Juan Carlos Facio, el Colores más famoso

Mario Vega – El tiempo le pone bruma a la memoria, y el olvido suele ser destino de muchos que merecen el recuerdo. Juan Carlos Facio cambió con su juego el fútbol provincial. Hoy pocos saben qué hace, y dónde vive.
Mucha gente se pregunta qué fue de él… Unos pocos tienen la respuesta. Si este hombre no fue un personaje singular, qué otro…. Juan Carlos Facio (69) se llama. Todos le decían “Colores”. Porteño hasta la médula, pampeano por adopción, perdura en el recuerdo de los viejos futboleros.
“Facio, el color del fútbol”, titulé una nota allá por 1992, cuando LA ARENA hizo un suplemento especial por los 100 años de Santa Rosa -me parece que de los mejores que editó este diario- y mostraba, entre muchos otros temas, notas de deportistas y sus evocaciones.
Después, el paso del tiempo, que todo lo va tornando más difuso, más borroso, más vago, hizo que muchos se olvidaran de aquel “Colores” que regara con su talento inmenso las canchas de nuestra provincia. Aunque en alguna charla de aficionados un poco más veteranos surgirá siempre su nombre, como un emblema del fútbol que fue y que nunca volverá.

Otros tiempos, distintos.
A veces los cronistas más jóvenes nos suelen preguntar a los más experimentados cómo era el fútbol que ellos no alcanzaron a ver; desde los tiempos de aquel All Boys de tantos regionales de fines de los ’60 principios de los ’80, y la cabalgata triunfal de Atlético Santa Rosa en 1982 -y Ferro de Pico un año más tarde-, cuando a los estadios iban multitudes que convocaban más de 6 ó 7 mil almas; concurrencia que llegaba a la decena de miles en jornadas excepcionales de la Copa Argentina, o el campeonato Nacional. Hoy en día la tevé saturó de fútbol, y cuando se juntan un millar de espectadores se dice que hubo una multitud en un estadio. Por eso, aquellos que no lo vieron se lo perdieron, aunque naturalmente los más pichones tienen al alcance de la mano otras expectativas, y otras posibilidades. Es verdad.

Visita a “Colores”.
Hace mucho tenía ganas de verlo, de saber cómo está -como tanta otra gente que lo conoció y lo trató-, y también de contárselo a quienes quieran saber. El sábado anterior tomé el auto y me fui a Eduardo Castex -mi querido pueblo natal, que tengo tan olvidado en cuanto a visitas-, y le pedí a “Chelo” Urtiaga (periodista de los buenos, y corresponsal allí de La Arena) que hiciera el contacto. “Está duro, porque la esposa no quiere saber nada”, me dijo de entrada… y al rato me puso al teléfono con Alicia Re: “No, nada de notas… ya le dijimos a ‘Chelo’ que no, así que no insistan”.
Una de las peores cosas de un periodista es quedarse con la primera negativa, y no era la cuestión. “Señora, vine expresamente para verlo… no va a haber ni grabadores, ni lápiz, ni papel. Deme al menos 5 minutos para saludar a ‘Colores’… nada más que eso”, le dije. La voz de Alicia volvió a sonar áspera: “Yo estoy limpiando la casa, haga lo que quiera…”, contestó.
No había terminado de cortar la comunicación que ahí estábamos con Urtiaga: en el barrio Calandri, en una coqueta casita de barrio (n° 26) que la pareja tiene en Eduardo Castex. Remozada, bien cuidada, hoy se parece poco a las viviendas que entrega el Ipav, porque “los Facio” -espero que la brava Alicia no se enoje por esta expresión- se ocuparon de dejarla verdaderamente linda.

