El milenario Hualco combina historia, cultura y paisajes riojanos

La Reserva Natural Cultural Sitio Arqueológico de Hualco -tal su nombre oficial- se encuentra en el extremo norte del cordón del Velasco, con vista al imponente macizo de Famantina al otro lado del valle. Este sitio arqueológico perteneció a la Red Vial Diaguita, hasta que los incas invadieron y sometieron a estos primeros habitantes e incorporaron el estratágico pucará a su imperio, aunque no al Camino del Inca.
Durante estos días de invierno las construcciones permanecen en sombras hasta las primeras horas de la mañana, ya que el sol asoma “a espaldas” de la ciudadela y encandila a los visitantes, que deben iniciar la subida desde el este, donde está la entrada a la reserva.
Una mañana gélida, Télam visitó el lugar tras partir de San Blas de los Sauces, pueblo cabecera del departamento del mismo nombre, unos 8 kilómetros al norte, que estaba cubierto por una densa y oscura bruma que se fue despejando a medida que se ascendía hacia las faldas del Velasco.

Trekking.
En el cerro, el sol brillaba y derretía la escarcha que cubría cardones y los pocos arbustos que crecen en el ocre y árido terreno pedregoso, pero el pueblo permanecía a lo lejos invisible bajo una blanca capa de nubes que lo mantuvo en penumbras hasta casi el mediodía.
El ascenso hacia el pucará demanda un trekking de mediana dificultad en una subida suave de unos 600 metros desde la base, con algunas sinuosidades y bifurcaciones de sus senderos y escalones de piedra, que fueron resueltos fácilmente por el guía Fabián Yapura, quien dijo a Télam ser de origen inca.
Durante este trayecto, vale la pena detenerse de a ratos a contemplar el paisaje a las espaldas, con el valle Vicioso después de una hilera de álamos de hojas amarillentas en esta época, con plantaciones de vides para pasas y de pistachios, y la Ruta 40 que atraviesa la planicie y se aleja solitaria y para girar a la derecha justo antes de llegar al horizonte, junto a las serranías del Famatina.
De a poco, comienzan a aparecer las bases y paredes bajas de unas 150 construcciones preexistentes de las cerca de 300 que ocupaban el lugar y albergaron a unos mil habitantes en la época de plenitud del imperio inca del sur.
En terrazas escalonadas y en varias espacios planos, se pueden recorrer lo que fueron recintos de viviendas, una plaza y la parte más alta, donde vivía el cacique, además de acceder a los lugares sagrados donde se realizaban rituales religiosos.
Las construcciones eran rudimentarias, con simples piedras medianamente planas apiladas, sin argamasa, para formar pircas que tenían una altura de 1,80 metro, que se completaban con techos de caña y paja, ahora inexistentes.

Petroglifos.
Las habitaciones -como en otros sitios arqueológicos del noroeste argentino- tenía el piso en bajo nivel, por lo que los restos sobresalen del suelo sólo poco más de un metro, aunque en algunas partes las pircas fueron reconstruidas.
En diversas partes se pueden hallar, petroglifos con motivos que reflejan la vida cotidiana de aquellos indígenas y sus creencias, como alguna apacheta -donde el guía hizo una reverencia- además de grupos de morteros donde las mujeres molían los granos.
Esos granos eran guardados en un depósito, que sólo se diferencia de la demás construcciones por su mayor tamaño, lo mismo que los restos de una plaza con una entrada principal y una parte alta utilizada como tribuna.
El tamaño y la distribución de las viviendas dependían de la importancia y el nivel social de sus habitantes, por los que se calcula que en la parte más alta estaba ocupada por las familias de mayor estatus y la élite militar.
Cerca del mediodía, el sol ilumina hasta el fondo la abrupta quebrada del arroyo Hualco, donde el agua corre suavemente entre los altos paredones rojizos que alcanzan los 300 metros de altura, que llama a una experiencia de turismo aventura para recorrerlo por sus escalones naturales.

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