La escritora dejó atrás a la deportista

Mario Vega – Insondables misterios de la vida: por qué las cosas son a veces como son…. ¿Por qué? No lo sabremos nunca. Valentina Nicanoff tenía destino de deportista olímpica, pero un día todo cambió para ella.
Valentina era una chiquilina rubia que magnetizaba la atención de los aficionados al deporte -cualquiera del que se tratara-, porque era referencia obligada del periodismo especializado local. Era la proyección de la campeona que parecía no tener límites. La judoca que podía alcanzar predicamento internacional y que, casi, no tenía techo. Pero un día, de golpe, de repente, salió del firmamento deportivo y ya casi el gran público no supo más de ella.
La pequeña que se aferró al tatami desde que tenía nada más que 8 años y llegó en poco tiempo a convertirse en doble campeona panamericana, obligaba a pensar que podía llegar aún mucho más alto. Pero un día, de un momento para otro, algo cambió.
Valentina es Nicanoff, y vaya si tiene un apellido de peso en la historia social y, también, y quizás, sobre todo, deportiva de la ciudad. Hija de Ana Beláustegui -muy buena jugadora de vóley, oriunda de General Acha-, y de León Alexis “Yuri” Nicanoff, en su momento uno de los mejores deportistas de la provincia -único ganador de dos Caldén de Plata en un mismo año (básquet y natación)-, es sobrina de Tamara y Soraya, destacadas en natación. Y además, por si fuera poco, su hermano menor, León (24), apareció como un talentoso basquetbolista, con pasos por la liga Nacional, aunque las lesiones prematuras lo alejaron de la alta competencia. Entonces, en ese entorno, criada en el Club Estudiantes, no podía ser de otra manera.

Un encuentro en Buenos Aires.
Valentina también fue una notable deportista, y junto a Paula Pareto eran las grandes esperanzas del judo nacional de cara a los Juegos Olímpicos.
En ese contexto cómo imaginar para Valentina un destino distinto que el del deporte, el de las medallas colgando de su cuello, y la felicidad desbordando en su sonrisa.
Pero no… no fue así.
El deporte, la alta competencia la esclavizaron. Sí, fue eso sin que casi pudiera darse cuenta. Cuidarse en las comidas, el gimnasio, los entrenamientos… sorprenderse un día a las 2 de la mañana haciendo abdominales en su habitación porque estaba desvelada… ¿Una locura? Algo así.
Fue su hermano León el que, al preguntarle qué era de la vida de Valentina me dijo: “Hoy vive en Buenos Aires. ¿Sabés que escribe y ya editó tres libros? Está alejada del judo la Flaca… está bien. ¿Por qué no le hacés una nota?”, sugirió.
Tuve que viajar la semana anterior a Capital Federal y la ocasión fue propicia. Las 5 de la tarde de un sábado en Buenos Aires, la llovizna que cae y torna gris la calle Corrientes y su entorno, y el café que humea en las tasas. Es media tarde y Valentina tiene hambre… Conversa, al principio un poco tímida -me parece que así fue siempre-, pero después entra en confianza y se va soltando.

Familia de deportistas.
“Sí, es verdad, en mi casa todos eran deportistas, y yo de chiquita hacía de todo: natación, vóley, tenis, gimnasia artística y también me prendía al fútbol con los chicos del barrio”, se ríe con ganas. La Escuela 25, la primaria donde fue abanderada, y el secundario en la Normal, pese a que “no estudiaba demasiado. Me las rebuscaba…”, admite.
Luego hace un breve repaso y recuerda a algunos de sus “profes” de distintas disciplinas, y entre ellos menciona a María Elena (Evangelista) en vóley; y Sergio Soporsky, naturalmente a Eduardo Filgueira Lima, que inició a tantos judocas en nuestra provincia; y también a Diego Figueroa, quizás con quien más entrenó.
Y el deporte, siempre el deporte. Para ese entonces ya se había enamorado del judo: “Un día, tenía 8 años, vi una práctica y le dije a mi papá que eso era lo que quería hacer… y no paré más”. Vinieron los torneos ganados, los títulos de campeona argentina, los dos panamericanos, los dos Caldén de Plata como premio a su talento… Y todo lo que conocimos de esa Valentina Nicanoff que ya empezaba a ser un símbolo del deporte provincial…
Hasta que pasó lo que pasó… “Fueron momentos, oscuros, tormentosos, turbulentos”, los define a la distancia. Y sigue comiendo… sí, Valentina tiene hambre.

¿El deporte es salud? Según cómo…
La charla se distiende y discurre sobre lo que quedó atrás, y también sobre lo que está haciendo hoy. Y en algún momento se suelta de tal forma Valentina que cuenta, con frases cortas, dejando entrever algunos aspectos de su vida. Y me dice que fue “más o menos a los 15” que algo sucedió.
“Empecé a sentir que no era feliz, me sentía como encerrada, como que alguien diseñaba mi vida… me sentía medio un títere dependiendo de la situación. Te lo resumo: era un alma infeliz dentro de una casaca de judo”. Y se queda callada, como para que yo haga mi propia evaluación.
Y dice algo más que me deja pensando: “¿Sabés?, cuando dicen el deporte es salud es como para dudar… te diría que es todo lo opuesto a la salud. Sobre todo cuando se trata de alta competencia, donde tenés obligaciones, los entrenamientos, la dieta. Te tornás autoexigente, y eso no es bueno”, define.
Fue a los 15 que tuvo su momento de inflexión, y llegaron las dudas que nos asaltan a todos en algún momento de la vida, y la decisión de mudarse a Buenos Aires.

