La ciudad como imagen

Sergio De Matteo* – Pensar la ciudad desde el campo literario al cumplirse su 125° aniversario es un desafío interesante, por la cantidad de textos que la abordan y desbordan. La idea de esta serie de artículos es aproximar lecturas y escrituras de los autores que la fundan, la resignifican y la convierten en metáfora.
La idea es mostrar cómo surge y se revalida esa Santa Rosa que se compone y expande sobre imágenes, personajes, anécdotas, monumentos y bibliotecas.
Toda ciudad cabalga dentro del tiempo, despliega su imaginario e inventa su simbología. Es un palimpsesto. Un diseño que muta y va transformando su cuadra mítica e inaugural. Poeta, escritores e investigadores testimonian a través de las obras publicadas ese pasado, desandan los archivos para encender la memoria y vislumbrar el futuro. Por eso el crítico literario Noé Jitrik apunta que “…se puede hablar de ciudades aparentes y ocultas, de ciudades museo, de ciudades industriales, de ciudades éticas, de probables ciudades tecnológicas, de ciudades como textos, de ciudades como obras de arte”. (“Voces de ciudad”. Revista SYC, Nº 5, Buenos Aires, mayo 1994, pp. 7-8.)
Hay ciudades que se identifican por una imagen. Tanto sus diseñadores, como propagandistas y creativos han bosquejado una estrategia semiótica con dicho objetivo (correlacionado con el poder político). Es decir, lograron sintetizar en una identidad su paisaje particular (sea natural o urbano), lo que les permite Ser y Estar dentro de lo existente y lo que ha construido el hombre.
Pero la reducción de la ciudad a una figura -efectiva en el campo publicitario- sacrifica su multiplicidad caleidoscópica para fundar ese centro significativo, ese núcleo que la constituye, la justifica y le da anclaje espacial. Aunque se debe reconocer, la ciudad es una totalidad esparcida y en plena diseminación, por lo tanto es imposible contenerla en un sólo y único signo.
En el valioso Libro del Centenario los investigadores Hugo Gaggiotti y Silvia Crochetti refieren que “la ciudad no tiene uno y sólo significado. Esto sucede porque la ciudad es una construcción ideal y, como tal, está sujeta a las percepciones particulares de los individuos”; es decir, la definición discursiva de la ciudad pivotea entre lo individual y lo colectivo, por eso añaden: “cada grupo constituye su discurso sobre la ciudad, estos discursos, que pueden formalizarse o no, y que son en realidad una resemantización del término ciudad y de los otros términos que componen su área semántica, son instrumentos de la interacción, de la transacción y de la competencia entre los diversos grupos del cuerpo social urbano”. (“Vecindad, política y decisión sobre lo urbano Santa Rosa, La Pampa (Argentina) 1920-1930”; en Libro del Centenario. Santa Rosa 1892-1992. Santa Rosa: Municipalidad de Santa Rosa, 1992, p. 15.2).

Palimpsesto.
Aparte de los estudios científicos, es el arte -y por sobre todo la literatura y el cine- el que posee la capacidad de plantear y delinear una imagen policéntrica de la ciudad, una representación de las distintas aristas, rizomas y pliegues que la proyectan espacialmente. Aún así, más allá de las metáforas que la puedan contener, es siempre un palimpsesto, una matriz que se renueva y reconfigura constantemente, porque la ciudad deviene siempre otra ciudad (aunque resguarde su patrimonio). Un prototipo concreto es la Catedral.
“La ciudad no siempre fue, no siempre será, tal vez ya no sea”, refiere Jean-Luc Nancy al comienzo de su libro La ciudad a lo lejos. Un punto de vista que marca o traza una perspectiva de tránsito, movimiento y trayectoria. El espíritu (spleen, sensorium) de toda ciudad oscila entre la exploración diaria, donde se va cargando de sentido, y también en la recreación de su simbolismo. Aunque parezca inmutable su estructura topográfica, si se hiciera un recorrido diacrónico tendrá variaciones, será distinta cada vez que se la piense o se la pretenda capturar en una instantánea. Porque la ciudad se rearticula en su potencia de espacio, de expansión y yuxtaposición. “La ciudad-concepto, es lugar de transformaciones y apropiaciones…”, señala Michel De Certeau. Su temperamento antropofágico es constante. Siempre en tensión y en proceso de incesante mutación.