¿Cómo jugaba, qué hizo?
Describíamos allá por 1992 en estas mismas páginas, hablando sobre Juan Carlos Facio:
Quizás sin darse cuenta fue un hito, el quiebre de una historia futbolera, fue el antes y el después, la síntesis de un cambio profundo, trascendente, único. Quizás sin darse cuenta…
Llegó con sus apenas 23 años a cuesta para colocarse sobre el pecho la
casaca azul y amarilla -aquellas de rayas finitas-; la tradicional de tantas tardes. Con el pelo rubio al viento, con el trotecito cansino pero inalcanzable, con sus piernas chuecas y con su talento enorme circulando por todos los sectores de la cancha. Llegó un día cualquiera a probarse, y en tres toques sutiles y una bolea que se clavó en un ángulo del arco que da al norte en la cancha de All Boys,
nos fascinó a todos. Juan Carlos Facio… “Colores”, de ahí en más y
para siempre.
Eran tiempos de los primeros regionales, allá por 1967, cuando Ramón
Turnes y compañía traían jugadores para llegar al Torneo Nacional.
Pasaron muchos, pero cuando llegó “Colores” llegó el fútbol, ese que los
pampeanos no conocíamos en tamaña dimensión, en aquellas épocas que la
televisión no tenía la preponderancia de estos días.
“Colores”, el que hacía fácil lo difícil, el que con un toque sutil y certero simplificaba todo, el que levantaba la pelota al borde del área para clavarla allá lejos del arquero, el del hombre que trabajando como un émbolo constante jugaba y hacía jugar.
A cancha llena.
Fue una época sin igual, una década jalonada de triunfos -muchos-, y algunos fracasos, cuando All Boys era La Pampa en ese marco de tribunas prietas, en ese rumoreo que llenaba todas las canchas, en esa devoción por seguir el equipo a todas partes: Buenos Aires, Mendoza, San Juan, Neuquén… y a todos los estadios donde los llevaran esas tardes “regionales”.
¿Cómo jugaba Juan Carlos Facio? Era simplemente el fútbol en su expresión más pura, el que monopolizaba el ritmo de su equipo, el que proponía el toque para alcanzar el máximo objetivo del gol, el que acariciaba la pelota en cada pase para ponerla en los pies de un compañero, el que no necesitaba gambetear para desairar a un adversario, el que era capaz de chanflearla como nadie para colocarla en el ángulo imposible, el que tiraba el centro perfecto para el “malón” que llegaba de atropellada al área rival mientras el arquero veía que ese balón se abría y se hacía inalcanzable a su salida.

Aquellos regionales.
Era un personaje que con su porteñismo y sus anécdotas provocaba la
carcajada general; el que llegó a Santa Rosa y se ganó a todos. Fueron tiempos gloriosos, de campeonatos locales e intervenciones apasionantes en torneos regionales. Los tiempos de Elías Galant, Aldo Bafundo, “El Barba” Rechimont, Edilio Zabala, “El Nene” Blanco, Juan Carlos Orrego -que fue quien propició su llegada a La Pampa-, “El Gato” Villalba, “Pity” Kraemer, “El Negro” Cejas, “Pelusa” Santos, Cacho Ledesma, y tantos otros que jugaron con la azul y oro sobre el pecho.Tiempos en que All Boys se floreaba en la cancha con un fútbol casi lujoso, de toque, de pelota bien tratada, de triunfos construidos siempre de la mano de “Colores”.
Alguna vez San Lorenzo de Mar del Plata, Desamparados de San Juan o San Martín de Mendoza frustraron el inminente sueño de llegar a un torneo Nacional.

El fútbol profesional.
“Me vine de Buenos Aires después de haber jugado en Rácing de Avellaneda unos pocos partidos; después pasé a San Lorenzo”, contó el propio Facio. Compartió planteles con Alfio Basile, Alfredo Perfumo Agustín Mario Cejas… pero su etapa de gloria sería en el viejo Gasómetro de Avenida La Plata, junto al Bambino Veira -su gran amigo-, El Loco Doval, Rafael Albretch, El Lobo Fischer, El Nano Areán, y tantos… su tarde más impactante sería aquella vez que con un golazo a su estilo -bolea alta al ángulo- batió al gran Amadeo Carrizo, para que el Ciclón le ganara al Ríver que desesperaba por un campeonato. “Cuando iba a empezar el segundo tiempo Amadeo me acarició la cabeza y casi me desmayo”, exageró, fiel a su estilo…
Después vendrían otros grandes partidos contra el Boca de Roma, Marzolini y Rattín, entre otros; más tarde un paso por Banfield, y la oportunidad que desecharía de ir a jugar a Medellín, Colombia, por mucha plata: “Pero le tenía miedo…”, y hace una seña con su mano derecha simulando un avión. Juan Carlos Orrego -entonces su cuñado- lo llamó porque en La Pampa querían “hacer un gran equipo”, y se vino. Sería para siempre.
Brilló con su fútbol en All Boys, los seleccionados de la Liga Cultural -que llegaron a definir la Copa Beccar Varela en Mendoza-, un paso brevísimo por Atlético Santa Rosa, después Rácing y Estudiantil de Castex.

Viviendo en Castex.
Tuvo en Santa Rosa un primer matrimonio, del que nacerían sus hijas Flavia y Carolina -“Colores” tiene tres nietos-; y años más tarde en la capital del trigo conocería a Alicia Ré. “Creo que fue en un boliche, y desde entonces estamos juntos”, revela ella.
Después que el fútbol pasó, luego de un breve camino como entrenador de inferiores, debió adaptarse a otra vida. Llegaron algunos problemas de salud, y la hipertensión le habría de jugar una mala pasada -en realidad más de una-, y los cuadros de ACV (accidente cerebrovascular) lo colocarían en una situación difícil. Vino el natural proceso de rehabilitación, y la necesidad de cuidarse -aún de las emociones-, y por eso Alicia está presta a atenderlo y preservarlo de momentos que pudieran afectarlo. Pero más allá de eso, en este breve encuentro, me dio la impresión de que en el fondo vive el “Colores” auténtico, el de la broma fácil, el del gesto exagerado que aún sus manos inquietas le permiten, el que expondrá todo el tiempo esa candidez que lo mostró siempre como un chico grande y absolutamente querible.

