El viejo oficio de panadero y pastelero resiste

El antiguo oficio de panadero nunca pierde vigencia y Aníbal Bengochea supo conseguir, con su negocio “Los Vasquitos”, un nombre que ya es clásico pero que a través de sus hijos busca innovación y ratificar su lugar entre los más elegidos.
“Nuestra especialidad es la torta mil hojas, ése es nuestro sello. Nos llegaron a pedir desde España a través del Facebook”, cuenta Sebastián sobre ese manjar que fue saboreado por miles de santarroseños en una ciudad donde, justamente, hay unas 100 panaderías que cada mañana amanecen antes del sol y tientan a sus clientes con su propio aroma y sabor.
“Los Vasquitos” tiene su propia identidad, una historia hecha a pulmón que, desde vender bolas de fraile en algunas fábricas a montar dos negocios propios, recorrió un largo camino. Y a sus 58 años Aníbal Bengochea conserva esas ganas y esa alegría por llenarse las manos de harina, poner un horno a 220 grados o darle forma a una torta frita rodeado de su esposa, sus hijos, sus nueras, sus nietos y los empleados en una auténtica minipyme con empuje familiar.
“La nuestra es una panadería tradicional, inclusive en la forma tradicional de trabajo: empastamos todo. Aprendimos a trabajar de una forma y seguimos así, ahora se usa premezcla de pan dulce, de pizza, de todo. Nosotros lo hacemos como a la vieja usanza, de manera artesanal, y creo que eso nos distingue porque la gente responde a nuestros productos”, resaltó Aníbal en la “cuadra” de su negocio en pleno Villa Alonso, en la esquina de avenida Belgrano y Tucumán.
Allí Aníbal trabaja con su hijo Diego (23) y sus empleados, mientras que la panadería de la calle Escalante al 200 está a cargo de su hijo Sebastián (32) y su mujer Eugenia (30) junto a cuatro trabajadores/as contratados por la firma. Patricia Angerami (54), esposa, madre y docente, es otra pata del emprendimiento del que solo Gonzalo (30) se despegó para estudiar Licenciatura en Educación en Córdoba, el lugar donde vive y trabaja.

Innovador.
“Sebastián estuvo 10 años conmigo y un día se quiso independizar, así quelo apoyamos todos para que arranque y por suerte le va bien. El supo innovar, agregar cosas, tener su propio sello joven manteniendo nuestra tradición así que para mí es una fuente de energía renovada”, destacó Aníbal sobre el otro negocio de la familia que este año estuvo en el Senado de la Nación en el marco del premio “CAME Joven” junto a un grupo de minipymes pampeanas y de todo el país.
“Fue una experiencia muy buena, sobre todo porque conocimos gente con proyectos espectaculares, gente joven que tiene mucho empuje. En la CAME valoraron nuestro emprendimiento y eso te da un incentivo extra”, dijo Sebastián sobre el nuevo perfil de “Los Vasquitos” que este año también debutó con un stand propio en la Expopymes, la muestra más grande de la provincia que reúne a empresas y emprendedores de múltiples rubros.
“Nos fue muy bien, es una vidriera importante y hace que la gente nos conozca más, al igual que nosotros conocemos a otros que también quieren difundir su producción. Nuestra idea es esa, movernos, mostrarnos, no quedarte con lo que ya tenés seguro”, explicó Sebastián.

Largo camino.
Aníbal nació en Carhué, la cercana localidad bonaerense. Al poco tiempo la familia se instaló en la Villa de Epecuén, un centro turístico que era muy visitado incluso por la alta burguesía porteña. A sus 13 años vendía el diario a quienes llegaban en plan de descanso y en menos de un año cambió de trabajo: entró a una panadería.
“Ahí aprendí bastante del oficio, vivía en un lugarcito al fondo del negocio”, recordó sobre los años que antecedieron a la tragedia. En el ’86 Epecuén quedó bajo el agua y el matrimonio de Aníbal y Patricia tuvo que salir a buscar una oportunidad, “algo” para sobrevivir. Un contacto con Hilario San Pedro lo mantuvo en vilo más de un mes porque la carta del correo, desde la capital pampeana, nunca llegaba.
“Nos subimos al auto con Patricia y los chiquitos y nos vinimos. Cuando llegamos al bajo Giuliani y vimos el agua que había, casi pegamos la vuelta, nos asustamos, no queríamos saber nada con el agua. Al final llegamos y empecé a trabajar en la confitería San Pedro, que es un clásico de la ciudad”.
Pero Aníbal no se conformó. En su casa empezó a amasar y a elaborar junto su mujer y vendía bolas de fraile en fábricas y casas de alrededor. La situación fue mejorando y el primer negocio se montó sobre la avenida Uruguay. “Estuve como diez años ahí y ya mucha gente nos conoció, pudimos despegar”.

