Hasta el cuadril

La cuarta acepción de la palabra “papelón” según la Academia -“actuación deslucida o ridícula de alguien”-, tiene entre nosotros larga tradición de anécdotas y ejemplos que suelen trasmitirse de generación en generación.
Es que los papelones no reconocen rangos y pueden comprender desde el común a las altas jerarquías con el denominador de ser casi siempre risibles y remitir -aunque tardíamente -a la prudencia en el habla y las observaciones. Podría decirse, incluso, que el papelón casi siempre está muy cercano a lo que llamamos “metida de pata”, cuya exageración suele ser, en términos populares, “hasta el cuadril”. Algunos ejemplos de amplio espectro.
Allá por los años de mi primera infancia, cuando la relación vecinal era toda una institución a falta de mayores entretenimientos, solíamos visitar junto con mi abuela y mi madre a la señora Elena, una buenísima mujer que tenía un hijo de mi edad y cuyo esposo repartía soda en un carrito tirado por un caballo y que, esposa mediante, respondía al curioso apodo de “Chicuelo”. Recuerdo que estábamos junto a la ventana que daba al patio cuando una suerte de ruido profundo, gutural y resonante, inequívocamente biológico, repercutió en la habitación. Mi abuela hizo una observación de circunstancias:
-¡Qué tos tiene el caballo…!! -dijo
A lo que la señora Elena, con voz y gesto bondadoso corrigió:
-No, si es Chicuelo…

Recuerdo errado.
Todavía hacia finales de los años sesenta del pasado siglo el apellido Gálvez -hoy casi olvidado- era sinónimo de velocidad y triunfo. Eran dos hermanos, Oscar y Juan, que competían raudamente en el heroico Turismo de Carretera de aquellos años. Por entonces General Pico llegó a organizar dos carreras de esa especialidad (era la única ciudad en el país que lo hacía) y, claro, concurrían los Gálvez. En realidad solamente Oscar, ya que Juan había muerto un par de años antes por -vaya paradoja- negarse a usar cinturón de seguridad.
Previo a la carrera andaba Oscar recorriendo el pueblo con el seguimiento bobo de sus hinchas, cuando entró en un negocio que atendía un señor ya tocado la senilidad. Claro, éste no pudo menos que reconocerlo y manifestar su admiración, y para subrayarla le dijo:

-Oscar Gálvez… qué honor. Cómo anda usted? ¿Y Juan? ¿Cómo está Juan?
-La respuesta de Oscar Gálvez fue piadosa y cáustica:
-¿Juan? Debe estar frío ya…

Compañera de andanzas.
Pero ni aun los dicharacheros y prevenidos suelen estar libres del papelón y consiguiente metida de pata. En un pueblo lindante con nuestra provincia estaba -está todavía- un guapo mozo que atendía las mesas en los bailes. Cierta vez, mientras circulaba entre los bailarines, divisó a un conocido que bailaba con una señora ya madura pero todavía de buen ver, también conocida del susodicho. Irónico y simpático saludó al amigo:
-¿Qué hacés bailando con esta vieja loca? Si habremos salido juntos viejita, eh?
La respuesta fue demoledora y apresuró la huída:
-Es mi mamá…

Gallo.
Tampoco el ambiente cultural escapa a las generales del papelón. Décadas atrás en General Pico se presentaba Eduardo Falú, por entonces un joven e incipiente guitarrista que en su repertorio anticipaba al formidable movimiento folklórico posterior. La presentación del artista debía correr, claro, por cuenta de un miembro de la comisión municipal de cultura pero el hombre, ante una sala rebosante, ya que la guitarra siempre atrae, se había “afierrado”, para usar un término popular y preciso.
Salido al escenario esbozó una presentación de compromiso y ya iba llegando al final cuando, al aludir a Falú como “conocido autor de chacarreras, cuecas, zambas y gatos” al pronunciar la “a” de esta última palabra se le escapó un gallo colosal, atómico, que obviamente provocó la hilaridad de la sala.
El hombre era morocho pero el rojo de la cara se le advertía desde la última fila.

