El Rotary entregó cien sillas de ruedas

“Fue una alegría cuando nos dijeron que nos daban la silla”, expresó Silvia, madre de Brisa quien tiene la cadera luxada y recibió una silla de ruedas especial al igual que otros chicos.
Brisa tiene 9 años y Rafael, 29. Ambos fueron los primeros en recibir ayer al igual que otros niños y jóvenes de Santa Rosa sillas de ruedas especiales, ensambladas por internos de una prisión norteamericana y entregadas a partir de un proyecto desarrollado por el Club Rotario de Santa Rosa, el Club de Lincolnshire Morningstar y la organización ROC Wheels, y con el aporte de la Fundación Rotaria de Rotary Internacional, a través de una subvención global que alcanzó la suma de 500.000 dólares.
Silvia Domínguez, madre de Brisa, afirmó que la silla le permitirá a la niña “estar en una posición adecuada porque al estar en una silla que no sea adaptada se le desvía la columna, la cadera se le sale de lugar y otras cuestiones que afectan su salud. Entonces, ésta silla nos viene bárbaro para poder lograr la postura que ella necesita. Teníamos una silla pero no era la adecuada, porque ella no podía estar bien, por el problema que tiene, que es la cadera luxada”.
Mientras observaba como los técnicos estadounidenses terminaban de adaptar la silla para su hija en un salón de la EPET, la mujer agregó que “lleva bastante tiempo poder adaptar la silla pero va a quedar bien seguramente, sin dudas, para nosotros como familia esto es algo que estábamos esperando desde hace mucho tiempo, fue una gran alegría cuando nos llamaron y nos dijeron que el Rotary nos daba la silla, así que estamos muy contentos”.
Marcela García, madre de Rafael, quien padece una parálisis cerebral, contó que él tiene una silla postural que “ya está en malas condiciones y por medio de Germán Tapia que está en el Rotary nos hicieron la donación” y destacó que el dispositivo le permitirá a su hijo tener una mejor calidad de vida. Además de Marcela, Rafael estuvo acompañado por uno de sus hermanos y su padre, y una kinesióloga que lo atiende desde hace años.
El rotario Juan Pedro Torroba manifestó que “la iniciativa surgió porque uno de los programas del Rotary para trabajar en enfermedades es asistir a chicos discapacitados especiales” y resaltó que “las sillas están hechas a medida para los chicos que no pueden sostenerse y no tienen acceso. Viene un equipo acompañado por una terapista que se costea el viaje y es la responsable médica del operativo y explica a los profesionales locales cómo hace su trabajo mediante una charla”.

Ensambladas por internos.
Las sillas de ruedas especiales fueron fabricadas en Montana, Estados Unidos, y ensambladas por los internos de la prisión de Sioux City, Dakota del Sur, desde donde fueron embargados hasta Puerto San Antonio, Chile, y desde allí trasladadas hasta la Zona Franca de General Pico para ser distribuidas por el Distrito 4920 de Rotary Internacional. Las sillas de ruedas se entregarán durante esta semana en Santa Rosa, General Pico, Bahía Blanca, Tres Arroyos y Mar del Plata, alcanzando también a jóvenes de Henderson, Olavaria, Rauch, Coronel Pringles, Trelew y Comodoro Rivadavia.
Las sillas fueron adecuadas ayer por técnicos que vinieron de Estados Unidos. Entre ellos, Alan Nerad y Barbara Tolbert, rotarios de Illinois y Wayne Hnson y su equipo de especialistas de Reach On Care Wheels de Montana. Hoy, los rotarios entregarán sillas de rueda en General Pico y mañana volverán para terminar de aportar 27 sillas para chicos y chicas de Santa Rosa. Torroba además destacó el aporte de las autoridades de la EPET que pusieron las instalaciones a disposición.
Ayer, también se ofreció un seminario sobre uso de silla de ruedas especiales por personas en situación de discapacidad, con enfermedades severas, a cargo de la fisioterapeuta Lisa Maurer, destinado a profesionales y padres de los jóvenes beneficiados. Maurer es profesora científica de tecnología asistencial y especialista en movilidad de sillas de ruedas. Fundó una organización de sillas de rueda y también la clínica Providence Alaska Medical Center en Achorage, Alaska.