Capítulo 6: Zircaos en Valle Fértil

Dejamos Traslasierra, Córdoba con una sorpresa muy linda, una familia que nos había escrito por internet nos abrió las puertas de su hogar para compartir un par de días, y no solo eso, nos vimos de casualidad, sin habernos comunicado antes para saber en qué pueblo exactamente vivían. Una vez más la magia del camino y las ganas de encontrarnos hizo que caigamos en el lugar y a la hora justa, nos vimos de sorpresa en la plaza del pueblo, de noche, cuando llegamos, después de estacionar la camioneta y pedir agua en la comisaria. Ellos también están embarcados en el sueño de vivir un pedazo de vida diferente y lo van a lograr, son una familia de seis, con muchas ganas de crecer juntos y con un montón de expectativas en el viaje. Nos abrieron las puertas de su casa y de su corazón, compartimos comidas, mucha charla y fuimos al día siguiente a dar un paseo hermoso por el rio de Nono que pasa por entre cajones gigantes de piedras. Todo muy tranquilo, esta es una época donde no hay turismo, hace frio y por la mañana no hubo mejor plan que cruzarse a la panadería para comprar unas ricas medialunas de manteca y un pan caserito para el desayuno. Alma y Quintín junto con los otros cuatro chicos jugaron muchísimo haciendo chozas y recorriendo el rio, volvimos de noche. Al día siguiente ellos fueron los que tuvieron que irse, tenían un compromiso en Córdoba capital y decidimos quedarnos un día más en el pueblo, queríamos conocer el Museo Rocsen, un señor que decidió acumular cosas, pero muchas, muchísimas! De todo tipo, por el suelo, las paredes, el techo, en cada rinconcito hay algo.
Próxima parada…Valle Fértil, San Juan. Llegar hasta ahí nos llevó unos días, tomamos unas rutas solitarias que desembocaron en caminos de tierra, después de andar unos 80 kilómetros de ripio, volvió a aparecer la ruta, esta vez bordeando un rio seco donde por tramos este mismo rio hace unos tres años creció tanto y tan fuerte que arranco la carretera de raíz. Todo quedo estancado, sin mucha expectativa de reacondicionar el paisaje. Más adelante hubo también que cruzar el cauce de un rio, había máquinas excavadoras sacando la arena que se junta debajo del agua para que los coches no queden encajados. Aunque en La Pampa ya estamos acostumbrados a cruzar rutas como si fuesen mares a mi esta vez me dio un poco de miedo, tal vez porque no conocía el terreno o me imaginaba que podía venir una correntada y arrastrarnos para un costado si el señor que estaba ahí dirigiendo todo no me hubiese dicho con cara de serio: “vaya por donde limpio la maquina pero no le afloje”, de peliculera nomas…
Y llegamos a San Agustín del Valle Fértil, a la hora de la siesta, donde el pueblo de cierra y pareciera que no lo habita nadie, estacionamos en la plaza, un lugar con bastante verde y tranquilo, como casi siempre son todas las de los pueblos. Generalmente es al primer lugar que vamos cuando llegamos a destino, porque desde ahí uno siente que se acomoda y puede ver la dinámica del lugar. Pero a esta hora no había muchas conclusiones para sacar, todo estaba vacío. Después descubrimos que la vida se para desde la 1 de la tarde hasta las 6 donde todos reactivan después de la sagrada y larga siesta. A la tardecita la gente abre los comercios, va a la plaza, hacen lo que se hace en cada lugar, con normalidad pero lento. Y se cierra tarde, como a las 10 de la noche. Empezábamos a vivir el horario del noroeste argentino, tranquilo, tranquilo.
Muy cerquita de allí entre otros está el Parque Provincial Ischigualasto, donde se encuentra el conocidísimo Valle de La Luna y donde entre tantos se encontró también el dinosaurio más antiguo y este pueblito por estar de paso hacia esos lugares es muy visitado, tiene un museo de dinosaurios en la esquina de la plaza que por supuesto Quintín y Alma no dejaron de ir, también hicimos una larga caminata por la represa que esta atrás del pueblo, donde cruzamos un rio y caminamos por los cerros, viendo cabras y diferentes tipos de cactus. Nuestro paseo termino después de un par de horas entrando por la parte de atrás de San Agustin y tocando la puerta de una casita humilde donde tenía un cartel que decía: “se venden pastelitos”. Estaban recién hechos, riquísimos, de batata, era justo la hora de la leche y el mate.
Gracias por acompañarnos!!
Hasta el próximo capítulo!

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