“Mi objetivo es ser campeón y hasta que no lo logre no voy a parar”

Los Ramos son una dinastía que tiene en la jineteada una forma de vida, un legado que se transmite por generaciones y que Nazareno sigue a rajatabla. A sus 11 años ya domina el arte del equilibrio arriba de un caballo.
“Mi objetivo es ser campeón en Jesús María. Y hasta que no lo logre no voy a parar”. Su cara de nene apenas sobresale de entre el borde de la mesa y la boina que le tapa la cabeza. La voz finita se escucha tenue, pero la firmeza de su convicción no deja espacio para la más mínima duda. Nazareno recorre cada día el camino que lo va a llevar al sitio más alto de la meca de los jinetes, el festival de la ciudad cordobesa que cada año reúne a miles de feligreses amantes de la cultura gauchesca.
“El debut fue el 5 de diciembre de 2015, cuando tenía 10 años, en un campo en Santa Rosa. Me caí pero después de eso empecé a concurrir a las distintas domas y a tomar experiencia. Ya de chiquito veía a mi papá, a mis tíos, a mis primos. Iba a ser raro que no me gustara la jineteada”, dice Nazareno sobre una pasión que, para los Ramos, funciona como una transfusión sanguínea.

Su tío Alfredo se coronó en Jesús María en 2001. Y en las últimas dos ediciones Nazareno vio en vivo a sus primos coronarse de gloria. Primero Cruz Ramos en 2016 y luego “Tato” (Alfredo) este año se quedaron con el premio en bastos con encimera, la más espectacular de las categorías de la doma, y fueron recibidos por una multitud en Santa Rosa bajo los flashes y la ovación.
“Yo no veía la hora de que me dejaran jinetear, es lo que a mí me gusta. Probé con fútbol pero no es lo mío”, ratifica Nazareno, que en el patio de su casa de la calle Trenel tiene el lugar de entrenamiento: su padre colgó un tambor amarrado en cuatro esquinas y allí pasa las exigentes rutinas para aprender a agarrarse de la grupa. Un verdadero caballo mecánico que no le da tregua con esos corcoveos que buscan desparramarlo por el suelo.
“Por la edad que tiene Nazareno puede competir con petisos, y en la categoría grupa. Recién a los 16 o 17 años están en condiciones de jinetear con un caballo bien fuerte. Lo bueno es que cuando llegue a esa edad ya va a tener muchas montas en el lomo”, explica Juan, su padre quien junto a Marta y la otra hija del matrimonio, “Luli” (19), acompañan cada presentación del más chico de la casa.
“Ya estuve en festivales de Intendente Alvear, en La Reforma, América (provincia de Buenos Aires), Carro Quemado, Ingeniero Luiggi, Puelches, en Nueva Galia (en San Luis, en el festival Nacional del Caldén). Hay varios chicos que jinetean y son encuentros muy lindos porque van muchas familias”, contó Nazareno, que cursa sexto grado en la Escuela 25 del barrio Butaló y que, como cualquier chico de la era digital, tiene sus seguidores en Facebook e Instagram.
¿Qué te dicen los compañeros en la Escuela?
“Algunos ni me creen, me dicen ‘dejá de mentir, qué vas a montar si sos re chiquito vos’. Así que les digo que entren a mi Facebook y vean las fotos”.
La jineteada tiene distintas categorías: grupa surera, bastos con encimera y crina limpia. Para ir a Jesús María hay una clasificación provincial donde un jurado determina, por apreciación, quién merece más puntos.
“En esos casos los caballos te tocan por sorteo, así que vos podés estar en el mejor momento pero si el caballo no es bueno se complica, así que como en todo, la suerte siempre aporta una cuota”, resaltó Juan.


“En la final son 14 segundos en los que no hay que caerse. Tampoco se puede, con la mano que tenés el rebenque, tocar al animal porque si no es como que te ayudaste. No podés perder un estribo, son muchas cosas a la hora de salir”, agregó Nazareno, que tendrá que esperar hasta los 16 para hacer su debut en el festival cordobés.
La doma es una actividad de riesgo. La posibilidad de lesiones severas está siempre presente. Pero si algunos (o muchos) se suben a una moto, un karting, un cuatriciclo o un auto de carrera hay quienes eligen la tracción a sangre para sentir la adrenalina hasta cortar el aliento.
“Esto es pasión, por más vueltas que uno le dé. Es como si yo miro a esa gente que escala el Aconcagua, en las peores condiciones, y llegan allá arriba y ya está, vuelven. Puede resultar inexplicable, pero se lleva en la sangre. Afortunada o desafortunadamente Nazareno eligió y nosotros lo apoyamos. Es tan grande la pasión que uno no le hace caso a los riesgos o a las lesiones”, dice Juan, que cada fin de semana se sube con su familia a la camioneta y enfila a alguna doma donde el humo de los costillares, las alpargatas, el olor a campo y los caballos reproducen la postal de la tradición folclórica y gauchesca.
Nazareno ya tiene una fecha marcada en rojo en el calendario. El 9 de julio estará en Luan Toro, la fecha inicial de la larga temporada de domas y festivales que viene después en distintas localidades pampeanas y de pueblos de provincias vecinas como Buenos Aires, Córdoba y San Luis, el camino hacia el destino que el GPS del pequeño jinete ya tiene grabado como lugar ineludible.
“En Jesús María son diez noches que tenés que montar y el que más puntos suma sale campeón. Yo le pregunto todo a mis primos, quiero aprender lo que ellos hacen. Ojalá lo pueda lograr”, dice el más chico de los Ramos, heredero de un linaje que crece en cuna de campeones.