Manuel Quilodrán, el chileno aparecido

LO DABAN POR MUERTO Y SU FAMILIA LO ENCONTRO DESPUES DE 41 AÑOS

Trabajó en las hachadas pampeanas, cosechó naranjas en el litoral y peras en el valle. Recorrió el país sin documentos, se extravió en el alcohol y estuvo a punto de morir. Recuperado, hace dos semanas encontró a su familia después de 4 décadas. Quiere visitarlos antes de fin de año.
El primero de julio de 1974, José Manuel Quilodrán Beile formaba fila en el paso fronterizo de Tromen y adivinaba en el horizonte el contorno del volcán Lanín. Con 22 años, enojado con sus padres, había juntado el coraje suficiente para alejarse de Yumbel por un buen tiempo. Algo mejor -creía- le esperaba al otro lado de la cordillera. Estaba dispuesto a trabajar de cualquier cosa, sabía arreglárselas con poco y contaba con la experiencia de haber andado desde los 13 años por los campos del Biobío, la octava región chilena, 500 kilómetros al sur de Santiago.
En su futuro estaba pensando cuando llegó el turno del trámite. “Sabrán disculpar ustedes señores, pero ha muerto el General Juan Domingo Perón, nuestro presidente. La aduana permanecerá cerrada hasta mañana”, les informó un gendarme a todos los de la cola.
A Quilodrán no le importó el frío y tener que esperar hasta el día siguiente. El viaje prometía ser largo y acababa de comenzar.

Pampeano.
“Me peleé con mamá y con el viejo. Eran otros tiempos. Cuando me fui, éramos ocho hermanos, pero después llegaron otros a los que nunca conocí”, dice el chileno, mientras toma mate en la casa que comparte con su amiga Marta, sobre la calle Anza.
Un años después de haber cruzado la Argentina, Quilodrán pisó suelo pampeano. Ya había cosechado peras en Allen, manzanas en Cipolleti y tomates en Villa Regina. El paso por el valle de Río Negro fue bueno porque tuvo trabajo, pero malo porque perdió contacto con dos tíos, la única parte de su familia que lo había acompañado en la aventura del cruce.
Por no saber leer ni escribir, hizo trabajo físico toda su vida. Hachó leña en el monte, fue peón la Estancia La Charita, cerca de Winifreda, y también fue tractorista. De allí partió por un tiempo a cosechar naranjas en Entre Ríos y conoció pueblos y ciudades del litoral argentino. En ese deambular por el país, estuvo tres años sin documentos hasta que le hicieron un pasaporte provisorio en el consulado de Chile, en Bahía Blanca. En algún momento, no se sabe porqué, volvió a La Pampa y ya no se movió más. En Santa Rosa nadie lo conoce por su nombre sino por su país origen. Le dicen “el chileno Manuel”.

El alcohol.
El vino ha hecho su trabajo en el cuerpo de Quilodrán. Su vientre abultado da cuentas de años de excesos. Eso dice él mismo, que en sus peores momentos llegó tomar el guarilaque, alcohol fino rebajado con un poco de agua.
“Ahora estoy bien, porque no tomo más. Tampoco fumo. En algún momento fumé cuatro atados por día y por eso tengo los pulmones tapados. Paré a tiempo, sino ya estaría con mis viejos amigos en el Parque Sur (cementerio)”, bromea el chileno, que conserva ante todo, la sonrisa, el acento y el sentido del humor.

-¿Hiciste familia acá en La Pampa?
-No. Como siempre fui muy borracho nunca les di pelota a las mujeres y ellas nunca me dieron pelota a mí.

-¿Y amigos?
-Conocí mucha gente. Mientras chupaba tenía muchos amigos, sobre todo cuando andaba con plata. Hubo un tiempo que compartía casa con otros diez borrachos en la calle Juan XXIII. Ahora están todos muertos. Los domingos hacíamos asado y vivíamos de changas. Con poquita plata comprabas una parrillada. Hoy no.

Aparecido.
Hace cuatro semanas, cuando cayó en cama por complicaciones del corazón y tuvieron que internarlo de urgencia en el Lucio Molas, una trabajadora del centro de salud de Villa Santillán comenzó a reconstruir la vida de Quilodrán. Si bien hacía 15 años que el chileno iba a atenderse a la posta, nunca antes había indagado en su vida familiar. En el hospital, después de varias entrevistas, el chileno contó todo. Días después, gracias a la magia de las redes, apareció Pabla, la única hermana de la que guarda recuerdos.
“Cuando la llamé por teléfono no quería creer que era yo. Tuvimos que mandarle una foto para que me creyera. Pensaron que estaba muerto y no me buscaron más. Me contaron que muchos hermanos míos han muerto. Quedaron solo Pabla, Rosa y dos hermanos varones. Mis padres murieron hace muchos años. Ayer nos vimos por Internet y les sorprendió que estuviera pelado y con bigote. Ahora no quiero hablar de nuevo por un tiempo, porque me agarró una emoción muy grande y pensé que iba de nuevo al hospital. Voy a dejar pasar unos días”.

-¿Y te gustaría volver?
-Sí, me gustaría conocer. Cuando me fui era un pueblito como Toay. Hoy debe estar muy grande. Pero ahora tengo que esperar a ver qué me dicen los médicos, porque todavía no me compuse del todo.

-¿Tus hermanas que te dicen?
-Me dicen que vaya. Pero la verdad es que no me conocen. Unos días capaz que andamos bien, pero después habrá que ver. No sé si será para quedarme. Ellos allá tienen sus cosas, su casa y coche. Yo no tengo nada. Y me preocupa el tema de los remedios, porque allá hay que pagar todo. Para ir tengo que juntar unos mangos, por ahí vendo unas herramientas.

-¿Te enteraste alguna vez que tu familia te buscaba?
-Sí, una vez hace muchos años me dijeron que la policía me andaba buscando pero yo no quise saber nada. Ahora es distinto.