Fuerte Quemado invita a conocer los vestigios de la arquitectura inca en el país

Ubicado en los Valles Calchaquíes, en el límite entre Catamarca y Tucumán, a 11 kilómetros de la localidad de Santa María, el sitio tiene una antigüedad superior a los 600 años y ocupa una superficie de un kilómetro cuadrado sobre el cerro Pintado, en la margen izquierda del río.
La superficie está amurallada en sus extremos sur y norte por paredes perimetrales de baja altura, junto a las cuales hay viviendas de planta rectangular subdivididas internamente y recintos circulares aislados.
El desarrollo de este sitio brinda la posibilidad de observar los vestigios de las Guerras Calchaquíes, un enfrentamiento entre la Confederación Diaguita y el Imperio Español, que motorizó la destrucción de las comunidades agro-pastoriles de los valles de los ríos Calchaquí, Santa María, Yokavil, Abaucán, Hualfín y Belén.
“Fuerte Quemado deja en claro que la principal actividad de sus antiguos habitantes fue la agro-pastoril, ya que existen grandes extensiones destinadas al cultivo y restos de obras como corrales, represas, acequias y silos de almacenamiento de granos”, explicó Esteban Villalba, guía de la Secretaría de Turismo de Santa María.
Los vestigios muestran restos de lo que fueron talleres para hilar lana fina de vicuña y para realizar tareas de metalurgia con oro y cobre, y también grandes espacios encerrados por muros de pircas que se destinaban a la agricultura.
Según el guía catamarqueño estas construcciones permiten suponer que los granos se almacenaban durante algún tiempo antes de ser llevados al corazón del Imperio Inca y que el lugar contaba con un gran número de habitantes, porque los espacios son muy grandes.
“Cuando los poblados se hicieron más grandes y complejos se llegaron a construir centros semi-urbanos ubicados en lugares estratégicos, generalmente en la parte alta o al pie de algún cerro, que en algunos casos constituyeron verdaderas aldeas fortificadas denominadas Pukarás”, agregó Villalba.

Canales y cuadros de cultivo.
El sitio arqueológico cuenta con obras de infraestructura como canales de riego, cuadros de cultivo, morteros dentro de estructuras circulares y un recinto que habría sido un taller metalúrgico, porque todavía tiene escorias con contenido de oro y cobre.
Las viviendas tenían forma de herradura, con una entrada que daba a recintos circulares construidos en mampostería de piedras canteadas, con vistas imponentes del río Santa María.
“El tipo de arquitectura denota una larga presencia humana en el sitio, que arrancaría con la Cultura San José, en los años 850 a 1450 antes de Cristo, pasando por la Santa María, Belén y otras”, consideró el guía.
El símbolo y la postal más conocida de estas ruinas es la llamada Ventanita o Intiwatana, un mirador ancestral indígena que está ubicado en lo alto de una loma a la que se accede tras recorrer, en alrededor de 45 minutos, todo el sitio arqueológico.
“Desde este sitio se puede observar todo el valle de Yokavil, toda la población de Fuerte Quemado y sus cultivos, el río Santa María y el resto de la zona montañosa”, destacó Villalba.
El recorrido de Fuerte Quemado se completa con una visita a la localidad del mismo nombre, la más antigua del departamento Santa María, que es un caserío ubicado casi sobre el límite entre Catamarca y Tucumán.
La característica saliente de este poblado de casi 500 habitantes es que sus casas, ubicadas a la vera de la ruta 40, están revocadas con adobe, tal como estaban revestidas hace más de 1.800 años.
El pueblo, además de poseer la construcción de adobe más antigua de la zona, que es una iglesia jesuita que data de 1879, tiene un museo arqueológico con ruinas aborígenes muy bien conservadas y un observatorio solar conocido como el Intihuatana.

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