Emprendedores del altiplano

Un grupo de bolivianos que reside en Santa Rosa conformará una cooperativa textil: tendrán marca propia y desde un taller en la provincia proyectan abrir mercados. “Nos dimos cuenta que unirnos nos hace más fuertes”.
Oruro, Potosí, Tarija. Los nombres de las ciudades brotan apenas se pregunta por esa tierra del altiplano que dejaron lejos y que después de un largo camino los trajo a la llanura pampeana. Unas 80 familias bolivianas residen actualmente en Santa Rosa, adaptadas a una sociedad que no siempre les brinda una mirada amable pero en la cual se insertaron en silencio, empujados por esa fuerza que los hace parecer incansables, la fuerza del trabajo.
“Vine a la Argentina en el ’95. Trabajaba en una empresa y en 2002 nos trajeron a la Zona Franca de General Pico para capacitar a la gente, yo era instructor de costura en una fábrica de camperas. Me gustó la provincia y a mi familia también, al poco tiempo me abrí camino solo con un taller y desde entonces que estamos en Santa Rosa”, cuenta Adalí Chambi, que nació hace 49 años en la ciudad que se da la mano con el cielo, Oruro (3.735 metros sobre el nivel del mar), es esposo de Luisa Helena y padre de seis hijos.
Los Chambi son varios aunque no necesariamente son parientes. Gustavo, que es de Potosí, armó a su llegada a la provincia una minipymecon varias tiendas. Edy, Oscar, Norma y Nancy también son expertos en el trabajo textil y todos rondan los 40. Todos tienen sus propios talleres y en cada reunión mantienen sus costumbres culinarias, musicales, de indumentaria. Pero en medio de esa tradición cultural hubo algo que cambió, la idea de unirse y emprender el camino propio. Juntos.
“Hace unos años tuvimos la intención de formar una cooperativa pero por distintas cuestiones el proyecto no avanzó. Ahora ya estamos para arrancar. Somos 8 asociados que vamos a trabajar bajo un mismo techo y vamos a formar nuestra marca propia, con un nombre y un logotipo. Va a ser de indumentaria en general y en la medida que el mercado nos demande nos volcaremos hacia una u otra cosa”, explicó Adalí sobre un proyecto que contó con una asesoría clave, la de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa.
“Hicimos un curso con la CPE sobre cómo armar la cooperativa, qué es una Asamblea, cómo funciona. Conocimos la historia de la cooperativa y su rol tan importante en la comunidad santarroseña, así que nos dieron herramientas claves para nuestro emprendimiento. También estuvimos en la Universidad aprendiendo cómo hay que manejar la economía de una cooperativa. Nuestro proyecto impactó mucho porque es ambicioso y ya tenemos muchos pasos resueltos”, destaca Edy.
Para otros, ya no.
En los distintos talleres los hombres y mujeres hacen hoy un trabajo tercerizado para empresas de marcas muy reconocidas (Le Utthe, Pato Pampa), pero esa etapa quedará atrás. “Tenemos varios talleres diseminados y la idea es juntarnos todos en un lugar, queremos ir a lo grande, nosotros podemos hacer 200, 300 remeras en poco tiempo, pero de esa manera no podemos participar enlas licitaciones por ejemplo, para eso necesitamos una cooperativa, tener la posibilidad de hacer 3 o 4 mil remeras para una escuela o lo que sea, por eso nos animamos a hacer una cooperativa”, señaló Adalí.
“Empezamos con 8 socios, pero la idea es tener 400 o 500 asociados a la cooperativa. Hoy dependemos de las fábricas grandes pero no es lo que queremos, lo que buscamos es ser independientes, no queremos tercerizar sino elaborar un producto propio, abrir mercados y tener nuestra proyección. Esa es la visión con la que trabajamos en esta idea de la cooperativa”, agregó Gustavo.
Cuestión cultural.
La llegada masiva de bolivianos a nuestro país está emparentada, en muchos casos, con el trabajo esclavo. En los últimos años el descubrimiento de miles de talleres clandestinos (especialmente en la ciudad de Buenos Aires)desnudó el hacinamiento, la esclavitud y la muerte de personas que trabajan en forma inhumana para una industria que cuenta con un alto índice de ilegalidad.
“Hubo cosas feas y, como en todos lados, hay gente mala y gente que no hace nada bien las cosas.Más allá de esos hechos que han pasado en muchos lugares nos dicen que trabajamos muchas horas, pero nuestra cultura es así, y aunque vayamos a Japón o a otro planeta vamos a trabajar de esa manera. Y es algo que se transmite de generación en generación”, destacó Adalí, papá de Jefferson, un chico de 19 años que estudia la carrera de Analista de Sistema y que en poco tiempo será otro eslabón en la cadena productiva de la cooperativa santarroseña.
Para Edy en la mayoría de las ciudades “pasa más o menos lo mismo, gente que no acepta o no le gusta lo que tiene o hace el otro, en nuestro país también sucede. Y lo que cambia es la cultura respecto a la comida, a la ropa, a la forma de hablar incluso, pero uno trata de adaptarse sin perder sus costumbres y su forma de vivir”.
“Nosotros sabemos que si no se trabaja no se consigue nada, es así. Por supuesto que hay tiempo para todo, pero el hecho de juntarnos hace que uno trabaje con más ganas porque te impulsa a que a la cooperativa arranque y le vaya bien”, apunta Norma. “Nos dimos cuenta que la unión hace la fuerza, así que la cooperativa se trata de eso. De trabajar juntos”, completa Adalí, entusiasmado por poner en marcha la doctrina cooperativista a 2.400 kilómetros de Oruro, ese “techo” de América desde el que bajó a Santa Rosa para transmitir la cultura del trabajo.

Al ritmo de los caporales
La inserción de la comunidad boliviana en la ciudad se dio también a través de la música y el baile. En los últimos dos veranos muchos de los bolivianos y bolivianas que residen en La Pampa participaron de los carnavales santarroseños de febrero con el caporal, una danza folklórica originaria de su país en la que despliegan todo el color y mucho de lo atractivo de su tradición.
“El caporal es en realidad una danza que satiriza algo terrible, que es la explotación. Los bailarines hombres llevan cascabeles en las botas porque en tiempos de la esclavitud, el caporal, sinónimo de capataz y hombre de confianza del dueño de la tierra, hacía notar su presencia con el sonido. No había tiempo para descansar y de esa forma controlaban a los esclavos”, explicó Adalí.
El carnaval de Oruro es muy conocido en todo el mundo, una fiesta que reúne a más de 300 comparsas de bailarines y músicos y que en el año 2001 fue declarado como obra maestra del patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. “Las músicas que escuchamos dicen ‘saya boliviana’ que quiere decir ‘fuerza boliviana’. Es eso”.
“Al principio no nos animábamos, pero ahora nuestros hijos se identifican”, apunta Gustavo. “Me recorrí todo el país, siempre buscando trabajo, me quedé acá y en todos lados es así, algunos te quieren y otros no. En la escuela a los chicos les dicen ‘bolitas bolitas’ y no les gusta, hasta los profesores los hacen sentir mal y vienen peleas, discusiones y ves que todos los días vienen llorando, con las carpetas rotas o cosas así. Nosotros tenemos nuestra música y porahí venís por el centro, con los vidrios bajos, y escuchás en el auto la música boliviana, entonces los chicos me dicen ‘¡subí el vidrio!’ No es que no les gusta sino que no quieren que les digan cosas, con el tema del caporale ayudó a que se identifiquen más, a que sientan que pueden mostrar con orgullo su cultura y tradición”.