Progreso.
El concepto de ciudad ha cambiado año a año. La ciudad no es una agrupación desordenada de casas. Es un organismo que obedece a leyes vitales, como el cuerpo humano. ¿Se puede concebir una ciudad sin agua, sin alcantarillas, sin luz, sin parques, sin medios de transporte, sin teléfonos, sin fibra óptica? El urbanista Ricardo Olano sentencia que “una ciudad que no se planea no puede progresar”.
La ciudad surge como diseño. Adopta y adapta (adapta y adopta) un territorio. Siempre habrá un fundamento para su fundación. Un accidente geográfico, un hecho histórico, un interés político, la visión de un hombre. Tiene determinada génesis y una razón de ser. Su trayectoria se debe a la acumulación de bienes arquitectónicos y simbólicos; a los sucesos que la trascienden y la relacionan con otras ciudades, con otras construcciones socioculturales.
La ciudad se expresa desde la estructura socializada por los pobladores. Se entrecruza tanto lo público como lo privado, lo real como lo fantástico. La literatura impone una reinvención de la ciudad que la realidad le propone y puede hablarla. En ese sentido, el escritor y periodista Juan Carlos Pumilla en su libro El ciudadano (1992) intertextua a Italo Calvino: “La ciudad […] no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones…”.

Ciudad-concepto.
Esta descripción da la idea de ciudad transitada, de ciudad utilizada, donde hay una interrelación entre los vecinos y sus espacios, por donde la comunidad circula. Y lo que se convierte en texto tiene una íntima relación con el afuera, con el exterior. Es esa atmósfera particular la que los escritores, poetas y ensayistas tratan de atisbar para poder trasladarla, por medio del lenguaje, a una obra literaria. El objetivo es dar testimonio. Testimoniar y hacer la historia del lugar.
Entonces se tiene la ciudad-concepto, la ciudad-diseñada, la que existe en el plano de la realidad; pero también se manifiesta la ciudad imaginaria, la ciudad-palimpsesto, la ciudad que se desglosa en los libros. Manifiesta Rosalba Cambra: “Pero las ciudades también se fundan dentro de los libros. Y a veces de ellos, emergen literalmente sus ruinas […] porque no sólo de canteras, aserraderos, fundiciones, viene el material con que se levantan las ciudades, sino también de los archivos del imaginario”. (“La ciudad en el discurso literario”, SYC, N° 5, Buenos Aires, mayo 1994, pp. 19-20).
Por eso es capital el trabajo No te olvides de Serafín. Aportes metodológicos para el diseño de una Historia Regional, mediante la recuperación de la memoria colectiva, de Ana María Lassalle y Julio Alejandro Colombatto, para comprender el proceso de la ciudad de Santa Rosa. Donde infieren: “Se trata de un primer volumen dirigido a nuestros coetáneos -y entre ellos se entremezclan nuestros antepasados- a la ciudad de hoy y a la de ayer que aún se afana en los portales, en los molinos, las veletas y los tamariscos […] Se sostiene en la creencia de la continuidad del tiempo, que no distingue barreras entre el pasado, el presente y el futuro. Concibe el espacio histórico no sólo como un escenario, sino también como una construcción del hombre…”.
Se halla en esa concepción una especie de continuum por donde fluye la ciudad con sus variaciones, que va siendo cargada de sentido por los hombres que la habitan, que la historizan. Por eso ha dicho Manuel Castells: “las ciudades no están en la historia, ellas son historia”.
*Escritor.