¿Cayó Santa Rosa en una trampa hídrica?

PUNTO DE VISTA

Ernesto F. Viglizzo* – Recuerdos añosos nos remiten a una Santa Rosa pueblerina en las décadas de 1930, 40 y 50: lluvias erráticas, viviendas bajas, calles polvorientas y una laguna (Don Tomás) inimaginablemente seca. El agua era sorbida por un suelo sediento cuando llovía, y los aljibes cosechaban penosamente lo que dejaba alguna lluvia esquiva. Eran tiempos de napas profundas, de pozos, molinos y bombas manuales. El agua era uno más de los recursos escasos que administraba una comunidad austera. Apenas asomaba una red embrionaria de agua potable y de cloacas en el centro urbano.
Pero el tiempo pasó. La ciudad creció, las calles se asfaltaron, la superficie edificada cubrió los baldíos, los edificios crecieron en altura, se expandieron las redes de agua potable y de residuos cloacales. El paisaje urbano mutó, y con él, cambió drásticamente la hidrología de la ciudad. Hoy tenemos otra historia que contar. Los edificios y las calles asfaltadas reducen la infiltración, los fluidos circulan por cañerías, y el agua drena rápida y copiosamente hacia la Laguna Don Tomás, manteniendo colmado su cuenco de 200-250 hectáreas. Los excesos desbordan y deben ser bombeados hacia el Bajo Giuliani, cuyo espejo de agua crece para estabilizar una laguna colmada. El nivel freático asciende sin control humano y el agua aflora en los sectores más bajos de la ciudad. Cloacas que revientan, pavimentos destruidos, sótanos anegados, pisos embebidos y paredes deterioradas son señales inequívocas de una hidrología que nos jaquea. Las tensiones crecen en los barrios más afectados de la ciudad.
Una profusión de argumentos intentan explicar el problema: cambio climático, exceso de lluvias, sistema cloacal fallido, edificación no regulada, crecimiento del área pavimentada, drenajes insuficientes e ineficientes, etc. Los problemas se fragmentan y las soluciones se demoran. Más allá de las verdades relativas que hay detrás de estas razones, es necesario conceptualizar el problema con mayor rigor y precisión. Reconozco que mis conocimientos en hidrología urbana son rudimentarios, pero el simple sentido común me lleva a buscar una génesis simplificada del conflicto. Y hacia allí vamos.

Balance con desequilibrios.
Pocas veces el problema hídrico de Santa Rosa ha sido mirado como un balance entre ganancias y pérdidas. Es decir, como la diferencia que surge entre el agua que ingresa y el agua que egresa cada año de la ciudad. Y creo que aquí está el germen de la trampa hídrica en la que hemos caído. Usando un modelo muy básico y elemental, podemos decir que el agua ingresa a la ciudad principalmente a través de dos vías: las lluvias y los acueductos (el de Santa Rosa-Anguil-Uriburu, y el del Río Colorado). Y egresa, por un lado, a través de la evaporación del agua acumulada en las lagunas (Don Tomás y Bajo Giuliani), y por el otro, a través de la evapotranspiración que ocurre en las áreas de tierra y vegetación (plazas, baldíos, patios). Si ignoramos otras vías menores de ganancia y pérdida (que existen), los grandes números indican que cada año ingresan a Santa Rosa unos 700 milímetros de agua que proviene de las lluvias, y otro tanto que proviene de los acueductos, sumando “grosso-modo” unos 1.400 milímetros anuales. Si a través de la bibliografía actualizada le ponemos un número a los egresos por evaporación de las lagunas y por transpiración de la vegetación, comprobamos que la cantidad de agua que se vaporiza hacia la atmósfera alcanzaría unos 1000 milímetros por año. Esto significa que el sistema urbano estaría ganando unos 400 milímetros cada año, o en otros términos, un 40 % más de lo que pierde. Si estos excedentes se acumulan año tras año, caer en una trampa hídrica es casi inexorable.

