Como si fueran chicos atrás de una pelota

El fútbol, la pelota, está en los genes de cada hombre… a cierta edad, cuando se lo intenta practicar suele ser fútbol parlante -casi parlachín-, en el que se intenta más hablando que con el físico.
Advertencia: si usted no es futbolero/a, ni siquiera se moleste en empezar a leer esta nota. No encontrará otra cosa que frases más o menos desordenadas, quizás un poco inexplicables, aunque remanidas, conocidas, y además cargadas de una sensiblería que -si no es futbolero/a, se repite- puede resultarle francamente insoportable. El que avisa no traiciona, dicen.
Por eso… si no es futbolero saltee esta nota; ahórrese el esfuerzo de adentrarse en una lectura que, seguro, no le interesará absolutamente nada.
Y ahora sí, a decir lo que tengo ganas de decir.
El fútbol… qué expresar de esa locura que, alguna vez -sobre todo cuando nos ponemos el “traje” de periodista- pretenderemos disimular; pero que al cabo apenas lograremos encubrir cuando se produzca alguna que otra discusión. Pero lo cierto es que, sin saber por qué, sin tener explicación lógica, será un motivo para alegrarnos o entristecernos, para la bronca o la alegría… Nadie que no lo haya jugado aunque sea en un picado, que no haya intentado un taco, una gambeta, o un pase bien dado, podrá darle la dimensión que puede tener en nuestras vidas, en las que suele transformarse en un motor indescriptible.
Pasa por lo menos en una enorme porción de hombres de este país que lo tenemos como una pasión inexplicable, que nos lleva a exaltarnos de manera tal que -si nos mostraran filmados en alguna discusión sobre el tema- hasta podríamos llegar a avergonzarnos por actitudes no pocas veces infantiles.

Lo que pasa por dentro.
No es la intención ser auto referencial, pero quizás valga a modo de ejemplo contar lo que me pasa… cuando voy al estadio de River -el más campeón de la historia del fútbol argentino, incluso del Nacional B (y nadie puede discutir eso. ¡Sí, bosteros, las dos cosas!)-, me gusta ir a la San Martín baja, la platea que está detrás de los bancos de suplentes. Lo extraño es que, al margen del cosquilleo que voy sintiendo a medida que me acerco al estadio (y me pasa cada vez), cuando estoy ubicado permanezco como en el teatro: observándolo todo aparentemente tranquilo, como un espectador imperturbable. Veo el juego, claro, los movimientos en el banco cercano donde está el técnico de mi equipo, pero también el espectáculo de esos -más locos que yo-, que llegan a la cancha muy compuestos, perfectamente vestidos, atildados, y que al rato nomás de empezar a correr la pelota se convierten en verdaderos energúmenos, rabiosos, frenéticos, que oscilan entre el júbilo y la angustia, según los vaivenes del tanteador. Eso me pasa en el estadio, pero me reconozco igual que ese tipo desenfrenado que grita y se trastorna en una tribuna, cuando estoy frente a la tele viendo a mi querido millonario: no sé qué me pasa entonces, pero me transformo y no me puedo controlar, y grito, y puteo, ¡sí, puteo! (no hay nada más gráfico que decirlo así), y entro en un estado inconcebible, aunque sea en la intimidad. Lo admito.

Con los cortos.
Pero más allá de la condición de espectador está la otra, la de sentirnos protagonistas… aunque los mejores años para la práctica deportiva hayan pasado (y hace bastante tiempo). Esos torneos de veteranos (de “profesionales” les dicen, como para encubrir la edad de muchos), han logrado que verdaderas multitudes de hombres que pintan canas -los que pueden pintarlas, porque otros directamente ya no pueden tenerlas- se reúnen cada fin de semana para correr detrás de una pelota.
Y lo hacen con un entusiasmo singular… los que alguna vez jugaron oficialmente, y los otros que lo hicieron en los potreros de antaño. Ese es un fútbol más o menos organizado, porque son torneos administrados, que cuentan con horarios determinados, árbitros y circunstancias que los asemejan a un partido oficial.
Pero hay otros encuentros sabatinos que no cuentan nada más que con la convocatoria de saber que a tal hora, en tal cancha, se empezarán a distribuir las pecheras para poner 11 contra 11; o 12 contra 12, o los que sean… Y aquí no habrá árbitros, ni equipos establecidos… será apenas un poquito parecido a lo que pasaba en los antiguos potreros que nuestros jóvenes y adolescentes no alcanzaron a conocer: dos de los jugadores frente a frente eligen a los componentes del que será su equipo y van repartiendo las pecheras celestes y rojas: primeros los arqueros (si hay, y sino alguno deberá “sacrificarse” y ocupar los tres palos), después los defensores, volantes y delanteros.
En los baldíos los mejores eran los que se elegían primero… acá disimulamos un poco cuando nos eligen entre los últimos porque nos decimos delanteros, y como los equipos se arman de atrás para adelante… nos conformamos.

El grupo “Contención”.
Fue allá por mayo de 2005 cuando el abogado Ricardo Fernández -actual dirigente de La Barranca-, promoción 1982 del Colegio Nacional, llamó a Sergio Melián (al que no sé por qué le dicen “Felipe”), quien junto a Walter Bonetto se mezcló con otros leguleyos para jugar su primer partido en el predio que otrora fuera una “olla” infecta en medio de los médanos, donde muchos desaprensivos tiraban basura.
He visto ese lugar en deplorables condiciones, pero alguna vez -pasado el tiempo- me sorprendí pasando por allí y viendo “desde arriba” -está como en un pozo, viéndolo desde la calle- un rectángulo decorado de un verde fantástico, mientras el agua de los aspersores caía como una lluvia bendita sobre el césped. Luego se colocaron los arcos y se transformó en un lugar envidiable para que los futboleros se acercaran cada sábado para jugar su partidito.
Tuve la suerte de estar desde el principio en ese grupo, que más o menos se conservó, aunque hubo algunos que se fueron sumando en el transcurso del tiempo, convocados por Felipe y el propio Ricardo.

