Elvira, a los 102 años, celebra la vida

VA AL TEATRO, LE GUSTA SALIR A COMER Y NO SE PRIVA DE CASI NADA

Mario Vega – ¿Cuál es el secreto para vivir 100 años, o más?, ¿habrá un secreto? Elvira, a los 102, pasará el Día de la Madre junto a su único hijo, Avelino “Pelado” Fernández, sus tres nietos y sus seis bisnietos.
“Servíme un poquito más por favor…”. La miro y me cuesta creerlo: mientras yo tomaba mi cafecito a las 5 de la tarde en “La Capital”, la abuela Elvira le pedía a su nieto que no escatimara al servirle la cervecita en su vaso, mientras probaba un sándwich de jamón y queso que comía con fruición, en tanto me contaba de su vida… Y vaya si tiene para contar. Sí, tiene 102 años cumplidos recientemente, el 12 de septiembre pasado.
Tenía apenas poco más de un mes y medio cuando estallaba la primera guerra mundial, en 1914; y era una adolescente de 19 años cuando el diario La Arena salía a la calle en su edición inaugural, en 1933. Doña Elvira Álvarez, que de ella se trata, festejará hoy el Día de la Madre junto a toda su familia, y ella misma se encargará de elaborar algunos de los platos que se pongan en la mesa.

Primero a la peluquería.
Es, sin dudas, un personaje singular que uno de sus nietos me acercó en estos días, y que realmente sorprende y despierta admiración, porque enterada que iba a ser objeto de una nota periodística -de estas que solemos volcar cada domingo en estas páginas-, la abuela Elvira se lo contó a sus amigos y parientes, pero puso como condición que “antes” tenía que pasar por la peluquería, porque no es cuestión de aparecer “así como así” en la foto de un diario -que recibe religiosamente desde hace décadas en su domicilio-; pero además que el encuentro con el periodista “podía ser en la confitería La Capital”, donde concurre habitualmente por las tardes.
Apenas llegué con Samuel, el fotógrafo, una pareja nos aguardaba en una de las mesas junto a los amplios ventanales de la céntrica confitería: sus sobrinos, Rosita Hualde y Ricardo Calvo. Apenas unos minutos más tarde, tomada del brazo de uno de sus nietos, Fabio Fernández, apareció Elvira… el saludo con los mozos, con Luisito Gérez -el histórico encargado de La Capital-, y una foto para perpetuar el momento. Es que es una clienta frecuente y querida y la reciben en consecuencia…

¿Cafecito? “No, cerveza”.
Me saluda, me hace un par de preguntas para saber de cuál de los Vega soy… y aparece su primera sonrisa para negarse al cafecito que le ofrezco ante la presencia del mozo. “No, que cafecito…”, contesta rápido y pícara. Al instante aparecerá el mesero con su bandeja portando… sí, una cervecita bien helada, y unos especiales de jamón y queso… El reloj marcaba apenas pasadas las 5 de la tarde, y Elvira, su nieto y sus sobrinos me dejan un poco en “orsay” con mi café que se habría de enfriar mientras la charla fluía por los recuerdos centenarios de la abuela. Me responde con presteza cuando le pregunto cuántos años tiene… “50… Sí, sin cuenta…”, sonríe ante su propia picardía. “¡A quién le importa!”, agrega para no dejarme dudas.

El casamiento en el Hotel París.
Nacida en Toay en 1914, es hija de Pilar y Francisco, ambos españoles, y fueron 10 hermanos, “seis mujeres y cuatro varones”, precisa. Transcurrió sus primeros años en la Estancia La Elvira, en las cercanías del boliche El Tropezón, en la zona del paraje La Araña; hizo la primaria en la escuela rural de La Vanguardia -un almacén de ramos generales-, y vendría luego la radicación junto a su madre y hermanos en un domicilio de la calle Coronel Gil, a escasas cuadras de la plaza San Martín. “Por supuesto, eran todas calles de tierra, aún en el centro; y además la plaza no tiene nada que ver con lo que es hoy… En esos tiempos sabíamos ir los domingos a las 8 de la noche porque tocaba la Banda, pero a las 10 ya teníamos que volver porque se cortaba la luz; y los festejos de carnaval era igual”, rememora aquella Santa Rosa.
Elvira se casó cuando tenía 23 años con Avelino Enrique Fernández -se conocían “de chicos” cuando ambos concurrían a la misma escuela rural-, y con quien contraería matrimonio el 12 de junio de 1943, una fecha que recuerda con total certeza, y que su nieto Fabio testimonia con un diario La Capital amarillento de ese tiempo que, en un recuadro de “Sociales”, testimonia el acontecimiento.
El casamiento fue “un sábado, y la fiesta en el Hotel París (estaba en la esquina de Mansilla y Pellegrini, donde hoy hay una playa de estacionamiento)”, y el tradicional viaje de bodas lo hicieron a Buenos Aires.

