Juegos de la memoria

En un artículo sobre la llegada a las librerías de la poesía completa de Rodolfo Fogwill, Luis Chitarroni (Ñ. Revista de Cultura, Buenos Aires, miércoles 9 de noviembre de 2016) recuerda que el autor solía sostener que “Todo libro, y todo libro de poemas, es edición de autor…”.
Como resulta evidente, se trata de una observación de carácter simbólico y que, por lo tanto, puede interpretarse de diversas maneras. Pero la afirmación bien sirve como prólogo a la reedición de estas Imágenes de Dora Battiston (Santa Rosa, Fondo Editorial Pampeano, 2016).
Basta observar el collage de fotos de antiguas fotografías de familia para imaginar a la autora revisando algún viejo álbum o una caja de zapatos de cartón, sacándoles el polvo una por una con una franela, alejando cada una de ellas para que los ojos puedan capturarlas en toda su intensidad y ponerlas en movimiento hacia atrás en el tiempo. La madre y el padre jóvenes, los tíos que se acaban de casar… Por supuesto que el sentimiento es el de la pérdida, pero no se trata únicamente de dolor de aquello que se ha perdido, porque quien mira, al mirar vuelve ella misma a ser un poco aquella nena que juega curiosa. Por eso en las imágenes se asoman también las muñecas de porcelana, las flores, los collares y los bordados. Puro juego de poesía de autor.
Como subraya Juan Ricardo Nervi en el prólogo, esta vuelta atrás no refiere sólo a un paseo autobiográfico por la memoria, se trata también del regreso al momento de fundación de un pueblo que tiene nombre y apellido: Realicó, uno más de “los pueblos de La Pampa campesina”.
Los recuerdos toman entonces la forma del lápiz que vuelve al papel en blanco con el trazo grueso, el dibujo apenas boceteado como el de aquel que va recuperando la imagen de a poco, a tientas, como para que no se le escape:
Entre polvo y raíces
en la siesta
cuando volvían a surgir los mundos
encendidos
y todo era principio
pero también continuidad de algo
Hay en ese movimiento, del recuerdo y de la escritura, una suerte de eterno retorno al origen, inicio permanente del pensar y del decir.
Según cuenta la autora en la contratapa: “Es la ‘memoria del pueblo’, fragmentada en esos cartones y reconstruida apenas, valiéndose de aquellos materiales que residen más en la pregunta que en la certeza…”. Como se sabe, la poesía, forma intensificada de la lengua, rehúye la afirmación definitiva. “Son apenas signos…”, sostiene Nervi en la introducción a la edición original de 1987.
Nervi enfatiza también, como virtudes de estilo, el “lenguaje poético sobrio”, la “adjetivación precisa, sin concesiones a la sensiblería”, el “sugestivo léxico”, todos ellos datos que iluminan también las fuentes poéticas de las cuales Battiston se nutre, y que son los de la cultura clásica. Así, la “memoria del pueblo” encuentra su inspiración en las églogas de Virgilio, los versos de Catulo y de Safo. Eso allá, cuando la “cultura campesina” nacía por vez primera, la memoria larga.
La memoria corta hilvana al mencionado Nervi, a Juan Carlos Bustriazo Ortiz (“rojo génesis”), Edgar Morisoli:
ya que aquí, entre nosotros,
solo hay menguado cielo
donde somos eclipse.

No es el mismo libro.
-A 29 años de la primera edición, pido tus impresiones actuales ante este nuevo texto, ante el mismo prólogo de Nervi.
Dora Battiston: -Claramente, el libro es otro. Ya tuve esa impresión al corregir las pruebas. Los mismos poemas pero con distinta resonancia, los versos idénticos, pero aludiendo a otra representación sensible de aquel mundo original y extrañado hasta la obsesión de las fotografías, hasta la reiteración incisiva y en diversa escala del relato familiar. Una distancia, voces que ya no están. La reminiscencia del ’87: Nervi en la Universidad, hablando de Imágenes. Blanco y negro. Guri en Realicó, leyendo los poemas, y la mujer que se me acercó para decirme que había estado en el momento en que yo nacía y despertó cierto sonido cósmico que fue de lágrima incontenible. Todo lejos ahora. El libro me mira desde su presente y parece un objeto sin historia, se escribió de nuevo y andará por su camino.
-Haber pasado de tres fotografías de la primera edición a los collages de esta ¿por qué?, ¿acaso para reactualizar el sentido del poemario, resaltar lo fragmentario, hacerlo menos ‘histórico’?
-Sí, seguramente, es así pero no lo decidí de ese modo. Pensé que podía incluir no ya las fotografías que Carlos Rodrigo me había cedido aquella vez, y pasar a las del archivo familiar, de donde surgió la materia real de Imágenes, al menos en su primera parte. Además, mi hija Laura hacía tiempo que quería dar su interpretación ilustrada de esos poemas que formaron parte de su infancia y también de la mía, en algún circuito de la mímesis, claro, y así se incluyeron esas láminas, que dan un tono contemporáneo a la mirada de los ochenta, a las vicisitudes de los ochenta y a su catarsis poética, porque eso fue en cierto modo este libro.
(Laura Jáquez figura como la autora de las cinco “escanografías” que se intercalan en el libro).
-Cuando volvés a pensar en “Realicó”, aldea gringa con nombre indígena, ¿todavía la imagen es fantasmal, nostálgica?; ¿todavía es motivo poético?
-Sí, claro, lo será siempre en el sentido en que operan la infancia y los arquetipos míticos durante toda la vida. Es Rosebud, es la colina de Pavese, la dacha de Tarkovsky. Ahora la nostalgia tal vez se llame de otro modo, pero ese vínculo intemporal con el lugar sigue intacto, y sus grandes misterios, como los muebles de la sala cubiertos de fundas blancas, los tamariscos rodeando la casa y “el ruido de los trenes dividiendo la noche” residen en la base de todo gesto literario, aunque se hable de otra cosa. No nombro nunca a Realicó en mi escritura. Se define por otros rasgos, no puede quedar encerrado en una toponimia, su sustancia es universal, su misterio no reconoce otros nombres que los de los seres que habitaron el paraíso perdido, porque esos nombres fueron definitivos para lo que yo he sido y soy.
Entre 2012 y 2014 hice una serie de viajes a la comarca, que ahora ha adquirido cierta urbanidad dinámica y hermosa. Y sin embargo pude andar sendas del pasado, reconocer sitios, volver al Molino, andar con la cámara en busca de rincones que todavía guardaran algo de mi breve pasado y de la historia familiar, recorrer muchas veces la estación, ver la ruina de lo que fue el Restaurant Martino y la gran casa en que nací, conversar con mi prima María y con Gladys Sago acerca de aquellos años que guardaron nuestra imagen en una misma racha temporal. Digamos que recuperé parte de lo que habita en las fotografías y que fue una experiencia interesante, que agregó intensidad y fundó otros textos.

Daniel Pellegrino* – Jorge Warley*
* Docentes de Letras, UNLPam