A 10 años del crimen que conmocionó a Santa Rosa

LA TRAGEDIA EN PRIMERA PERSONA

“Joaquín quería verlo una vez más a su padre, y cómo le explicaba… un chico de cuatro años, cómo podía entender”. Andrea Domínguez habla en voz baja, casi susurrando, y lentamente va repasando momentos que retiene certeramente en su memoria.
Las dos detonaciones taladraron aquella siesta del 16 de junio de 2006, y a pesar de todo las explosiones no llamaron demasiado la atención. Un grupo de albañiles trabajaba en las cercanías, y más de uno pensó que el estampido provenía de la obra. Pero Andrea tuvo un presentimiento, y corrió hasta la casa vecina y lo vio. Tirado en el piso Paul le decía: “llamá una ambulancia y andate… está re loco”.
Es que en un episodio que conmocionó a la sociedad santarroseña, un chico de 14 años había baleado a Paul Anguzar, y algunos días después el desenlace sería la muerte del conocido fotógrafo.
Fueron días de bronca, de dolor, de impotencia… las marchas pidiendo justicia por Paul Anguzar se sucedían, mientras el joven luchaba por su vida en el Hospital Lucio Molas.

La familia, los hijos.
Hoy, precisamente hoy, se cumplen 10 años de aquel episodio lamentable, que iba a segar una vida joven, con todo un futuro por llegar. En pareja con Andrea, Paul tenía dos hijos pequeños, Joaquín, que andaba por los cuatro años; e Ignacio que tenía solo unos meses y hoy anda por los 10.
El trabajo compartido en Foto Lux -propiedad de la familia Anguzar-, y el amor que surgía con Andrea, la piba que trabajaba en el lugar. “Después nos fuimos a vivir en lo que sería nuestra casa, y que en ese momento era sólo un quincho en el terreno que habían comprado en Rubio y Doering”, en Villa Martita.
La llegada de los hijos, Joaquín e Ignacio, y una vida social intensa porque Paul era “amiguero, querible, generoso, una excelente persona. Un buen padre, buen amigo… no era para este mundo”, reflexiona Andrea, y se permite una sonrisa. “Disfrutaba mucho de lo que quería, de la fotografía, el deporte, la vida en familia. Sí, era muy familiero”, agrega y se queda como pensando.

Es bueno acordarse.
Andrea, para quienes no la conocen demasiado es, además de la compañera en aquel momento de Paul, hija de Hugo “El Alemán” Domínguez -reconocido jugador de fútbol del glorioso All Boys de tantos torneos regionales-, y de Graciela Hernández, que tienen además a Rosa Liz. “Para papá Paul era el hijo varón que no tuvo, y cuando pasó aquello se puso muy loco, muy mal, y llegué a temer porque hiciera una macana”, rememora Andrea.
Está sentada en la Redacción de LA ARENA para dar la única nota que concedió en estos 10 años que han pasado desde el incidente. “Lo hago porque me parece que está bueno acordarse de él, que está bueno que se lo recuerde como era”, sintetiza.

La siesta de la tragedia.
Tiene muy presente todo, y recuerda cada detalle. “Fue a la siesta, después de un partido de Argentina por el mundial de fútbol… Estábamos en la sala y habíamos terminado de ver el partido con nuestros dos chiquitos. Era un día de semana y en la calle había mucho ruido porque unos chicos andaban en cuatriciclo, y veíamos por la ventana dos chiquitos en bicicleta y Paul dijo: ese chico va a hacer una macana, le voy a avisar a la madre”, y salió.
Ya no volvería… “Yo me había quedado en casa y como no venía salí a mirar. Primero escuché una explosión, y enseguida otra, pero no relacioné nada”.
Es que enfrente había una obra en construcción y deducía que los ruidos venían de allí… “Vi que la gente de la obra se cruzaba y dos pibes salieron corriendo. Dejé el nene en la cuna y con la desesperación salí corriendo… en la calle no había nadie, y cuando me asomo por el portón de la casa vecina lo veo a Paul tirado en el piso: ‘llamá una ambulancia y andá… que está re loco’, lo escuché decir. El único teléfono del que me acordé en ese momento era el del hermano (Edgardo)… creo que fue el mismo Paul quien llamó a la policía, y el primero que llegó en un patrullero le hizo un torniquete, y se lo llevaron al hospital”.