Épocas y cambios.
Hoy, en días en los que para muchos las harinas parecen haberse convertido en el principal motivo del sobrepeso y son combatidas hasta con una militancia fanática, el viejo oficio de panadero y pastelero resiste con las delicias clásicas y los nuevos manjares. Bizcochos, facturas o tortas que cada mañana acompañan a, por ejemplo, los chicos y chicas de los colegios Santo Tomás y Liceo Informático, algunos de los lugares que se abastecen con “Los Vasquitos”.
“Es cierto que bajó el consumo de pan, pero el problema no es la harina o los carbohidratos como se dice, el tema es comer moderadamente, sin tanto exceso. Otro factor que no muchos tienen en cuenta es que cada vez hace menos frío, el invierno de hoy en Santa Rosa es muy distinto al de hace unos años, y eso modifica algunos hábitos. Son cambios de época, situaciones, cosas a las que uno tiene que saber adaptarse. Hoy nosotros estamos muy pendientes de las redes sociales, mi mujer Eugenia se encarga de todo ese manejo y da muy buen resultado. Como pasó con alguien que vive en España y nos encargó especialmente una milhojas porque era el cumple del papá y sabía que la torta le encantaba”, apuntó Sebastián.
Una pregunta que siempre gira alrededor del rubro alimenticio es qué se hace con lo que sobra del día de trabajo. “Se dona todo, vienen a buscar para comedores de distintos barrios y también chicos y gente que todos los días toca la puerta para llevarse lo que está en buenas condiciones”, explicó Aníbal.
La entrevista no frena el trabajo en la “cuadra”. La campana del local suena repetidamente y Diego prepara tantos arabitos como chistes hace por minuto. Patricia ceba mate, el pequeño Santiago juega y Aníbal se pone de acuerdo con Sebastián para la producción de un pedido importante. “La empresa se construyó por el esfuerzo de la familia, mis hijos aprendieron el oficio y eso es clave porque tienen un perfil de trabajo y dedicación. Lo que venga en el futuro va a depender de ellos”, anticipa el hombre sobre algo de lo que sabe, y de sobra: ganarse el pan de cada día.

El amor, de internet al pan
En la panadería conviven las historias de la familia junto con las de los empleados y empleadas que llegaron a través de un currículum o de una recomendación. O a través de un flechazo. Sebastián trabaja codo a codo con Eugenia y Diego despliega su “magia” repostera seguido bien de cerca por María (20), una relación que nació en los tiempos de la era digital y que hoy los tiene unidos bajo el mismo techo y el mismo oficio.
“Nos conocimos por internet. Estuvimos como un año chateando hasta que Diego fue a Santiago del Estero y nos conocimos. Y me vine para acá”, cuenta María, que cuando llegó no conocía nada del rubro pero que desde hace unos meses atiende al público detrás del mostrador. “Me adapté re bien, es una ciudad re tranquila y ya va a hacer un año que estamos juntos con Diego. Me siento muy bien y la verdad que la familia es espectacular”, elogia María, una santiagueña que es una más en la pequeña gran pyme pampeana.

El sabor es redondo
Mantener su tradición a la hora de la elaboración no le impide a “Los Vasquitos” innovar y recorrer nuevos caminos. Desde hace un tiempo Aníbal ofrece alfajores artesanales, un producto delicioso que sirve también como presente ideal para promocionar el sabor pampeano. Chocolate, dulce de leche y frutos rojos son los principales exponentes de una variedad que viene en cajas amarillas con la figura de un caldén como distintivo principal.
“Están funcionando muy bien, los estoy vendiendo en estaciones de servicio y en algún local céntrico como Bonafide, por suerte los pedidos vienen en aumento. Hay que buscar cosas nuevas y apostar por la calidad sin perder la paciencia”, cuenta Aníbal respecto a algunos ‘secretos’ para mantenerse en la vanguardia.