Diego y Mary: Una historia de amor

En tiempos tecnológicos muchos Romeos y Julietas se conocen a través de una pantalla. Mary y Diego superaron muchos obstáculos y hoy viven juntos, trabajan en el mismo lugar y se casan en enero.
“Me enamoré”, le soltó sin dudar y con la mirada fija Mary a su papá. Lo tenía decidido. Esas escasas horas de “contrabando” en un hotel santiagueño le confirmaron todo lo que ella había imaginado. Solo le quedaba armar un bolso, comprar un pasaje y transformarse en “invisible” hasta subir al micro. Lo que vino después se escribiría como un guión sacado del cine o las novelas, pero en la vida real. Un amor que nació en una pantalla pero que se vive todos los días a flor de piel.
“Me fui de casa derecho a tomar el micro y le dejé un mensaje a mi mamá. Me empezaron a buscar por todos lados. Por esas cosas del destino no me vieron en la terminal de Santiago ni yo a ellos, así que pude viajar y llegué a Santa Rosa”, recuerda hoy Mary -con una sonrisa- sobre esas horas de tensión y angustia, cuando con su valija a cuestas decidió apostar por todo.
La apuesta era Diego Bengochea (26), ese chico al que descubrió gracias a una aplicación para celulares por la cual se puede conocer gente. Como cualquier persona, de cualquier lugar, de cualquier edad. Romances e historias que nacen después de ese: “Hola, ¿de dónde sos?” que titila en la pantalla.
“Yo había tenido una historia de la que salí muy dolido, estaba muy desencantado con las relaciones. Un amigo me empezó a decir que me descargara una aplicación (Waplog), pero yo cero manejo con las redes sociales. Insistió tanto que dejé que me hiciera un perfil. La empecé a usar un poco y en noviembre de 2015 la conocí a Mary”, recuerda Diego y se ríe cuando ella muestra la imagen guardada con esa primera tímida charla, cuando él la vio en una foto y en tono seductor le dijo: “me encanta tu estilo”.
“La charla inicial fue muy corta, y pasamos al Facebook y Whatsapp. A mí me llamó muchísimo la atención cómo me trató así que desde ahí empezamos a hablar todos los días. Como Diego se levanta tan temprano por la panadería me despertaba a las 6 con los mensajes, nos enganchamos a full”, cuenta Mary (20).
Los mensajes entre Santa Rosa y Santiago del Estero no tenían descanso, las expectativas y la ilusión crecían hasta que el secreto salió a la luz. “Estuvimos a full hasta abril del año pasado cuando mis viejos se enteraron -contó Mary-. A mí no me dejaban salir a la noche ni tener novio ni nada, así que estuvimos un tiempo sin hablar con Diego porque me cortaron todo. Después volvimos a contactarnos y me sacaron el celular. Mi papá trabaja en informática así que me cortaba las cuentas y lo bloqueaba a él”.
Mary tenía memorizado el teléfono de Diego y siempre se las rebuscaba para seguir en contacto. El estaba pendiente de cada mensaje y las ganas de verse, de estar cara a cara, de mirarse a los ojos, los arrasaba a los dos. Y llegó la promesa de un viaje para el cumple de ella.
“Un día le dije a un amigo que le encantan los autos y manejar, de hacer un viaje, de ir a Córdoba para ver unos coches en venta. Me dijo enseguida que sí y arrancamos. Pasamos Córdoba y le dije ‘seguí’. Él me miró extrañado y me dijo: ‘¿Adónde vamos?’ Cuando estábamos cerca de Santiago le dije la verdad y me quería matar”, dice Diego y larga la carcajada.
Lo que vino después fue más “loco” aún. Sin conocer nada ni a nadie Diego se estacionó en el puente que une La Banda con Santiago a esperar que pase Mary. Ella le había contado que todos los días hacía ese recorrido así que había que esperar “ese” momento. Y que se reconocieran.
“El me había dicho que para mi cumpleaños iba a ir, pero yo lo tomé como algo lejano, no le llevé mucho el apunte y encima en ese momento dejamos de hablar. Quién sabe si pasé por ahí, todos los días hay miles de personas, es difícil cruzarse”, admite ella. “Estuvimos con mi amigo como seis horas ahí parados y pegamos la vuelta, un día y medio de viaje. Era el cumple de Mary, yo me quedé esperando a ver si pasaba, y a lo mejor pasó y no me enteré. Una locura”, se ríe Diego otra vez.
Bloqueos en Facebook, cambios de chip en el teléfono, enojos, penitencias. Mary sufría en su casa la censura de la relación, pero el deseo era inquebrantable. Y el 19 de septiembre del año pasado Diego viajó otra vez. Esta vez se verían, como sea.
“No le dije a nadie acá, ni a mis amigos ni a mi familia. Les conté cosas distintas, que iba a correr una maratón, a un torneo de fútbol, cualquier cosa. Llegué a Santiago y me fui a un hotel a esperar. Ella se iba a escapar cuando todos en su casa se durmieran. Estaba en el hall del hotel esperando y cuando frenaba un taxi me preparaba. Bajaba una señora grande y pensaba: ‘Chau, es ésta, me engañó’. Porque estaba el temor de saber cómo sería de verdad”, confiesa Diego.
