Clamábamos por agua…

Walter Cazenave * – El testimonio de Basilio Cabral, quien hoy tiene 93 años, es elocuente de lo que sucedió cuando se cortó para el oeste de La Pampa, el agua del Río Atuel. “La gente clamaba por agua”, dice el poblador de una región que sufrió las consecuencias de la falta del recurso.
La realidad incomprendida o mala intención de gentes de alguna provincia vecina suele adjudicarnos exageraciones y falsedades sobre nuestro reclamo del agua perdida y el avance del desierto vigente. Contra esas actitudes, más allá de las razones técnicas y jurídicas, a veces campea con mayor fuerza la historia mínima y terrible de los viejos pobladores, de aquellos que vieron el río correr y apagarse lentamente, junto con el trabajo y la esperanza; que integraron la diáspora de cuatro rumbos o, simplemente, se quedaron por no poder partir.
Es lo que brota del testimonio de don Basilio Cabral, del pasado mes de mayo, que mira el tiempo desde su 93 años de vida, un tiempo que se inició en la por entonces Colonia Emilio Mitre y se continuó en la miseria de un paraje llamado, irónicamente, La Esperanza.
Por entonces los Cabral eran muchos, surgidos de algún apadrinamiento y quizás con el kempeñ, la estirpe familiar, ya olvidado. Hasta el día de hoy está el apellido diseminado por la zona, en múltiples descendientes, acaso relacionados con aquel Ramón Cabral, el platero que menciona el libro del coronel Mansilla y al que prodiga una cierta admiración.
-Me llamo Basilio Cabral, tengo 93 años. Nací en la Colonia Emilio Mitre, el 15 de mayo de 1924 y me crié ahí, en el Paraje La Esperanza.
Yo era chico cuando en aquel tiempo cayó la primera ceniza del volcán de Malargüe. Me acuerdo porque era a la tardecita y se sintió como un trueno, que nunca se había escuchado, y después todo se fue cubriendo de ceniza.

P.: -¿Cómo fue su infancia?
B.C.: -Pobre, muy pobre. Éramos varios hermanos y a veces no teníamos nada para alimentarnos. Secábamos la yerba al sol para que nos durara más. La gente que no trabajaba no tenía nada; cuando pasaba la época de la esquila ya no había más nada. Nosotros no teníamos para comer; comíamos chañar. Por allí si se carneaba un animal y uno pedía un pedacito era difícil que le dieran, lo mismo que el pan. Salíamos temprano a pedir un poquito de yerba y unos terrones de azúcar. A la noche se ponía a secar la yerba para el otro día. Éramos muy, muy pobres. Nosotros la comida que teníamos era el chañar. La chaucha era la comida del almuerzo y la cena. De vez en cuando cazábamos un piche.

Almacenes y el caserío.
P.: -¿Cómo era todo esto?¿Había poblados?
B.C.: -Donde ahora está el pueblo estaba la Casa La Porteña, de Emilio Fernández (uno de los primeros pobladores) y el juez de paz era Luis Gómez. La casa Santa Isabel estaba cerca de donde ahora es el cementerio. Y mire lo que son las cosas: con el tiempo la casa Santa Isabel desapareció pero le quedó el nombre al pueblo. La casa La Porteña quedó en el caserío, donde también estaban la comisaría, el Juzgado y la Comisión de fomento. Había tres o cuatro viviendas nomás.
Por ese tiempo había varios almacenes de ramos generales, casi siempre cerca del río. Para el Paso de los Algarrobos había un negocio, La Razón.
P.: -¿Cuándo se fundó el pueblo?
B.C.: -El año de fundación es difícil decirlo porque esto era un caserío al que se iban agregando ranchos y, seguramente, los primeros surgieron cerca de las casa de comercio. Mi familia se vino de La Esperanza y alzamos un rancho, como a diez o doce cuadras de lo que ahora es el centro del pueblo.
P.: -¿Quiénes más poblaban?
B.C.: -La gente paisana. Hablaban la lengua de ellos despacito, casi en secreto. La persona paisana tiene otra forma de conversar, otra forma de preguntar. Es distinta. Se saludaban con el “mari mari”… ese era el saludo que tenían.
P.: –¿Había trabajo?
B.C.: -En esos años no había trabajo. Había, sí, muchas ovejas y yeguarizos, pero el cuidado lo hacían los mismos propietarios. Pocos daban trabajo a los de afuera.
P.: -¿Y en qué se trabajaba?
B.C.: -Se criaban animales, lanares especialmente. En la estancia Ventrencó tenían 20.000 ovejas, y un vasco criador, Irizia creo que se llamaba, el solo tenía 15.000 animales. Había, si, algunos vacunos pero prácticamente no habían chivas. En aquellos años no se señalaban los animales, ni se marcaban tampoco. Muchas veces pasé por Algarrobo, cuando tenía 22 años le ayudaba a mi padre a esquilar; en esos tiempos se esquilaba a tijera y después la lana se llevaba a Alvear, a Victorica, pero en carro… Había que cruzar esa travesía para llegar a la punta de rieles.
P.: ¿De la Colonia Butaló no quedaba nada?
B.C.: -Casi nada. En la Colonia Butaló había muy poca gente. No se cultivaba porque no había agua. Por allí vivían otros Cabral, los Ordienko.

Los ríos.
P.: -¿Y los ríos todavía llevaban agua?
B.C.: -En esos años crecía mucho el río Salado; pasaba un brazo del río que se cortó en esos años y no pasó nunca más. Recién en los años 60′ 70′ llegó un golpe de agua y volvió a traer mucha agua. El Salado siempre vino encajonado, y con agua salada.
P.: -¿Y el Atuel?
B.C.: -El Atuel se podía tomar, pero se desparramaba en muchos brazos y lagunas. Había un brazo que se juntaba con el Salado por allí, cerca del Arbol de la Esperanza. Había lagunas que llegaban muy cerca del pueblo; después hicieron un tapón y la corriente se desvió para otro lado, para el lado de Paso de los Algarrobos. El agua empezó a ser un problema. Cuando tenía 10 años un vecino hizo un jagüel y como yo era chico me bajaban con una soga para limpiar y para sacar agua para tomar. El que tenía plata tenía tanques con agua pero los pobres no.
En algunos campos se hacían pozos para abastecer…yo mismo hice cuatro y no había que cavar demasiado. Algunos tenían 6 metros de profundidad, otros 11. En uno de los campos hasta había una bomba para levantar el agua. El agua era buena.
En ese tiempo estaban los brazos del Atuel; había agua en el Paso de la Rama, sobre el brazo principal y también corría el arroyo Las Tinajeras. Según contaba mi padre el Atuel se juntaba con el Salado por acá nomás, cerquita del pueblo. El agua empezó a faltar en el año 40, 41… Hasta entonces de Algarrobo del Aguila para acá era toda agua tendida, desparramada.
Cuando se cortó el río la gente clamaba por el agua, no teníamos ni para tomar. Se hacían jagüeles para la bebida. La miseria se hizo muy grande, la gente muy pobre. Hasta comíamos animales que se morían, no teníamos ropa y andábamos descalzos invierno y verano; las chapas del techo eran unos cueros de potro estirados. Por entonces el Atuel se juntó con el Salado, y las ovejas, sedientas, tomaban el agua del remanso y se morían, muchísimas. La gente se iba a Alvear y a Victorica.
P.: -¿Y usted que hizo?
B.C.: -Después yo empecé a trabajar de albañil. Hice el servicio militar como voluntario, en Río Gallegos y después estuve trabajando en Curacó. Pero allí también cuando cortaron el río se terminó todo.
* Geógrafo