Los “jugadores”-
Casi al inicio el Club La Barranca puso como coordinador del grupo a Daniel Petrucci -reconocido ex jugador de Atlético Santa Rosa-, que tenía a su cargo formar los equipos, repartir las pecheras, arbitrar, e impartir algunas enseñanzas. Tarea nada fácil por lo quisquilloso que uno se pone con los años. Hoy Daniel es uno más del grupo y participa de los picados sabatinos.
Los primeros en integrar el “plantel” fueron los hermanos Guillermo, Nelson y Alejandro Sánchez, Sergio Melián, Walter Bonetto, Pablo Gómez Luna, José Luis Recarte, Carlitos Fernández, “Piscui” Pascual, Oscar “Chavo”Loyola, Mario Vega, Guillermo Valdivieso, Carlos Ibarra, Paolo Golovca, Pablo Lorda, Fabián Urquiza, Facundo Fonseca, Gustavo Suárez, Jorge Campanille, Pedro Swinnen, Raúl Wenner, Matías Sáez, “Pelu” Segovia, Víctor y Pablito Godoy, Bernabé “Bebe” Sánchez. Después se sumarían José Luis Gadea, Cesar Curbelo, Martín Berhongaray, Sebastián “Bombón” Arroyo y Juan Manuel “Kily” Pizarro. Luego se incorporaron Carlos Pérez Poveda, Jorge Suhurt, Fabricio Cabral, Pablo Ramos, Víctor Córdoba, Jorge Adrián, Pablo Frencia, Alejandro Alvarez. Federico De Durana y Sergio “Manteca” Martínez, devenido en obligado arquero.

Fútbol hablado.
De todo como en botica. Porque se mezclan profesionales, abogados, oftalmólogos, muchos trabajadores de Vialidad, algún arquitecto, otro que es electricista, un colocador de ascensores, y algún mecánico. Además de alguno que, hay que decir, no se le conoce actividad…
Algunos juegan bien, otros lo “hablan” bien, y muchos corren detrás de la pelota sin demasiado sentido. Pero en general todos creen tener más virtudes que defectos futbolísticos (¡!!). Están los que especulan con que supieron jugar oficialmente -en casos hace muchos años-, y como hoy no pueden tratan de inculcar que el fútbol es -más allá de la capacidad física- una cuestión intelectual, algo que tiene que ver con los conceptos. Y sostienen que vale más la “intención” que lo que se concrete… es decir, hoy pueden concretar muy poco y tratan de convencer con la palabra (y ahí me anoto).

Sentirse chicos otra vez.
Más allá de alguna calentura que cada tanto aparece, por cuestiones casi siempre nimias, el objetivo de ese grupo es compartir la pasión por la pelota. Cada uno espera que llegue el sábado para ponerse los cortos, agarrar la pechera que le toque, renegar porque le dan una pelota larga o corta, cobrar un penal inexistente que solo el ojo de algún mago puede ver, y por qué no tirar paredes, tacos, cobrar fules que no son, y entrar en algunos diálogos que a veces se tornan surrealistas.
Pero la idea, en general, es despuntar el vicio, y sobre todas las cosas compartir un momento lindo disfrutando de esa locura por el fútbol, con algunos personajes que, al final, uno los va considerando casi amigos. Es, casi, como volver el tiempo atrás… como volver a ser chicos. Nada más. Ni nada menos…

Penales inexistentes, orsay que no son…
Hay naturalmente miles de anécdotas en el fútbol de los sábados, y no es para menos considerando algunos de los protagonistas.
Cómo no mencionar a Facundo Fonseca, el mecánico que es supervisor de competencias automovilísticas… En realidad, cuando uno lo ve se parece bastante a una suerte de robot: lleva en sus piernas una serie de implementos -rodilleras con vainas para que no se le salga la rodilla-, y cuando eso sucede le pega un golpe de cada lado y sigue. Lleva cinco años en el grupo, y dice que no pagó ninguna cuota que hay que abonar para integrarlo porque lo agarró la “1050” y lo secó, al parecer para siempre. Juega de defensor sobre la izquierda, y cada vez que queda en el camino levantará uno de sus brazos para gritar que es “orsay”. Que, es bueno decirlo, casi nunca existe.
Otro para ser mencionado es el “Chavo” Loyola -goleador de All Boys cuando dirigía José Aragonés-, que sigue convirtiendo, valiéndose de esa gambeta de ratón que le permite eludir veteranos y divertirse bastante. Insoportable hincha de Boca, cada vez que pierde el zeneize será el último en llegar para que nadie le diga nada. Ah! Cobra penales que sólo el “ojo de halcón” puede ver, pega el grito, agarra la pelota y patea ante los incrédulos testigos.
Hay muchas. Como una que en otro grupo patentó Carlitos Fortuna para apurar el inicio del partido: “¡Vamos… rápido que hoy están las ofertas de Carrefour por el día de la madre!”, o algo parecido. O el grito a Jorge Campanille al cobrar una falta: “¡Ustedes los de Vialidad (que son varios) por qué no se van a arreglar las rutas que están hechas pedazos…!”. ¡Qué tendrá que ver!
El primer asado del grupo “Contención” se hizo un 27 de diciembre de 2005 abajo del algarrobo donde hoy está el quincho y la parrilla, a la luz de la luna con guitarra y bastante vino. El lugar que, todavía, los sigue reuniendo.

Mario Vega

 

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