“Colores”: Yogur de banana…
Muy pocos de los que lo conocieron, y llegaron incluso a admirarlo, saben hoy de su vida, qué hace y dónde está… Hace poquitos días Pity Kraemer, indudablemente su compadre futbolístico (como olvidar aquella doble pared entre ambos, que terminaría con un golazo en la red del “Loco” Gatti, ante Gimnasia en cancha de Belgrano), me contó que tenía pensado ir a visitarlo: “Con Pelusa Santos estamos viendo de ir en estos días”, me dijo; y también “El Negro” Cejas ha dicho que en cualquier momento se llegará a Castex para saludarlo.
“Si vienen que vengan de tarde, que estoy yo”, dice entre severa y divertida Alicia, pero sin dejar lugar a dudas que su intención es cuidar a “Colores”. Él mismo se ríe de tantos cuidados: “¿Sabés una cosa? ‘Colores’ ahora nada de Casino… nada de whisky, nada de cerveza… ¿’Colores’? Yogur de banana… de verdad: yogur de banana…”, me mira, hace el gesto de tomar y se ríe con ganas.
Me alegré de verlo, y creo que él también pasó un buen rato recordando viejos y buenos tiempos.
Juan Carlos Facio, el que vivirá por siempre en la piel y el alma de los viejos futboleros: “Colores” Facio, o el color del fútbol….

“Colores”, un querido personaje.
Había escuchado decir que no andaba bien, que había sufrido más de un ACV, y que su situación era complicada. Pero de verdad lo encontré mejor de lo que esperaba, considerando aquellos antecedentes… aún con resabios de alguna dificultad en el habla, con escasa movilidad en sus piernas, conserva la lucidez y picardía que eran marca registrada de su personalidad.
Mantiene esas salidas que arrancan las carcajadas de cualquier interlocutor… y de esas tuvo varias en la hora que pasamos por su casa.
Nos esperaba: pantalón claro, camisa celeste; y el pelo rubio-rojizo pero más claro encanecido sobre su frente… El abrazo, el beso -característico de “Colores”-, y alguna lágrima que apenas podía disimular.
Alicia, su esposa, mira todo como firme cancerbera -como cuando debía soportar la marca pegajosa de un defensor-, e interviene cada vez que “Colores” amaga emocionarse…y le pasa a cada rato. Si bien siempre tuvo esa sensibilidad que, a veces, su condición de simpático atorrante ayudaba a disimular.

El “Colores” de Buenos Aires.
Alguna vez contó sobre sus años mozos: “¡Mama mía!… tremendas. Salíamos el Bambino (Veira), Coco (Basile) y Ringo (Bonavena). Buenos Aires no era el quilombo de hoy, que te pisan, te empujan. Tiempos de milonga, café y noches largas…”, rememoró en Radio “Don” de Eduardo Castex. “Cuando había un problema lo mandábamos a Ringo… Era un fenómeno, hincha de Huracán, y tenía un corazón enorme”, describió.
“Colores” en otro tiempo recorría las calles castenses, con su verba pintoresca, y en sus charlas interminables diferenciaba a los jugadores entre “fenómenos” o “mondongueros”. Sin términos medios.
Sigue gesticulando mientras habla, mueve sus manos, se agarra la cabeza, se muerde los labios, y hace muecas que acompañan sus típicas expresiones.

El entrenador.
A principios de los ’90 entrenaba chicos en Rácing de Castex, y era frecuente verlo sacar plata del bolsillo para comprar un par zapatillas, o llegar a la cancha con caramelos, porque sabía que algún chico había llegado sin merendar. Desafiaba a los pibes a hacer “jueguito” y la pelota no se le caía nunca; o dejaba “tirados” a los arqueros con su pegada prodigiosa en un peloteo: “Va allá”,”a la otra punta”, decía, y el balón iba donde él quería.

Lágrimas de alegría.
Ahora, en la etapa del sosiego, tiene la suerte de tener a su lado a Alicia, una gran mujer que lo cuida, y que cuando hace falta le pone los límites. Y disfruta de Fiorella (27), la hija en común que ahora vive en Córdoba: “es trabajadora social, y hace tres años, en septiembre fuimos cuando rindió la última materia; y volvimos en noviembre cuando se hizo la colación de grados”, indica Alicia, mostrando las fotos de esos momentos. Por supuesto, esos dos días, “Colores” volvió a llorar, de emoción y de alegría… y esa vez ni Alicia pudo impedirlo.

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