Las mil caras de Buenos Aires.
Después resolvió alejarse del deporte y quedarse en esa ciudad donde la sensación de anonimato, de invisibilidad, la hacía sentir más cómoda: “Hoy puedo decir que amo Buenos Aires, la calle Corrientes, esta sensación de poder caminar sin que a nadie le interese lo que pienso, y lo que hago”.
Y es verdad. Si algo tiene ese monstruo de ciudad es eso de invisibilizarnos, de tornarnos anónimos; aunque habrá que admitir que no es sólo para sentir que nadie nos mira para criticarnos o reprocharnos. También se dan circunstancias en que ese gigante nos muestra su cara hostil, al caer en la cuenta que no se tiene cerca la mano amiga a la que se puede acudir. Y se lo digo.
Pero Valentina está convencida: “Insisto: amo Buenos Aires… a La Pampa voy de vez en cuando, a visitar a mi abuela. No me trae buenos recuerdos, forma parte de momentos en que no era feliz, y era cuando me dedicaba al judo”, rememora.

Su vida hoy. La escritura.
Pero más allá que Buenos Aires la haga sentirse libre me parece que le queda -en el fondo de su alma- un lugarcito para el deporte que abrazó desde pequeña: “Sí, a veces le digo a mi familia que alguna vez voy a volver a practicar. En forma recreativa, para pasarla bien, pero nunca más para competir”. Hoy hace un poco de bicicleta, algo de spining, y se dedica a lo que, asegura, le cambió la vida: “escribo. Me quiero dedicar a escribir, y en eso estoy”.
Trabaja en la administración del Teatro Cervantes -donde también lo hace su mamá, Ana-, y como entra después de mediodía aprovecha las noches para quedarse hasta muy tarde. “A veces son las 4 ó 5 de la mañana, y ahí me voy a dormir, después de haber leído, o escrito algo”.
Se ha convertido en una lectora infatigable, y todo la nutre. Entre ellos también la obra de algunos pampeanos, como Edgar Morisoli, Olga Orozco, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, “y me parece un grosso Miguel de la Cruz”, los menciona uno a uno.
En pocos días más, en el Bar “El Membrillo” alumbrará su tercer libro, “Animal sediento”, y eso, por supuesto, la mantiene inquieta.

Feliz en Buenos Aires.
“¿Sabés? Hoy soy feliz… sí, estoy enamorada, y soy feliz”, confiesa. Lejos de la deportista que fue, aferrada a la escritura que como un exorcismo le sirvió para dejar atrás la etapa oscura de su vida -podría pensarse que una persona, apenas pasados los veinte no tiene esos lapsos y que todo le sonríe, aunque no siempre es así-, la blonda que hoy apenas va por los 27, empezó una nueva vida. Allí en esa Buenos Aires descomunal que puede volverlo a uno intangible, donde no aparecerá el dedo acusador -simplemente porque quizás no nos registran-, ella encontró la paz que tanto ansiaba y tornó a ser la Valentina que quería ser, “la Valen” como le dicen quienes la frecuentan ahora. La que sólo es un rostro más, entre los rostros de la gente que va y que viene en esa muchedumbre que circula por las calles porteñas.
Y es feliz… y está bueno que elija su modo de vivir, sus relaciones, que pueda decidir sobre su vida. Si al cabo, según creo, se trata de ser feliz siendo uno mismo. Nada más, ni nada menos.

Escribir en todo momento.
“¿Cúando y cómo escribo? En cualquier lado y en cualquier momento, porque siempre ando con un cuadernito y un lápiz para anotar algo que se me ocurra; pero también lo hago en la computadora, y a veces en una máquina de escribir”. Y se me ocurre que esto, escribir en una Olivetti, tiene que ver con los ancestros: León Nicanoff, su abuelo, fue redactor en los primeros viejos tiempos de LA ARENA…
Había empezado en Santa Rosa a garabatear sus primeras cosas en un cuaderno, las cosas que le pasaban… y esa relación con las letras se fue afianzando ya radicada en Buenos Aires.
Empezó describiendo lo que le pasaba, algunos poemas, y la escritora terminó de tomar forma ya en Buenos Aires. La había impresionado un libro, “Las olas”, de Virginia Woolf; después se prendió en un taller literario con la poeta Karina Macció y más tarde, después de mucho borronear, de escribir y corregir, vino su primera obra: “Amapola” en 2010, que fue reeditado dos años más tardes. Luego vendría “”El Nudo”, una obra fuerte; y en pocos días más, el 16 de junio, presentará su tercer texto: “Animal sediento”.
Pero Valentina, hoy ya lejos de la judoca que les ganaba a todas las que se le cruzaban, y que iba en camino a ser -quizás- una atleta olímpica. Hoy la “Valen” es una artista, una escritora, una creadora.
Porque también se le animó al teatro e hizo una puesta tomando como base a Alejandra Pizarnik y Sarah Kane. “Ahora estoy tratando de dejar atrás a Pizarnik”, revela, aunque continúa la búsqueda constante que la lleve a encontrarse consigo mismo.