Solo es cuestión de tiempo.
Más de una vez me he preguntado si no estoy errando mucho en mis cálculos. Pero me tranquilizan dos datos irrefutables: la laguna del Bajo Giuliani cubría en 1985 unas 550 hectáreas. En 2015 había alcanzado las 1.300 hectáreas. Por otro lado, como lo han señalado reconocidos geólogos pampeanos, los niveles freáticos no paran de ascender: al comenzar la década de 1990, el nivel freático en el centro de Santa Rosa se encontraba a unos 25 metros de profundidad; hoy a menos 5 metros. Y otro tanto ocurre en sectores bajos de la ciudad, a menudo con afloramientos de agua en superficie. Como los cuencos y el agua subterránea están conectados, la simple expansión de aquéllos coincide con un ascenso del nivel freático. Ambos son indicadores fehacientes de un balance hídrico que acumula excesos y nos empuja a una trampa hídrica de la cual debemos escapar.

Escapando de la trampa.
La crítica suele indicar que somos más pródigos en diagnósticos que en soluciones. Con discreción creo que la solución al problema pasa primariamente por resolver el balance hídrico de la ciudad, sin subestimar otros aspectos que suman al cuadro general. Cayendo en una concepción simplista pero efectiva, pienso que debemos evitar que ingrese a nuestro sistema más agua de la que egresa. Parte de ese ingreso, el de las lluvias, es inevitable. Pero otra parte, el agua que ingresa por los acueductos, es manejable. Esto puede sonar a herejía, pero si hipotéticamente canceláramos esa vía de ingreso, resolveríamos en poco tiempo el problema de los excedentes hídricos que se acumulan. Claro, pero si bloqueáramos los acueductos ¿cómo proveeríamos de agua a Santa Rosa? Simplemente, cambiando el paradigma hidrológico. En lugar de ir a buscar el agua a otro lado ¿por qué no explotar localmente el agua sobrante? ¿Por qué no consumir nuestro excedente freático y al mismo tiempo deprimir la napa?
¿Es inevitable tener que explotar o perforar nuevos pozos y deprimir la freática en localidades vecinas? Tal vez esto fue necesario en tiempos lejanos de notoria escasez ¿Pero lo es hoy? Seguramente esta idea suena algo descabellada y va en contra de una visión dominante que apunta a buscar obsesivamente nuevas fuentes de agua para Santa Rosa. Se argumentará que en tal caso el agua local debería ser descontaminada y potabilizada, pero esto mismo se hace con el agua que llega desde los acueductos. Y queda una pregunta adicional ¿cuánto esfuerzo y dinero ahorraría la sociedad si trabajáramos sobre los acuíferos locales y a la vez atacáramos los problemas causados por los excesos hídricos?
Utilizados como cuencos de evaporación, las lagunas Don Tomás y Bajo Giuliani contribuirían, en poco tiempo, a eliminar grandes volúmenes de agua excedente. En síntesis, creo que el desafío clave para los santarroseños debería ser, en los próximos años, alcanzar y sostener un balance hídrico equilibrado.

¿Reforzando la trampa?
Ha sido estimulante enterarme que se encomendará a profesionales capacitados un Plan Director de Aguas que intentará ordenar el uso del recurso hídrico previendo la expansión de la ciudad en los próximos 30 años. Pero no deja de llamarme la atención que para abordar ese Plan se insista en el paradigma hidrológico que, en mi opinión, ha acarreado más problemas que soluciones a la ciudad. El estudio propone analizar, entre otras cosas, una “rehabilitación de las perforaciones existentes y la incorporación de nuevas perforaciones…. la determinación de sus caudales y las horas diarias de funcionamiento”. E incorpora un “estudio hidráulico de la red de acueductos y del acueducto principal para determinar la capacidad de transporte de agua potable a la ciudad”. Frente a esto me surge una preocupación que no puedo disimular, ¿no estaremos tropezando de nuevo con la misma piedra? ¿No estaremos buscando soluciones que a la postre reforzarán la trampa hídrica en la que estamos cautivos, y realimentarán un problema que se ha vuelto crónico?
*Doctor en ciencias agrarias. Investigador, docente y autor de numerosos libros y trabajos sobre ambiente y ecología.