De Caracas a Santa Rosa

Santiago dejó la convulsionada Venezuela y se instaló en la ciudad junto a su familia “en busca de una vida mejor”. No conocía nada del país pero en pocos días se adaptó a la tranquilidad pampeana.
“La sociedad en mi país está muy dividida, no sé cuál será la solución ni cuándo habrá una salida, pero está difícil vivir allá”, aclara Santiago cuando habla de la situación que atraviesa su país, el único momento en el que esa sonrisa blanca como la nieve desaparece en reemplazo de un gesto serio. Santiago Javier tiene 16 años, nació en Caracas y vivió en la capital venezolana hasta hace solo unas semanas, cuando llegó el momento de emprender viaje hacia un lugar que nunca había escuchado nombrar.
“La verdad es que no conocía nada de Argentina. Cuando llegué me hablaban del Boca, del River, Messi, Maradona pero yo no sabía nada ni conocía esas cosas de aquí”, cuenta Santiago, un adolescente (como cualquier otro) de la aldea global híper tecno que gracias a las redes sociales mantiene contacto al instante con los amigos y familiares que quedaron a 8.300 kilómetros de Santa Rosa.
Una amistad de su madre con alguien de la provincia inició el contacto para cambiar el rumbo de la familia. Empezó el año y el padre, que en las calles caraqueñas se ganaba la vida arriba de un taxi, llegó a Santa Rosa para “tantear” el terreno. En principio un trabajo como limpiavidrios y luego un empleo en electromecánica fueron el estímulo necesario para convencer a todos de la mudanza.
“Mi papá se adaptó así que después de varios meses vinimos con mi mamá y mi hermanito, que tiene seis meses. Aquí nos ayudaron mucho y yo entré al colegio para seguir estudiando”, explica Santiago desde un aula del Ciudad de Santa Rosa, el lugar donde fueron suficientes solo unos días para que su simpatía conquistara a esa comunidad tan nueva y desconocida para él.
¿Cómo era tu vida en Caracas?
“Con muchos amigos, salía los fines de semana, estudiaba y jugaba baloncesto (más conocido por el sur sudamericano como básquet). Pero cada día era más difícil, no se conseguían los pañales ni las comidas y por eso mis papás decidieron venir para acá. La amiga de mi mamá pagó el pasaje para mi padre y empezó como limpiavidrios, hasta que consiguió otro trabajo y nos vinimos. Al principio no me gustó nada porque dejé mis amistades y mi vida en Caracas. Y aquí no sabía con qué me iba a encontrar”.
Santiago encontró, a su llegada, un frío que no había sentido en su vida. Acostumbrado al calor caribeño le costó adaptarse a conocer términos como escarcha, sensación térmica bajo cero, ola polar, heladas, bufandas y calefactores al máximo.
“Allá siempre hace calor y acá mucho frío. Cuando llegué no conocía a nadie así que no salía a ningún lado. La gente es un poco más cerrada, le cuesta hacer amistades, pero cuando empecé en el colegio del Ciudad ya hice amigos y conocí la laguna, la plaza, los lugares de Santa Rosa. Otra diferencia es que allá los profesores no ayudan mucho y acá sí, siempre me están preguntando qué necesito”, elogia Santi a quien las docentes del Ciudad tienen una forma cariñosa de nombrarlo. “Me dicen ‘Negrito lindo’ y nos reímos. En ningún momento sentí discriminación o algo parecido por mi color de piel. Me hacen sentir muy bien”.
Días atrás Santiago sumó otra actividad que lo hace sentir más cómodo aún: fue becado para seguir jugando su “baloncesto” en el equipo U-17 del club Estudiantes.
“Comencé hace poco así que me voy adaptando. En Venezuela el deporte número uno es el béisbol y después el baloncesto, el fútbol no mucho”, destaca sobre algunas de las diferencias entre países de la Patria Grande. “Aquí la comida sale rápido, allá es más elaborada, mucho guiso, con más sal y sabroso. Tampoco conocía el cuarteto, yo escucho reggaetón, salsa”, agrega en una descripción que llega a un punto donde la sonrisa de publicidad se agiganta todavía un poco más. “Las chicas son muy lindas, estoy haciendo amistades, aquí son naturales en cambio en Caracas se pintan mucho y todos los fines de semana van a la playa, al río, o a las piscinas por el calor que hace”.
¿Cómo ves la situación en Venezuela?
“Está muy dividida la sociedad. A la noche no podés salir con el teléfono porque te roban, te roban cuando comprás luego de hacer horas de cola. Cuando me vine no se conseguía arroz y está todo muy caro. Cuando estaba (el fallecido expresidente) Hugo Chavez se conseguía, pero después se fue complicando mucho, no se conseguía nada, mi mamá estaba embarazada y yo tenía que hacer cola para conseguir comida y pañales. Creo que falta mucho para que haya una salida a la crisis. Yo vivía cerca de donde está (el actual mandatario Nicolás) Maduro y se escuchaban los plomos (balas). Si no estás de un lado o del otro no conseguís nada”.
Santiago todavía está bajo la sorpresa de un cambio tan rotundo en su vida, pero relajado ante lo nuevo, lo desconocido. “Ojalá se arregle la situación en mi país porque me gustaría volver, aunque sea de visita. Santa Rosa es una ciudad linda, acá puedo andar tranquilo, ir a las plazas de noche. Allá compraba arroz y tenía que salir corriendo, acá todos me llaman Santi y me tratan bien. Estoy contento”, sonríe mientras trata de amigarse con otro ‘criollo’ que le presentaron hace poco. “Lo tomo cuando ya está un poco más frío”, dice mientras agarra un mate al que, por supuesto, tampoco le falta una buena cucharada de azúcar.