Hasta que casi a las 3 de la madrugada paró un taxi y bajó ella, toda de negro, “camuflada”, como le había anticipado. “Lo único que le dije cuando estuvimos cara a cara fue: ‘Al fin’. Y nos abrazamos”, dijo Mary sobre ese puñado de horas que fueron siglos.
A la noche siguiente no pudieron verse. Mary no pudo salir de su casa. Diego pasaba el día buscando qué hacer: jugaba al metegol con alguien que también lo invitó a jugar al fútbol. Así contaba las horas hasta la noche, cuando esperaba que apareciera su Cenicienta. “Me faltaba perder el zapatito cuando volvía a casa”, sonríe Mary. Fueron otras dos noches antes de la vuelta de Diego a Santa Rosa.
Lo que pasó después fue un torbellino. En esas noches acurrucados, Diego la invitó a venirse a Santa Rosa y antes de emprender el regreso le dejó a Mary un pasaje pago para cuando se decidiera. Ella tomó coraje y encaró a su papá: “Me enamoré”, le dijo. “‘Ajá, y ¿quién es?’. Es de La Pampa. ‘Ni te ilusiones, olvidate’. Me puse a llorar y dudé mucho, pero el sentimiento fue más fuerte, lo llamé a Diego y me vine. Yo estaba encerrada, en mi casa me sobreprotegían y no podía hacer nada, mis amigas salían, estaban en otra y eso me tenía mal, no quería estar más en Santiago, me quería venir a Santa Rosa. Obviamente fue un tema muy sensible, muy difícil. Me buscó la policía, salió en los diarios… Yo me escapé y ellos salieron a buscarme, pero yo ya estaba acá”.
Diego y su familia la recibieron de brazos abiertos. Y comenzó la dura tarea de tratar de convencer a los papás de Mary. “Néstor (el padre de Mary) me decía de todo por teléfono, se ponía muy mal y obviamente es entendible. Yo siempre con mucho respeto y serenidad le explicaba que estábamos bien, que estábamos enamorados. Estuvimos como un mes con una situación muy tensa hasta que un día me llamó la mamá y me preguntó cómo estaba: le dije que habíamos ido a andar a caballo, que a la noche íbamos a cenar con amigos, le conté la vida que hacíamos acá y los invité a que vinieran. De a poco se fueron relajando y para fin de año viajaron”. Y todo cambió.
“Ellos vieron cómo estábamos y después nosotros fuimos a Santiago. Ahora estamos fenómeno. En mi cumpleaños, Néstor me escribió una carta muy sentida en el Facebook. Ellos se emocionaron un montón de veces con nosotros”, cuenta Diego.
Después de su llegada, Mary comenzó a trabajar en la panadería que la familia Bengochea tiene en Villa Alonso. Ella atiende al público y Diego está en la cocina. Y les sobran los planes: en enero se casan y planean abrir un local propio. Un proyecto que se podrá construir de muchas maneras pero al que seguro no le faltará un ingrediente clave, mucho amor.
Un anillo y un pedido
En la historia de Mary y Diego sobran las alegrías pero también abundan los momentos difíciles. La risa floreció una tarde en la avenida Ameghino cuando él la fue a buscar a la peluquería. “Yo venía masticando la idea y un día pasé por una joyería y vi un anillo que me gustó. Justo tenía plata que había cobrado y lo compré. Así que la fui a buscar y en la vereda me agaché como para atarme los cordones. En ese momento le pedí casamiento”, cuenta Diego, y Mary se derrite en una sonrisa.
“Ese día hicimos una videollamada con Eli y Néstor (los padres) para contarles y se largaron a llorar, nos desearon lo mejor”, además de, claro, reservar la fecha en enero para viajar a Santa Rosa y compartir la fiesta con una invitación que tiene grabados los nombres “Diego y Mary”.
Un momento triste
Este año la pareja afrontó una situación difícil: Mary perdió un bebé. “Fue un embarazo ectópico (cuando el embrión crece en el lugar incorrecto, fuera del útero). Fue complicado y mi mamá vino a acompañarme. Viajamos a Santiago para que me vea mi ginecólogo y finalmente me tuvieron que operar de urgencia”.
“Eso fue en junio y quedó el miedo, porque una situación así puede romper la relación o unirte más. En realidad no es que la rompa sino que a partir de ahí está el riesgo de que no sea lo mismo. Pero cuando nos volvimos a ver nos dimos cuenta de que todo estaba intacto, la magia seguía igual”, aseguró Diego. “Tuvimos un montón de obstáculos y los fuimos pasando uno a uno”, agrega Mary, hoy feliz del momento y lugar en el que vive. “Santa Rosa me gusta mucho, su tranquilidad, la gente, y ya tengo amigas. Y la familia de Diego que me recibió bárbaro cuando yo aparecí de la nada”.