Fuente de luz.
Nadie más compuesto y educado que aquel profesor de física de nuestro lejano secundario. Amable, formal, algo tímido, solamente solía molestarse ante nuestra desatención juvenil. Aquel día -lo recuerdo perfectamente- el tema a explicar era “Energía y fuentes de luz”, y empezó por dibujar en el pizarrón una de éstas en forma esquemática. La casualidad (o el subconsciente decían las compañeras más pícaras) le jugó una mala pasada; el dibujo esbozó dos paréntesis unidos, con un núcleo que oficiaba de filamento y una serie de rayos que se desprendían de los bordes. Era, ni más ni menos, que una copia de los groseros esbozos del sexo femenino que manos anónimas solían dibujar en los tapiales.
Ante una clase mayoritariamente femenina las risitas acabaron trasformándose en carcajadas y al profesor sólo le quedó un balbuceo que nadie entendió.

Poemas y parejas.
A veces las metidas de pata son inducidas y para disfrute de unos pocos. Un par de años antes de fallecer un impensado bromista -adusto comerciante en la vida diaria- me confesó que, durante años y aún en la peor época de represión al pensamiento de izquierda (insospechado en él, por otra parte) había estado publicando en las páginas literarias de distintos periódicos poemas del líder comunista chino Mao Tse Tung, apenas cambiados en su forma. Obviamente, nadie los leía ni detectaba.
También los tiempos traen desubicaciones que acercan al papelón. Meses atrás un amigo que regresó de una temporada de estudios en España me contó que un compañero de curso lo invitó a cenar en su casa para, de paso, presentarle su pareja. Cumplido -y tradicional en sus concepciones- el hombre marchó aquella noche portando un ramo de flores. Que por cierto fue aceptado amablemente por la pareja del amigo… que resultó ser un fornido cargador del mercado madrileño.
Y otra también de España. Asistía mi amigo a un disímil intercambio de opiniones entre dos médicos sobre la forma de aplicar una técnica respiratoria. El intercambio pasó a discusión y la discusión a altercado ya que ninguno de los dos cedía un ápice.
En un momento dado uno de ellos, como carta de triunfo definitiva, dijo algo así como que “usted en su ignorancia supina seguramente desconoce lo que ha dicho al respecto una figura eminente en la materia, en cuyas afirmaciones yo me baso, que es el doctor Mengano, médico insigne.
El otro respiró hondo, esbozó una sonrisa, retornó a su seriedad y dijo:
Permítame presentarme: soy el doctor Mengano.

De altas jerarquías.
Pero nadie, en ningún nivel, está libre del papelón y/o la metida de pata. Eso quedó demostrado desde 2011, cuando el entonces candidato del PRI a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto, no pudo recordar el título de tres libros cualquiera que hubiera leído. El papelón se dio durante su participación en la Feria Internacional del Libro que organiza la Universidad de Guadalajara. Para más se agrandó esa misma noche cuando se puso en evidencia que Peña Nieto ostenta un título de Licenciado en Derecho que obtuvo en 1991 tras plagiar una tercera parte del contenido de su tesis profesional.
¿Pero es que acaso, en latitudes más cercanas, el ex presidente Menem -todo un protagonista de estas anécdotas- estando en el ejercicio del cargo no le erró a la provincia que visitaba ocasionalmente y se congratuló de estar en una vecina?
No hace mucho en la provincia del Chubut un diputado de Cambiemos se adjudicó una medalla en la materia: dijo que había aprobado una resolución “porque una mosca me hizo levantar la mano”. Lo completó cuando, al preguntar qué fue lo que había votado -una rebaja de sueldos y viáticos- se manifestó en desacuerdo y pidió que su voto se declarara nulo.
Se refirma: nadie está libre de esos errores. Quien esto escribe, en una lejana andanza juvenil por Bolivia y añorando argentinos desayunos pidió en un bar que le trajeran café con leche con pan y manteca. Cuando probó esta última sustancia le pareció espantosa, incomible e imposible de untar, y estuvo cercano al vómito. Junto con el ridículo se hizo la luz: por aquellas tierras manteca equivale a grasa animal y lo que debe solicitarse era “mantequilla”.
Las risas del entorno coronaron el papelón.
Faustino Rucaneu
Colaborador de Caldenia.