El brasileño errante tiene un amigo

EL "ERRANTE" PERSONAJE SIGUE EN LA CIUDAD

Hace 16 años, Iván Echeverría llegó a la provincia con la empresa Techint para trabajar en la construcción del Acueducto. Después de un tiempo, la ciudad le gustó y no lo pensó demasiado: juntó sus cosas en Rosario y terminó por radicarse en Santa Rosa adonde conoció a Sheila Dos Santos, una brasilera de Belo Horizonte que también había llegado por trabajo. Foráneos los dos, se enamoraron, tuvieron una hija y desde entonces tienen una vida apacible y pampeana. Ahora el rosarino trabaja en Aguas del Colorado y se encarga del tendido de fibra óptica. Dos veces al año, su mujer le pide volver a Brasil para ver a su familia y allí van los dos, junto a su hija, a respirar el aire de la montaña y comer frutas tropicales.
Quizás porque alguna vez se sintió extranjero, quizás por su mujer brasileña o porque piensa (¿teme?) que podría caer en desgracia, Echeverría se cruzó en la vida con el Brasileño Errante, el hombre que hace unos días llegó a Santa Rosa y al que su familia busca desde hace 15 años. Decir “se cruzó” no es un error porque apenas se enteró por este diario de la historia de Sebastián Ernesto Rodríguez (o José Mustafá Cordeiro, como se hace llamar) su rutina, la de un padre de familia común y corriente, se alteró por completo. Cada tarde, después de fichar en su trabajo, maneja su flamante Honda Civic hasta el lugar donde descansa Rodríguez para cebarle unos mates y conversar. “Es un ser humano como cualquiera. A mí me gustaría que alguien me de una mano si alguna vez estoy así”, dice Echeverría, sentado junto a su nuevo amigo que ahora duerme a la vera de la ruta 5, cerca del predio del Club Mac Allister.

Amigo.
Desde que se conocieron, el rosarino le ha llevado una bolsa de dormir, un nylon negro con el que guarecerse del frío, tabaco para armar cigarros y comida. A Joseph le gusta el pescado en lata que se disuelve en la boca. Festejó mucho cuando Ivan apareció con un taper lleno de Feijoada.
En estos días de conversación lenta entre pitada y pitada, los hombres hablaron de todo. El brasileño le ha contado muchas cosas, algunas salidas de su propia ezquizofrenia: que estuvo en la guerra, que construyó un Lamborghini y lo manejó a 300 kilómetros por hora, que levantó una casa con sus propias manos y que un día, un día cualquiera, se fue de su casa caminando y nunca más volvió.
Echeverría no es el único solidario. En los días que pasó echado frente al barrio de Villa Martita, el brasileño recibió muestras de solidaridad de todo tipo: muchos le dieron dinero y comida. Sin embargo alguien, no se sabe quién, aprovechó un descuido y le robó un manojo de billetes. Así las cosas. El mal, el bien, la solidaridad y la avaricia.

Grupo.
Días atrás, Iván creó un grupo en Facebook bajo el nombre “Ayudemos a Joseph Mustafa a llegar a Brasil” que ya tiene decenas de amigos. “El quiere volver a su país, no me dijo nada de la familia que lo busca. Hablamos con el consulado y no nos dieron bolilla. En su paso por General Roca una jueza ordenó que lo internen, porque él es psiquiátrico, pero dicen que no pueden hacerlo compulsivamente. No tiene documento. Pero algo hay que hacer”, cerró Echeverría.

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