De La Pampa a una base en la Antártida

En la Base Esperanza viven 56 personas y es el lugar al cual son destinadas las familias constituidas y cada una vive en una casa. Paola trabaja 24 horas seguidas y descansa las 24 siguientes.
“La semana pasada tuvimos viento de 185 kilómetros por hora, y en este momento la temperatura es de 23º bajo cero y la sensación térmica de -45º por efecto de las ráfagas. La verdad que si asomás la cara se te empiezan a congelar los pelitos de la nariz”, cuenta Paola. Son las 10 de la mañana y lo que en Santa Rosa es un sábado congelado se convierte por un rato en un sitio caribeño al escuchar el estado del tiempo en la base Esperanza de la Antártida, el lugar donde vive y trabaja una joven que dejó la capital pampeana para instalarse durante un año en el continente blanco.
Paola Soledad Pérez tiene 29 años y es meteoróloga. Nació en la ciudad bonaerense de Coronel Pringles, estudió su carrera profesional en Buenos Aires y luego se instaló en Santa Rosa para trabajar en la estación que el Servicio Meteorológico Nacional tiene en el aeropuerto local, sobre la ruta 35. Pero desde enero pasado cumple uno de sus sueños, trabajar en la Antártida, un lugar al que llegó luego de ser seleccionado entre más de 30 aspirantes que se anotaron para tener un cupo.
“Lo que yo hago son observaciones meteorológicas en el exterior, cada tres horas durante las 24 horas del día, salgo afuera, tomo la temperatura, el viento, la presión, la humedad, el estado del hielo sobre el mar, si hay algún problema como nieve, niebla, ventiscas, ver la visibilidad. Entro a mi oficina y vuelco toda la información y la transmito, primero al Centro Meteorológico Marambio y después a Buenos Aires”, explicó Paola en una entrevista con Radio Noticias.

Viento y caídas.
“Yo tengo toda mi vida en Santa Rosa, trabajo en el aeropuerto y tengo otro trabajo. Mi hermana vive en el barrio Empleados de Comercio y trabaja en la escuela Especial 2, pero este año estoy en la base Esperanza. Nuestro país tiene tres bases permanentes y algunas son administradas por el Ejército y otras por la Fuerza Aérea”, detalló la joven.
En la Base Esperanza viven 56 personas y es el lugar adonde son destinadas las familias constituidas y cada una vive en una casa. Para ir a su oficina de trabajo Paola debe salir al exterior y caminar unos 50 metros, una experiencia que al principio le costó unos buenos dolores de cabeza (y de cuerpo).
“He sido muy confiada y por eso me dí grandes golpes, con el viento más que nada. Las ráfagas son muy fuertes y te pegás unos porrazos importantes, por eso ahora ando con grampones en las botas para todos lados. Hoy (por ayer) el viento es de 100 km por hora, pero puede superar los 200 km tranquilamente. La Base está ubicada en un lugar donde hay un cordoncito de cerros y eso genera que el viento suba las laderas y baje con mayor fuerza”, detalló.

Trabajo y ocio.
Paola alterna la tarea con otra chica, por eso trabaja 24 horas seguidas y luego descansa las 24 siguientes. Así durante todo el año, incluidos fines de semana y feriados. “Ya me acostumbré, cuando uno hace lo que le gusta no hay problemas, no vengo con desgano a la oficina. Durante mi día libre trato de dormir y después voy al gimnasio. Por suerte me gusta leer, estudio Inglés con una chica que está acá con la familia y después tenemos todo lo que es comunicación: TV, internet, telefonía así que el día se pasa rápido. Los sábados nos juntamos toda la Base a comer pizza. Es lindo pero es cierto que a esta altura del año estamos un poco aburridos, por suerte desde septiembre empieza a haber mucho más movimiento porque viene más gente”, contó.
En la base Marambio, por ejemplo, las condiciones externas son más duras aún y por eso quienes están allí viven y trabajan en un solo lugar en común, sin necesidad de salir al exterior. Para la joven, la Esperanza es la base más linda.
“Estamos en una bahía que desemboca en el mar, es una de las bases más lindas, la verdad que es hermosa. El mar ahora está como un gran depósito de nieve, pero en realidad es hielo. Hay pingüinos, focas, lobos. Hasta hace unos días teníamos solo cuatro horas de luz, pero ahora se notó muchísimo el cambio porque en una semana hubo casi media hora o 40 minutos más de sol. Cuando son muy cortos los días es feo, pero también todo de día es raro, pensá que en diciembre brindás en las fiestas con el sol arriba…”, señaló.

Regreso.
Paola afirmó que cuando la gente debe trabajar a la intemperie tienen un margen de alrededor de 10 minutos. “Hay que tener mucho cuidado, cuando salí de la casa para venir me tuve que resguardar hasta que calmara un poco el viento, pero mientras esperaba ya al minuto se me empezaron a congelar los pelitos de la nariz. Lo que más cuesta que entren en razón son los adolescentes, por ahí andan con pantalón de jean y no toman conciencia, por eso hay que insistirles”, advirtió.
El regreso de Paola a Santa Rosa está previsto para diciembre, pero no será fácil según anticipa. “El transporte es un problema, los aviones Hércules que son los que vienen escasean y hay muchos científicos que vienen para la fecha. Cuando vine tenía previsto llegar el 14 de diciembre y al final vine el 10 de enero, así que veremos, hay que tener paciencia…”.

El verano y el invierno.
La vida en la Antártida tiene muchas particularidades, y una de ellas es la cantidad de tiempo que hay luz solar según la estación del año. “En verano oscurece alrededor de la una y media de la mañana, y el sol sale a las 4.30 de la madrugada. En invierno a las 10 de la mañana está oscuro, sale el sol al mediodía dos horas y a las tres de la tarde ya está oscuro de nuevo. La diferencia mayor es que en verano podés hacer excursiones, salir al aire libre, en invierno más de 10 minutos no se puede estar”, aseguró Paola.