Fue modelo, boxeador y ahora canta tangos

Ser cantante, actuar ante el público resulta un privilegio que no es para todos. ¿Quién no se soñó alguna vez en un escenario y recibir el aplauso reconocido de la gente después de entonar una canción.
“¡Golpearon la puerta de la humilde casa,/la voz del cartero muy clara se oyó,/ y el pibe corriendo con todas sus ansias/el perrito blanco sin querer pisó. ‘Mamita, mamita’ se acercó gritando;/la madre extrañada dejo el piletón/
y el pibe le dijo riendo y llorando:/’El club me ha mandado hoy la citación!”.
El hombre engola la voz y entona con ganas “El sueño del pibe”, e imagina que hay una multitud que sigue su actuación… Pero no: Pablo mira ende rededor y ve hacia un sector, no demasiado lejos, el pueblo; un poquito más cerca, “allá” al frente una estación de servicios; y en torno soledad… Está casi en el medio del campo; pero no es para tanto, porque al cabo son pocas cuadras hasta el casco céntrico de Anguil. Permanece arriba de un andamio y tiene allí arriba un tacho con mezcla y la cuchara de albañil, porque está terminando de construirse la casita, con sus propias manos… “Era un ranchito y lo estoy dejando lindo con palo y ladrillo. Va a quedar bien, ya vas a ver”, promete.

Un tipo de laburo.
Pablo Fabián Heick (42) es una persona conocida, sobre todo porque supo lucirse en un ring haciendo 27 combates como aficionado, y otras 15 como boxeador profesional, enfrentando en más de una oportunidad a rivales relevantes.
Pero para quienes no lo conocen puede decirse que “Pablito” -no sé por qué algunos personajes llevan, tengan la edad que tengan, el diminutivo de su nombre por siempre-, es un tipo querible. Tal vez porque en su cara morena se dibuja siempre una sonrisa, porque es afectuoso y amable con quien sea, y porque es un hombre de laburo.
“Es lo que me enseñó mi viejo… él, también Pablo, trabajó en la construcción y me enseñó el oficio, y eso ayuda porque siempre está la posibilidad de hacer un trabajito, levantar una pared, poner un techo…”.

La música.
Pero además su padre, fallecido hace algunos años, le transmitió su pasión por la música, y sobre todo por cantar… “Sí, el viejo era guitarrero y la cansaba a la Beatriz (su mamá) con eso… y me quedó siempre”, cuenta, si bien los que se acercaron primero a la música fueron sus hermanos, Santiago, Marcos y Mariela que son mellizos, y Xiomara… “Sí, es cierto, después Marcos (que tiene una banda) me enseñó con la guitarra”, admite.
Su mamá no es otra que Beatriz Caliba -trabajadora de muchos años en la Legislatura-, reconocida promotora de boxeo, hoy en pareja con el entrenador Juan Carlos Ceballos. Pablo nació en Santa Rosa, y de chiquito vivió con su mamá en Bahía Blanca, en los tiempos de la guerra de Malvinas, rememora. “Pero desde los 9 me afinqué en Santa Rosa, y vivimos muchos años en el Barrio Epam de Zona Norte -allí donde está la Escuela de Boxeo de Juan Carlos Ceballos-, aunque desde hace un tiempo Pablo decidió regresar a Anguil. “Vivo en la zona periférica, para el lado de la ruta… era un ranchito y le estoy cambiando la cara… todos los días un poquito y voy a tener mi linda casita”, reitera esperanzado.

La cultura del trabajo.
Pablo, como muchos chicos de una barriada humilde empezó a trabajar bien de pibe, porque es una cultura que viene de familia. “Empecé a los 14 años vendiendo el diario LA ARENA, cuando Luis Sarmiento tenía la distribuidora, como empezaron tantos… después en una panadería y más tarde entré a New Star, primero de lavacopas, y después a trabajar directamente como mozo… ¡Pero la verdad es que tenía tanta facha -fanfarronea sin disimulos- que la cajera del boliche un día me dijo si no me animaba a modelar…! ¿Y qué es eso?, le pregunté. Bueno, la cuestión es que al poquito tiempo nomás estaba desfilando pasando ropa de Chamacos, de Imagine y Angelo Paolo… y me pagaban con ropa, así que estaba rebueno el laburo. Tenía nada más que 17 y me venía re bien… ¿Estudios? No, la verdad que no, empecé el secundario pero no era lo mío, así que había que trabajar”, rememora.
Pablo jugaba al fútbol, un poco con los amigos del barrio, pero también tuvo un breve paso por General Belgrano, “en la cuarta. Era 9, y era rápido, bueno…”, dice sin sonrojarse. Como si no tuviera abuela (¿o no Pablito?).

