Cuando la U.13 fue un infierno

Mario Vega – En la fría mañana una cantidad mínima de periodistas -no más de dos o tres-, trataban de saber lo ocurrido. La tragedia más horrible de la historia carcelaria pampeana había acaecido la noche anterior.
De pronto la noche estalló en un infierno, y el fuego y los gritos de dolor sacudieron la fría noche del 25 de julio de 1991. Todo se transformó en una trampa mortal, y los internos del Pabellón 4 no pudieron escapar… Doce de ellos murieron entre las paredes y las rejas de una puerta que nunca se abrió para permitirles escapar. Doce vidas jóvenes quedaron para siempre allí… y sobrevendría una serie de acontecimientos que, no obstante, no cambiarían el destino del servicio penitenciario, ni contribuirían a mejorar las condiciones carcelarias en el país.
Fue la mayor tragedia ocurrida en una cárcel ubicada en territorio provincial. Han pasado nada menos que 25 años de aquel acontecimiento trágico, y las cárceles siguen sin cumplir el objetivo constitucional de ser “sanas y limpias” para la reinserción social de los internos. Siguen siendo la misma porquería que transforma en resaca humana a quienes tienen la desgracia de caer presos por cualquier circunstancia que fuere
Sólo unos pocos que cumplen condenas pueden regresar a “la vida en sociedad”, y reintegrarse a trabajar y vivir con dignidad.

El motín, el incendio.
Aquella noche invernal, mientras la ciudad dormía, en la Unidad 13 sucedían cosas que iban a agravarse con el paso de las horas.
El juez federal Jorge Bonvehí -hoy fiscal de cámara-, se había presentado en la cárcel de encausados alrededor de las 20.30 -contaba LA ARENA en su edición del día siguiente de la tragedia-, y permanecería en el lugar hasta aproximadamente las 24, cuando habría decidido atender a dos de los ocupantes del Pabellón 4, del sector B de la unidad. En esas circunstancias los dos internos que iban a dialogar con Bonvehí abandonaron el pabellón, quedando allí doce, quienes habrían comenzado a amontonar camas, bancos y colchones contra la puerta, originándose después el incendio que alcanzó características pavorosas.

Crónica del espanto.
Decía la crónica de este diario el domingo 28 de julio de aquel año: “La acción del personal de bomberos convocados al lugar, y la del personal del Servicio Penitenciario Federal -actuando con extinguidores desde el pasillo que da al pabellón-, no pudo impedir que los doce internos que lo ocupaban perdieran la vida. Sin que fuere precisado por las autoridades carcelarias, ni tampoco por el juez Bonvehí, se presume que la horrible muerte hallada por los reclusos se habría producido en algunos casos por inhalar el humo insoportable, y por el fuego que convirtió el recinto en un verdadero infierno y una trampa mortal.

Un breve comunicado oficial.
Un escueto y frío comunicado de la Dirección de la Cárcel de Santa Rosa (Unidad 13 del Servicio Penitenciario Federal Argentino) intentaba ya en el transcurrir de ese sábado de tristeza y dolor. explicar lo sucedido: “Con hondo pesar tiene el deber de informar a la comunidad que, como consecuencia de un amotinamiento ocurrido el 26 de julio del corriente año, aproximadamente a las 24 horas, han fallecido a raíz de la acción del fuego provocado por internos en su lugar de alojamiento, Pabellón nº 4, sector B, los siguientes internos: Héctor Nicolás Gómez, Julio Américo Ibáñez, Antonio Alfredo Mansilla, Angel José Mazzina, Jorge Agustín Mercado, Miguel Oscar Oviedo, Juan Carlos Pacheco, José Oscar Quintín, Gustavo Alejando Rasquín, Juan José Rodríguez, Santiago Luis Santillán y Alejandro Víctor Silva. Cabe señalar que salvaron sus vidas dos internos, que eran los que habían salido del pabellón para dialogar con el juez, de apellidos Trinak y Montecino”. El escrito llevaba la firma del jefe de la Unidad 13, Mario A. Benéitez, y agregaba que “las consecuencias del hecho fueron inevitables, a pesar de los esfuerzos del personal de la unidad, cuerpo de bomberos y personal policial convocados al efecto”.
El espectáculo en medio de la noche fue dantesco, las llamas salían por los ventanales enrejados que dan del Pabellón nº 4 a la calle Alvear, y el intenso humo, más los gritos desgarradores de los internos, daban la pauta de lo que allí estaba sucediendo, contaba LA ARENA. Sólo quienes acertaban a pasar circunstancialmente por el lugar -que eran rápidamente alejados por la policía-, o quienes vivían en las inmediaciones del establecimiento, pudieron saber de inmediato, aquella noche, lo que estaba pasando.

