Antolina, la madre de una gran familia

VECINA DE VILLA TOMAS MASON TIENE 89 BISNIETOS Y 12 TATARANIETOS

Tiene 86 años y más de un centenar de descendientes. Hoy va a festejar el Día de la Madre y asistirá al bautismo del último de sus bisnietos.
La mujer no se propuso nunca tener una familia tan numerosa. Las cosas, dice, se dieron así.
Antolina “Tola” Frank hace cuentas y anota en el dorso de un papel -una rifa vieja que sorteaba un microondas y una licuadora- la cantidad de descendencia que ha dejado en 86 años de vida: 8 hijos, 38 nietos, 89 bisnietos, 12 tataranietos. Sin contar los parientes políticos, la cuenta da 145 descendientes. El número obliga a alquilar un salón de fiestas cada vez que Tola cumple años o alguien se casa.
-¿Se acuerda de los nombres de todos?
-No, qué me voy a acordar (risas). Sí me dicen de quién son los chicos ahí sí los identifico, pero son tantos que me es imposible.

Antolina, ojos celestísimos detrás de anteojos fotosensibles, jogging de abuela canchera, pendientes con perlitas y sonrisa ancha. Antolina, conversadora y memoriosa, evidentemente alegre. Pese a que hace cinco años perdió a su compañero de vida, don Esteban, parece decirle al mundo ‘bueno, aquí estoy, en mi casita de Villa Tomás Mason, tengo muy lindos recuerdos y voy a pasarla lo mejor posible”.
En el patio de la casa hay cuatro perros y en la cocina, encerrado en la jaula, un loro verde bastante grande y hablador. También hay visitas: tres hijos, tres nietas y algunos bisnietos que corren y se persiguen por la vereda.
Nacida en un campo de la Colonia Roca -un paraje ubicado al sur de Toay-, hija de inmigrantes alemanes ahuyentados por la guerra, guarda como en un relicario inconsciente el recuerdo de las carneadas que hacían sus padres cuando ella era apenas una niña. Un recuerdo que lleva indefectiblemente a una reflexión: ¿por qué será que la gente que nace en el campo se acuerda tanto de las carneadas?
“Criábamos chanchos, hacíamos facturas (fiambres), y revolvíamos la sangre para hacer las morcillas. Era tan lindo”, rememora. Después se le viene un recuerdo de su paso por Gamay, cuando comenzó a armar su familia junto a Esteban con el que llegó a cumplir 66 años de casada: “Si nos hubiésemos quedado en el pueblo, lo habríamos poblado por completo”.
Solo los sábados Antolina recibe a una mujer que va a ayudarla con la limpieza de la casa. El resto de los días, dice, hace todo sola. “Siempre me las arreglé con todo”, dispara, haciendo gala de ser una mujer inquieta y lúcida.
Hoy por la mañana, Tola va a festejar el día de la madre junto a su familia, pero antes irá a la Iglesia del Sagrado Corazón para ver el bautismo de Bautista, hijo de Ana, el último de sus 89 bisnietos. El niño, que ahora descansa en sus brazos, es un morocho rosadito que ni se entera de que está siendo fotografiado para este diario “¿No es hermoso?”, dice Antolina y le besa la frente.

Compartir