El Matrero, el amigo de los paisanos

Hay quienes, sin proponérselo, sólo por vivir como les cuadra, pasan a ser personajes únicos. El creador de El Matrero falleció a los 89 años y lo recuerda su querida gente del campo y de a caballo.
“Están ‘rascando’ muchachos…”. La voz grave, el tono amistoso, al cabo la cordialidad del hombre que llegaba en principio les hizo detener los dedos sobre las cuerdas de sus guitarras y después saludar respetuosos porque no imaginaban una visita así. Es que quien lanzaba la frase era, nada menos que… don Atahualpa Yupanqui.
De entrada enmudecieron los presentes y no supieron muy bien cómo actuar, pero el gesto campechano del recién llegado despejó de inmediato sus dudas, y los llevó a acercarse presurosos a saludar al poeta…
El contexto no era ni el de una peña, ni una fiesta, ni una reunión en la que se celebrara algo. Nada de eso. Era simplemente un encuentro más de los que se daban, todos los días, en el local de El Matrero, donde se juntaban cantores y guitarreros de por aquí… Porque es cierto, por allí pasaban todos.

Visitas célebres.
La visita de Atahualpa fue una de las tantas que en casi 60 años de El Matrero se producían más o menos habitualmente: porque también llegaban cada tanto Jorge Cafrune, Horacio Guarany y hasta Argentino Luna hizo escuchar su voz en ese particular “escenario” en que se convertía -repentinamente- el taller ubicado en el entrepiso de El Matrero.
Un lujo que podía darse -y que surgía espontáneamente- un hombre singular como don Luis Angel Vitale. Un emprendedor pertinaz, que hizo de la cultura del trabajo casi una profesión de fe. Curtido en los quehaceres del campo, apasionado incondicional de los caballos, don Luis resultó un personaje fenomenal, un hombre que calladamente, sin alharacas, trascendió al comerciante y al artesano que supo ser.

Desde Gamay.
Nacido en Gamay, una estación de Ferrocarril cercana a Unanue -hoy sólo un paraje casi deshabitado en el que antes se cargaba leña para transportar al puerto en Bahía Blanca- Luis fue integrante de una familia numerosa que se afincó en la zona con la llegada desde Italia, con sólo 17 años, de su padre también Luis, quien años después sería el dueño de la pulpería del lugar; su mamá sería Petronela Menecucchi y constituirían una familia numerosa, porque fueron nueve hermanos.
Desde chico, Luis empezó a acostumbrarse a las tareas rurales y sobre todo a forjar una relación especial con los caballos, su gran debilidad.
Llegó el tiempo de partir para General Acha, donde a la par que iba al colegio Domingo Savio, empezó a desempeñarse como cadete en Casa Iglesias, el almacén de ramos generales más importante de la zona, donde terminaría siendo encargado.
Si bien no recibió más educación formal que la primaria, la lectura de diversos autores lo nutrió (el Martín Fierro de José Hernández fue “su Biblia”) y dicen quienes lo conocieron bien que “Luis era un hombre sabio”, realizado en las cuestiones de la vida.
En Casa Iglesias aprendería el oficio de sastre, a cortar bombachas (llegó a cortar hasta 300 por día) y ropa de campo que después se repartían entre costureras de General Acha.
El joven Luis era curioso, trabajador, y aprendió el oficio de talabartero; con lo que luego de un tiempo se decidiría a trasladarse a Santa Rosa e independizarse.

Nace El Matrero.
El primer local comercial en Santa Rosa, muy chiquito, se ubicó en 1959 en calle Sarmiento casi Avellaneda; pero pronto se trasladaría a Pellegrini, justamente enfrente de donde se ubica hoy (Pellegrini 86).
Luis le dedicó a su comercio esfuerzo y sacrificio y era normal para él viajar cientos de kilómetros -a Santiago del Estero, Salta y Jujuy- para regresar con su estanciera cargada de lazos, y de material con el que después habría de trabajar en su taller. Uno de sus logros fue lo que se conoce como “el recadito pampeano”, que en una sola pieza reúne el mandil, caronas, bastos y matras, consiguiendo un elemento mucho más liviano que muchos jinetes comenzaron a utilizar. Más de 3.000 de esos recados tan especiales salieron de sus manos.
Algún amigo lo recuerda también viajando a “Casa América” en Buenos Aires, para llevar su cargamento de bombos que él mismo fabricaba. Por si fuera poco, Luis se ocupó de que dos de sus hermanos participaran de la apertura de sendos locales de El Matrero (les enseñó el oficio) en Bahía Blanca y Necochea; comercios que hoy siguen muy vigentes.