El olor a muerte.
El cronista de este diario pudo ingresar al Pabellón 4, a pocas horas del suceso. El sitio era sobrecogedor… el olor a humo insoportable impregnando todo el ambiente, las paredes cubiertas de un polvillo que las ennegrecían, los hierros retorcidos de lo que hasta pocas horas antes habían sido las camas de los internos, eran suficiente testimonio de las horas del espanto. Con las rejas de las puertas cerradas de tal manera que nunca podían abrirse por más que los presos pudieran intentarlo -“selladas” por el fuego se tornaban inexpugnables-, fueron el averno en que los jóvenes internos perderían la vida: algunos sucumbirían por asfixia, otros directamente atrapados por las llamas. Fue una muerte horrible.
Eran 12 vidas jóvenes, pertenecientes a familias de estratos bajos, y casi podría decirse que el suceso quedó impune.

El juez estaba allí.
Fue terrible, e increíble que un motín de internos derivara en la muerte de 12 de ellos, a la vista del juez federal competente, de las autoridades del instituto y de medio centenar de efectivos penitenciarios.
Un disminuido grupo no de delincuentes probados, sí de procesados, cuya inocencia era presumible hasta tanto se dictara sentencia condenatoria, fueron los protagonistas. Parecía un hecho menor considerando otros motines más importantes por el número de protagonistas y su condición de condenados, pero sucedió.
El juez federal Jorge Bonvehí estuvo desde horas antes que se prendiera fuego a los colchones del Pabellón 4, pero en ese lapso no dialogó con los internos para interiorizarse de las causas de la revuelta. Fue precisamente poco después de medianoche, cuando dos internos salieron del pabellón a dialogar, que se produjo el incendio. ¿Qué vieron ellos cuando salieron del trato que se les daba a sus compañeros para provocar el incendio que ponía en peligro -y terminó- con sus vidas? ¿Cómo fueron tratados y dónde los llevaron a esos dos internos sobrevivientes? Interrogantes que no tuvieron respuesta. Hasta hoy.

¡Prendan fuego!
Los cronistas destacados en el lugar no pudieron charlar con esos internos, se negó esa posibilidad, y no se dijo dónde se los llevaba. Uno de ellos habría sido el que terminó gritando hacia el Pabellón: “!Prendan fuego!!”.
Y después las llamas asomando por los ventanales enrejados ubicados en lo alto de las paredes, y los transeúntes que pasaban mirando azorados -aunque rápidamente retirados de la zona por la policía- una escena espeluznante, aterradora, espantosa.
Apenas alcanzaron a escuchar los gritos desesperados de los que estaban muriendo en la Unidad 13… Recién al otro día iban a conocer las consecuencias de aquella noche siniestra.
A 25 años de distancia sólo quedan vagos recuerdos del horror: no hay ni marchas reclamando por justicia -como las que se sucedieron por meses, protagonizadas por familiares y amigos de las víctimas-; ni manifestaciones de ningún tipo que refieran a ese momento. Quizás, en muchos casos, ni siquiera habrá una flor en sus tumbas…
Los otros protagonistas, los funcionarios judiciales e integrantes del Servicio Penitenciario, continuaron sus vidas con más o menos normalidad.

Nadie fue preso por la tragedia.
Pasaron 10 años para que la justicia federal fallara de manera benevolente en torno al suceso en el que 12 personas perdieron la vida. Nadie fue preso, y sólo unos pocos penitenciarios fueron condenados a dos años de prisión en suspenso por el delito de “severidades”. Esto sería vejámenes en contra de algunos internos el mismo día en que se desató la tragedia.
El director del penal, Mario Benéitez, fue absuelto por el incumplimiento de sus deberes, y por acción culposa en el incendio desatado que culminó con el fallecimiento de los internos. En realidad fue beneficiado por la prescripción en razón del tiempo transcurrido desde la noche fatal.
Por otra parte a José Adán Rodrigo y José Ariel Bravo se les revocó la pena y fueron absueltos por el delito de apremios en perjuicio de los presos.
También fueron eximidos de penas Alejandro Miguel Trinak, Marcelo Violet, Luis Alberto Labraña, Fabián Carlos Loliger, Miguel Angel Marino, Guillermo López, Carlos A. Suárez, Jorge A. Paz, Juan Domingo Segundo, Rubén Mario Gouts, José Luis Farías y Walter Darío García.
No obstante, con posterioridad, la justicia federal condenó a Cardoso, Trinak, Violet, Labraña y Loliger por el delito de severidades a dos años de prisión condicional.
Tiempo después se declaró prescripta la acción penal contra Víctor Montesino, el preso que habría gritado “Prendan fuego”.
Hoy Mario Benéitez camina las calles de la ciudad sin problemas; y el entonces juez Jorge Bonvehí pasó a ser fiscal de cámara del Tribunal Oral Federal.
Casi podría decirse que, para la justicia, fue algo así como decir “aquí no ha pasado nada”.