugar, a pintar y si no a colaborar en lo que se necesite. Acá vienen muchos chicos y por suerte hay un montón de gente que da una mano para que todos tengan una merienda”, explica Enzo (14). Todavía tiene unos guantes de látex en sus manos porque llegó de hacer una recorrida repartiendo lavandina, frazadas y algunas viandas a quienes viven cerca del cuenco del barrio, desbordado por esa agua quieta, inmóvil, amenazante.
La tarea de los chicos y chicas fue uno de los aspectos más valorados en medio de una catástrofe que arrasó casas, muebles, electrodomésticos, papeles, recuerdos, esfuerzos y sueños compartidos.
“En los días de mucha inundación no se podía sacar la basura, así que nos metimos en kayacs y botes para sacar las bolsas. Había mucha carne y comida podrida que la gente no pudo salvar de las heladeras así que la sacamos de esa forma”, contó ‘Toto’ (11), que junto a Blas (14) terminaron la jornada escolar en la EPET y en la Agrotécnica y hacen chistes con Jazmín y Xiomara porque ambas tienen 12 años pero una de ellas”quiere ponerse más edad de la que tiene para la nota en el diario”.
Raúl Camerlinckx es el titular de la Comisión Vecinal y maneja la camioneta por las calles envueltas en agua y lodo. Enzo, su hermano Dante (11) y Mora (10) se bajan en una cuadra de la calle Vaira y entran a una casa con 30 centímetros de agua en el interior. Paolo y Fernanda son dos jóvenes, igual que Franco, que no paran un minuto y coordinan y aconsejan a los chicos en su tarea. Son incansables y, según afirman los más grandes, pilares en días donde todo parece derrumbarse.
“Una señora tiene un piso arriba y no alcanzó a subir sus cosas. Te contaba lo que le pasó y se ponía a llorar, nosotros le preguntábamos y lloraba más”, recordó Enzo. Ellos lo cuentan así, con naturalidad, sin poses ni fotos. Sin palabras de más. Porque ellos estuvieron ahí, llevando ayuda pero también presencia. Poniendo un hombro a un adulto que a veces necesita eso, un hombro donde llorar.
“Una familia que vive en la esquina del cuenco nos dijo ‘ustedes se están ganando la voluntad de toda la gente’. Ahora el agua bajó pero hay que limpiar y desinfectar las casas. Nosotros llevamos de todo: bolsones de comida, agua mineral, frazadas, ropa, cosas para limpiar; pero los vecinos solo te piden lo necesario, nada más”, señaló Damián.
Mientras ellos y ellas hablan, se ríen y comen una factura, los adultos que andan por ahí cuentan por lo bajo historias de algunos de esos chicos y chicas que también pasaron por situaciones extremas. Vivieron en casillas en medio de la nada y sintieron en la panza el vacío que solo se siente cuando el hambre ataca.
“Uno ve a estos chicos y no puede hacer otra cosa que seguir adelante. Ellos te devuelven las ganas que uno pierde. Yo vivo sobre la Vaira y se me inundó la casa, pero los veo a ellos, a toda la gente que trabaja en la biblioteca solamente por el hecho de ayudar y siento admiración. Te devuelven la esperanza”, dice Daniel Jure, un vecino que puso a disposición su camioneta “para lo que haga falta”.
Las mujeres siguen doblando ropa, sirven tazones de leche y todos se amontonan entre estantes con libros, bolsones de ropa y cajas de comida. Llega Fernanda desde la Facultad y salen a abrazarla. Disfrutan de su infancia y se ríen. Hay sol y el aire refresca. Pero saben que alguien está ahí nomás, agazapada. Es el agua mala. El agua que los mueve a no quedarse quietos. Que los mueve a ayudar. Que los mueve a ser chicos grandes. O grandes chicos, que no es lo mismo.

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