En Cosquín.
En un momento El Matrero resultó una marca sumamente cotizada; y sus productos se vendían como pan caliente en cada fiesta campestre. Eso sin dejar de estar presente, cada año, en la mítica plaza “Próspero Molina” de Cosquín. Es que su maestría de artesano, y la de algunos de quienes trabajaron junto a él como El Ruso Stork, Honorio Giménez y Luis Rauch (que continúa y hace 40 años está en el negocio) entre otros, lograba codiciadas piezas.
Risueñamente sabía recordar don Luis Vitale a uno de sus colaboradores: “Don Lara”. Lo identificaba a ese hombre a quien una vez, en Cosquín, le presentó a un célebre cantor: “¿Lo conoce don Lara?”, preguntó el Matrero, y recibió la respuesta corta y seca del interpelado, que en realidad no tenía idea: “Creo que alguna vez me lo he cruzado”. Se trataba del mismísimo Horacio Guarany que, para celebrarlo, no tuvo mejor idea que convidar a don Lara con un buen vinito tinto.

Guitarrero y cantor.
Sobre el mismo local de su comercio, Luis levantó un enorme edificio que consta de un entrepiso que es un amplio taller, la vivienda familiar y una gran terraza. Ese sería desde ahí y para siempre el refugio de El Matrero y por allí pasarían cantores y guitarreros incluyendo, como quedó dicho, el gran Atahualpa Yupanqui, quien desde su exilio en París supo mantener contacto epistolar con Luis Vitale. Esas cartas -una reliquia- alguien algún día se las llevó, sabiendo de su valor. Lamentablemente, la familia no sabe dónde están.
Luis fue siempre guitarrero y cantor, y se lo recuerda entonando con Juanchín López, presentándose ambos de sombrero y pañuelo al cuello. Milongas, tangos y valses, que entonaban con armonía, eran parte de su repertorio. “La última vez que cantó fue en los 90 años de su hermana Chola, hace algunas semanas. Fue como una despedida…”, dijo uno de sus familiares.

Casi en silencio.
En lo personal, Luis Vitale logró construir una sólida familia, y vivir 62 años de amor y de respeto con su esposa, Emilia Bruegno, con quien tuvieron a sus tres hijos, Luis Alberto (Tino), Liliana y Ana María.
Su fallecimiento no sólo resultó un triste momento familiar, sino que es un dolor que también se extiende a amigos y gente de campo que lo tuvo como una referencia importante.
Fue una persona sumamente conocida, pero de todos modos no le gustaba levantar su perfil, y era dueño de una gran humildad. Al punto que el campo de domas de Uriburu se llama “Luis Angel Vitale”; y él ni siquiera quiso estar el día que se inauguraba.
Trabajador, entrador, carismático, hombre generoso e inteligente, nadie podrá decir que don Luis Vitale fue una persona que pasó por este mundo sin dejar huella. Todo lo contrario.
“Pero si el destino insiste/ yo que fui tan andariego/ de donde estoy no me muevo/ mi alma de luto se viste/ Pero si el destino insiste/ que ya ni un golpe me ataje/ diré adiós al paisanaje/ de este pago tan querido/ y pal’ rincón del olvido/ me iré en el último viaje”. Eran los versos de la milonga de Pancho Gandolo, “Voy en el último viaje”, su preferida, la que cantaba siempre…
Al final se fue casi en silencio. Pareció elegir así su manera de emprender el último viaje.

Mario Vega
*Redacción de La Arena.

 

“Pa’ que no se acabe el criollo”

Si algo no se le podrá negar a El Matrero, y a su propietario, es que
resultó el iniciador indiscutible de las fiestas criollas en La Pampa.
No había jineteada o festividad en los pueblos que no contaran con el
acompañamiento en la organización de Luis Vitale; pero hubo además

otra persona fundamental para ese tipo de eventos, don Julio Secundino
Cabezas, uno de los primeros payadores de aquella época; a los que más
tarde se unirían entre otros Jorge Socodatto y Gustavo Guichón.

Las fiestas criollas, con espectáculos de danza y folklore, domas y
juegos de destrezas hípicas, se tornaron populares y verdaderas
multitudes se reunían en los escenarios preparados para ellos. A veces
en la misma capital provincial, o en otras localidades –Quehué,
Anguil, La Carlota–, pero muchas también en alejados parajes donde la
paisanada disfrutaba de un día seguramente muy particular.

“Un rincón gaucho pa’ que no se acabe el criollo”, reza –todavía hoy–
la frase que acompaña cualquier publicidad de El Matrero. General Acha
y lugares cercanos tuvieron sus festividades, y en estos casos –además
obviamente de las comisiones de fomento e intendentes– Vitale contó,
siempre, con el acompañamiento de quien sería su gran amigo: Aníbal
Lorda. La fiesta de los Vascos sería, precisamente, una idea y un
lanzamiento que los dos emprendieron con singular entusiasmo…

Era común en esos acontecimientos ver la estanciera Ika de los Vitale.
y los stand de El Matrero que se armaban con fotos, y ponchos, bombos,
guitarras, cuchillos, mates y todas las artesanías que, puestas a la
venta, hacían las delicias de la paisanada.

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