La familia.
El matrimonio tendría un único hijo, Avelino Severino Fernández (71), “Pelado” para todos -aunque no por ser calvo-, que junto a Mirta Ibarlucea le daría tres nietos: Fabio -es el actual jefe del 21° Distrito de Vialidad Nacional-, Mauro y Mariela. Elvira tiene seis bisnietos: Paloma, Fausto, las mellizas María Belén y María Angela, Tomás y Tobías.
Evoca sus tiempos en el campo de la familia -donde cada tanto vuelve para visitar a sus familiares, pero también a los vecinos de otros establecimientos de la zona en que vivió cuando pequeña.
Rememora con entusiasmo las fiestas campestres, las yerras, la alegría de las guitarreadas de aquella gente sencilla… “Cuando nos vinimos a vivir a Santa Rosa mamá me mandó a aprender corte y confección, y me gusta; pero también cocino bastante bien”, acota.

El campo, la ciudad.
Su lucidez le permite transmitir a sus familiares, a sus nietos, las costumbres y vivencias de la Santa Rosa de antaño, pero también de su paso por los parajes de La Araña y El Durazno; las costumbres de crianza de los chicos de esos tiempos; el paso por el campo de sus padres del famoso bandido Juan Bautista Bairoletto, para pedir “un poco de agua”, y tantos otras vivencias que refleja con meridiana claridad… Pero también la vida social en la ciudad, desde cuando su madre la mandaba a comprar empanadas de vigilia a esta misma La Capital, una de cuyas mesas estamos ocupando ahora, y también -ya un poquito más grande- cuando como invitada participaba de los casamientos en la parte de arriba de la confitería.

Lectora de La Arena.
A la abuela le gustaba mucho bailar, “tangos y pasodobles sobre todo… Una vez en el Teatro Español me sacó a bailar un militar”, cuenta con cierto entusiasmo. “Era muy gentil, muy bien vestido, vino a la mesa donde estábamos con mi mamá y me llevó a la pista… tenía un pañuelo blanco en la cintura que se sacó cuando me acompañó hasta la mesa”. Su sobrina supone que era un detalle del militar “para no ensuciarle el vestido” (¡!!)
De carácter jovial, comunicativo, le gusta hablar de sus cosas “y no de los demás… yo me ocupo de lo mío, saludo a mis vecinos y todo bien, pero nada más. No me gusta hablar mal de nadie”, dice para contar de cómo vive en la calle González, entre Don Bosco y Avenida Uruguay. “Hago mis mandados, voy a la panadería, a la despensa… y sí, además una vez por semana voy a la peluquería”, admite con coquetería.
Lee el diario La Arena que le llega desde “hace muchísimos años” y que el canillita le deja religiosamente por la rendija de una ventana; pero además está actualizada porque por la mañana escucha radio -“necesito ruido”, señala-, pero también sigue distintos programas por televisión. “Sí, Jorge Rial me gusta, y algunas cosas de Tinelli también, la parte de los bailes, aunque por ahí me parece que manosean mucho a las chicas”, dice con cierto recato.

