Condena a un ex yihadista por dañar patrimonio cultural en Mali

Por primera vez en la historia, la Corte Penal Internacional (CPI) condenó hoy a nueve años de cárcel a un yihadista de Mali por la destrucción de monumentos clasificados como Patrimonio Mundial de la Humanidad en la ciudad de Tombuctú, un delito considerado crimen de guerra.
En una condena sin precedentes, la Sala VIII de la CPI, con sede en La Haya, Holanda, condenó a Ahmad al Faqi al Mahdi a prisión por haber “dirigido ataques de manera intencionada” contra nueve mausoleos de Tombuctú y contra la puerta de la mezquita de Sidi Yahya entre el 30 de junio y el 11 de julio de 2012.
Es la primera vez que la CPI condena a un acusado por destrucción de patrimonio cultural, considerado crimen de guerra en el derecho penal.
Los expertos esperan que este proceso envíe un mensaje fuerte contra la destrucción de bienes culturales, máxime cuando 55 enclaves están oficialmente “en peligro” en todo el mundo, como la ciudad histórica de Palmira en Siria, sumida en una guerra civil.

Al Mahdi había reconocido su implicación en los hechos, y sus abogados habían negociado que la pena oscilaría entre nueve y 11 años de prisión, en cuyo caso no recurrirían el fallo. 
“Al Mahdi coordinó los ataques y dio instrucciones para su destrucción”, dijo el juez al dar lectura al fallo. En particular, “se implicó activamente en el derribo de los mausoleos, así como en su supervisión”.
El juez subrayó que “todos estos eran objetivos religiosos, no militares”, lo que constituye un crimen de guerra según los estatutos de la CPI.
Entre las circunstancias atenuantes tenidas en cuenta a la hora de decidir la condena se incluyeron asimismo la colaboración con la Fiscalía, los remordimientos demostrados, las reticencias iniciales a participar en el derribo de los edificios y el “buen comportamiento” de Al Mahdi durante el juicio, informó la agencia de noticias EFE.
La sentencia al líder islamista radicalizado, también conocido como “Abu Turab”, también tuvo en cuenta como atenuante la inmediata admisión de culpabilidad de Al Mahdi, explicó al leerla el juez filipino Raul Cano Pangalangan, que preside la Sala VIII de la CPI.
Al Mahdi admitió haber ordenado la destrucción intencionada de nueve mausoleos y la puerta de la mezquita de Sidi Yahya en Tombuctú, así como de participar activamente en algunos de esos ataques. 
El condenado explicó que, según la interpretación que entonces hacía del Islam, en esos templos tenían lugar prácticas idolátricas que violaban la sharia (ley islámica).
El 24 de agosto pasado, en la tercera y última jornada del juicio, el abogado de las víctimas, Mayombo Kassongo, dijo que sus representados esperaban una “sanción ejemplar”, que “castigue con severidad” los ataques y siente un precedente para otros casos similares.
El yihadista, tuareg nacido en una localidad a 100 kilómetros de Tombuctú, fue entregado a la CPI por las autoridades de Níger el 25 de septiembre de 2015, tras una orden de detención emitida por la corte contra él días antes.
Tombuctú, fundada en el siglo V por tribus tuareg, se convirtió en un importante enclave de comercio de caravanas y posteriormente en un gran centro intelectual del islam, que conoció su apogeo en el siglo XV.
Conocida como la “ciudad de los 333 santos”, venera en sus mausoleos una serie de personajes que, según los expertos malienses del islam, están considerados como los protectores de la ciudad y a quienes los creyentes acuden para pedir bodas, implorar lluvia o luchar contra enfermedades.
Estos ritos chocan con la visión fundamentalista del islam, cuyos seguidores intentaron erradicarlos antes de destruir los mausoleos, según la acusación.
La situación política en Mali es extremadamente inestable desde un golpe de Estado en 2012.
El alzamiento permitió que los tuareg se hiciera con el control de las regiones del norte de Mali, un vasto territorio, en gran parte desértico, que separa el norte de África de la llamada zona subsahariana.
Los tuareg, un pueblo de tradición nómada del desierto del Sáhara cuya población se extiende por Argelia, Libia, Níger, Burkina Faso y Mali, luchan por tener su propio territorio desde la década la década del 1960, tras la independencia de algunos de esos países africanos.
En Mali protagonizaron varias rebeliones en busca de su independencia.
La última comenzó en enero de 2012, y en abril, poco después del golpe de Estado que derrocó al presidente Amadou Toumani Touré, proclamaron la independencia del Estado de Azawad, en el norte Mali, un territorio de 850.000 kilómetros cuadrados que incluye las ciudades de Tombuctú, Kidal y Gao, declarada la capital.
Pero el alzamiento de los tuareg del norte maliense permitió además que bandas yihadistas afines a los islamistas de Ansar al Dine y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) se hicieran con el control de la región y trataran de establecer una versión rigorista de la sharia, la ley islámica.
Los grupos armados controlaron durante cerca de 10 meses el norte de Mali, de donde en gran parte fueron expulsados gracias una intervención de enero de 2013, encabezada por Francia, potencia colonial hasta la independencia de Mali en 1960.