Pablito, el boxeador.
Fue un boxeador que pudo haber llegado más lejos. “Un día fui a un festival con el ‘Toro’ Zalabardo, un amigo, y me gustó. Así que al poquito tiempo nomás ya estaba entrenando con Hugo Marinangelis, en un garaje donde Osvaldo Bustos (el zapatero de la Raúl B. Díaz casi Duval) tenía en su casa un gimnasio… Mi viejo me vio pelear, pero al principio me costó sacarles a Pablo y Beatriz (sus padres) el permiso porque era menor, e hizo su primera pelea (ver aparte)”.
Peleó con los mejores de su tiempo, como Raúl Bejarano -al que le ganó como aficionado y que luego sería campeón argentino, y muchas veces rival de nuestro ‘Indio’ Blanco-, con ‘Tiburón’ Campos en Uruguay… “Fuimos con Roberto Pedehontaá, y fue la primera vez que me subí a un avión”, sonríe con el recuerdo, del entrenador hoy fallecido, y de aquel momento.
Tuvo de entrenadores a Marinangelis, El Gordo Pedehontaá, Justino Heredia, y finalmente Juan Carlos Ceballos, pareja de Beatriz Caliba desde hace años: “Con Ceballos gané las 6 peleas que hice, y 5 de ellas por nocaut”, precisa.
Pablito se casó joven, “¡a los 19!”, y vinieron dos hijos, Brandon (19), “que le gusta la música, canta y estuvo en Pasión de sábado, y Luciana (13), estudiando”.

Lo que el boxeo le dejó.
Si algo tuvo de bueno fue que supo guardar lo que ganó con el boxeo: “Sí, pero siempre trabajando yo, con mis manos… me hice la casita en la calle Pilcomayo, algún salón y un par de departamentos que alquilo”. Pablo cuenta que le faltaban 9 mil pesos para “terminar la casa, y fue lo que gané en mi última pelea y ahí largué”. Se aclara que el monto es aproximado, porque a esta altura uno ni recuerda cuando valía la plata hace poco tiempo. ¿O sí?

El camino de la música.
El tema de la música, y “sobre todo del tango” estaba bien presente en Pablito. “Era algo que me gustaba, siempre, y en casa todos cantábamos. Por eso quería probar a ver si podía, y ahora estoy haciendo actuaciones… ¿qué te parece?”, hace una pregunta que él mismo se responde.
Lo encontré a Pablo Heick en un local de comidas de la avenida Spinetto, y allí actuaba, acompañado de su actual compañera, desde hace 3 años, Lorena Vico, quien también está incursionando por el camino del canto y, que de verdad, lo hace muy bien. “La conocí en General Pico, porque además ella trabajaba de moza… y bueno, acá estamos. Mi suegrita querida, Estela, que es maravillosa, confió en mí”, se ríe con ganas.
En esa presentación se muestra desenvuelto, conversa con el público, le hace conocer su pasado de boxeador y sus veleidades de artista… y canta, y sigue cantando. “Lo mío es el tango, pero también para estas ocasiones hago algo más comercial, como cuarteto, o alguna cosa para que la gente pueda bailar y divertirse”, admite.

Seré un triunfador.
Hizo su primera presentación en público en el Centro Municipal de Cultura, hace algunos meses, y está esperando que desde Cultura lo convoquen porque “me doy cuenta que esto lo que quiero hacer. Es mi gran pasión, la música… sí, más que el deporte, que también me enloquecía”, reconoce con entusiasmo. “Por eso me estoy preparando todos los días para mejorar, tomo clases de vocalización con Laura Paturlane, y voy a seguir con todo en esto”, se convence.
Se compró su propio equipo de audio, y micrófono en mano sigue actuando: “¡Vas a ver que lindo/cuando allá en la cancha/mis goles aplaudan;/seré un triunfador./Jugaré en la quinta/después en primera,/yo sé que me espera/
la consagración!”.
El tango alude a un pibe que se ilusionaba con llegar a primera, con ser un crack de la afición… Pablito lo adapta y reconoce que, su sueño del pibe era este otro: cantar, cantar tangos. En eso está. (MV)