Ni colesterol, ni hipertensión.
Podría decirse que no se priva de casi nada, como por ejemplo de salir a cenar, sobre todo a la parrilla “Los Caldenes”, donde Pucho, su dueño, consideró necesario nombrarla “vitalicia”, y que desde sus 100 años no hay que cobrarle más a la abuela Elvira. Y entonces no dejará de pedir que le sirvan lechón caliente al asador, o una buena porción de cordero, sin dejar de comer el jamón o el chorizo que le servirán de entrada. “Por suerte no tiene problemas, ni de colesterol ni hipertensión. Pero, y además, cuando cocina para toda la familia es todo lo opuesto a lo dietético”, aporta risueño su nieto Fabio.
Otra particularidad de la abuela es que le gusta salir, y está siempre dispuesta para quien quiera pasarla a buscar. “Me gusta mucho el teatro, y hubiera querido ir a ver a Piquín…”, dice con un poco de pena. Hace un par de semanas, o poco más, estaba yo en el Teatro Español cuando se presentaron Los Caldenes, y Carlos Villanueva, El Salteño, en un momento dado dijo: “Quiero decirles a ustedes que en la sala está la abuela Elvira, que tiene 102 años”… Sus palabras fueron celebradas con un cerrado aplauso de la concurrencia: “Yo soy la abuela Elvira”, alcanzó a decir ella en un murmullo… Sí, el aplauso era para ella, por su espíritu, por sus ganas de celebrar la vida -nada menos- todos los días…

Sólo se trata de vivir.
Cualquiera podría preguntar -casi elementalmente- cómo se puede sobrellevar una longevidad que supera los 100 años, y se podrían ensayar muchas explicaciones, aún desde lo científico, pero nadie tendrá seguramente el secreto de esa circunstancia. Sólo se trata de vivir… día a día, y los años se irán acumulando, uno a uno. “No tomo pastillas… y no voy al médico”, dice Elvira mientras -con firmeza- toma el antebrazo de este cronista y agrega: “No pongas eso… no digas nada”. No porque sea la fórmula para vivir mejor y mucho tiempo, sino porque, ya lo dijo, no le gusta hablar mal de nadie.
Los especialistas sostienen que la genética juega un rol importante, pero también la manera de transcurrir, la calidad de vida, entiendo, debe jugar un papel muy trascendente. Y se me ocurre, también, que el espíritu no tiene edad. ¿O sí? De verdad no lo sé… Quizás sólo se trate de vivir… Sólo eso.

“No me estará mintiendo”.
La frase la soltó un joven amigo de la familia: “Abuela, no me estará mintiendo”. Y no puede creerlo el muchacho todavía: “¡me cantó el retruco con un 4!”. Se sabe que en truco el “4” es la carta más baja del juego, y que obviamente es perdedora de por sí. Pero el jovencito se confió, quiso pensar que una mujer de 102 años no podía mentirle (aunque el engaño sea la esencia de ese juego), y prefirió irse al mazo pensando que la abuela, que lo miraba fijamente, tenía el ‘ancho’ de espadas, o algo así. “Me mintió, ¡me cantó el retruco con un 4!”, insiste aún sorprendido el chico. Elvira sólo sonríe cuando le recuerdan la anécdota.
“A mí me ganó ayer tres partidas de chinchón”, agrega la sobrina Rosita.
Elvira fue, apenas pasada la adolescencia, una mujer de avanzada, porque enseguida empezó a manejar el Ford 37 de la familia -que aún se conserva en el campo-, con una habilidad que le envidiaban hasta los hombres: “Una vez iba de Santa Rosa para el campo un día de lluvia (habrá que imaginar lo que eran los guadales de esos tiempos), y había en el camino una gran laguna… yo pasé lo más bien, pero otro auto en el que iban tres hombres se quedó en el medio del charco”, y vuelve a sonreír.
Ante una pregunta dice algo que enseguida “borra” pidiendo al cronista: “No digas nada de eso… sólo te digo que soy radical, y que fui a verlo al doctor Alfonsín (cuando era presidente); y después a un almuerzo con él que, me acuerdo, se hizo en la rural”. Fue aquella vez que se anunció que la sede central de Vialidad Nacional se iba a instalar en Santa Rosa, justo en la rotonda que está frente al barrio Jardín, en Circunvalación y Avenida Perón. “Había una multitud ese día”, menciona memoriosa.

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