Marchas e impotencia.
Después fueron 20 días de desesperación, de impotencia, de ruegos. Hubo marchas multitudinarias de amigos y vecinos pidiendo por justicia, que se repetirían por mucho tiempo, aunque obviamente Andrea no participó de las primeras.
“Al tercero o cuarto día Paul se despertó como si nada… y claro, pensábamos que se iba a poner bien: charlaba, se sentaba viendo los partidos, y llegamos a pensar que se le iba a pasar todo. Pero un día se descompensó, le pusieron el respirador y no se despertó más… tenía complicados todos los órganos”, cuenta.
“Un día, a las 11 de la noche nos llamaron porque estaba mal y se produjo el desenlace. Yo lo único que quería a esa altura era que no sufriera más, aunque uno en su egoísmo quiere que se quede a toda costa. Una señora, Marta Medrano, que nos asistía psicológicamente y que fue excelente, me contó que uno de los últimos días, charlando el último rato con Paul despierto, él había decidido que las cosas fueran así”. Corría el riesgo de no volver a caminar. Justo él, que era hiper activo…

La obligación de seguir.
En la vorágine de esos días las cosas iban sucediendo como arrastradas por un torrente y Andrea -y la familia- lo fueron sobrellevando como podían. Pero un día la joven cayó en la cuenta que se había quedado “sola, con dos criaturas. Tenía 29 años, y en ese momento dejé de creer en todo”, reflexiona.
Hoy Paul Anguzar tendría 46 años -cumpliría años el 18 de julio-, y sus amigos lo siguen evocando exactamente como era.

“Tenía proyectos, y muchas ganas de disfrutar la vida… y la vivió muy bien, viajó con amigos, hizo deportes, tuvo sus hijos… todo en su vida pasó muy rápido”.

Andrea recapitula y sostiene: “Lo que nos pasó no se lo deseo a nadie. Siempre pensé que hay gente a la que le pasa algo peor, y he tratado de vivir con el menor odio posible. La verdad es que el primer tiempo estuve con mucha bronca, muy enojada, pero después me pude enfocar en mis hijos y lo que les haría bien a ellos”, madura.
Sí, quizás sea cierto. Paul vivió muy rápido. Alguien acuñó la frase: “brillante y fugaz, como la luz de un fósforo”. Quizás defina acertadamente lo que fue el tránsito de Paul Anguzar por esta vida…

“No quiero ni verlo”
El menor que, disparándole dos tiros con una pistola 9 milímetros, le causó la muerte a Paul Anguzar tiene hoy 24 años. Después de un largo proceso judicial, y de algunos otros problemas en los que después se vería involucrado, hoy sigue viviendo en Santa Rosa. “La verdad es que cuando me he cruzado con él, o con su mamá, lo que traté fue no verlos, de no mirarlos siquiera”, dice Andrea Domínguez, al cumplirse 10 años de la tragedia. El joven Rodrigo Rosas estuvo detenido algún tiempo en el Ipesa, pero desde hace un tiempo goza de absoluta libertad.

Hay que seguir, no queda otra
“Si pudiera volvería 10 años para atrás”, dice Andrea, que vivió tiempos muy duros, muy complicados. “Es que Paul se encargaba de todo. Vivimos la llegada de los hijos, el armar una familia, una casa, y parecía que venía lo más lindo de la vida”, evoca. Paúl tenía amigos por todos lados, practicaba parapente, kitesurf… siempre planeaba algo para estar con amigos y hacer deportes”, lo recuerda.
Cuando sucedió aquello Joaquín no llegaba a los 4 años, y hoy por los 14 cursa el tercer año del secundario. “De chiquito no era demasiado expresivo y no preguntaba, pero tenía como una bronca contenida y la expresaba con sus actos… Hizo terapia y un día me dijo ‘soy grande’, quiero saber; y cuando supo se alivió. Yo no quería que fuera un nene triste, con bronca… Lo de Ignacio es distinto, porque es más tranquilo, y era muy chiquito. Juega rugby como su padre en el Club Estudiantes”, completa.
Andrea agradece el apoyo de su familia, y los amigos que iban y siguen yendo recurrentemente a visitarlos. Y tiene palabras especiales para José Mario (Aguerrido), el abogado que más que eso resultó un amigo. “Sobre las marchas que al tiempo dejaron de hacerse, me dijo, vos te vas a acordar siempre, pero la gente no…”. Me dio confianza, tranquilidad”, lo reconoce.
Hoy, gracias a una gestión de Lucy de Cornelís -la dirigente de las luchas agropecuarias, y a quien no conocía-, Andrea trabaja en el PAMI: “Me contó que veía un retrato de Paul en un negocio, que le decía que tenía que ayudarme”, explica.
“¿Me preguntan qué siento? Un recuerdo permanente de amor por Paul, eso siento”, cierra.