“Para qué vivir una vida que no es vida”

Un servicio de enfermería domiciliaria -a través del Sempre- le brinda los cuidados ineludibles a Mario Higonet. Un hombre inquieto, deportista íntegro, profesor de Historia, hoy postrado en una cama.
La información, que volcó en su página de facebook y fue dada a conocer por este diario nos conmovió a todos: “Solicito a las autoridades la práctica de la eutanasia para casos como el mío. Esta enfermedad avanza a diario y te destruye, además es un gran negocio para médicos y droguerías. También aprovechan el trabajo del personal de enfermería, quienes tienen la mayor responsabilidad al estar las 24 horas acompañando al paciente y reciben muy bajos ingresos. Si hay decisión política se pude dar una respuesta adecuada, porque esto no es vida”, hizo escribir.
Unas pocas frases para explicar una realidad terrible, y contar las consecuencias de una enfermedad espantosa que está destruyendo la vida de un hombre querido y respetado. Mario Alejandro Higonet Furch -así se identifica en facebook-, es para quienes lo conocemos sólo Marito Higonet, Está postrado desde hace algún tiempo, y si bien hasta no hace mucho se movilizaba -ayudado- en una silla de ruedas, hoy ya no puede hacerlo.

“No quiero vivir más”.
El avance de la enfermedad provocó en los últimos meses un deterioro tan evidente que Mario ya no quiere vivir más. Está lúcido pero postrado, imposibilitado de cualquier movimiento, al punto que no puede articular palabras… sólo alguna mueca, algún gesto que quienes cuidan de él tratan de interpretar…
Hace unos días -como tanta otra gente-, me vi sorprendido por la publicación de LA ARENA donde se indicaba de su dramático pedido: “No quiero vivir más”, dijo palabras más o menos.
Después otros medios naturalmente se interesaron, y se hicieron eco de la situación. Y hubo además algunas voces que -ante consultas que se les formularon- dijeron lo que pensaban… si bien no todas esas expresiones reflejaron verdaderamente lo que Mario querría decir, considerando que no todos los que respondieron están hoy en el círculo de sus afectos, ni cercanos ahora en esta circunstancia particularmente difícil que atraviesa.

“Algunos problemas”.
Creo que fue el verano pasado -sentado yo en la mesa de una céntrica confitería-, que advertí el paso de una persona transportada en una silla de ruedas que saludó imperceptiblemente, y atiné a devolver la atención cuando él y su acompañante (me parece que su hija) iban unos metros más allá. Pero en realidad no lo reconocí de inmediato, hasta que alguien me aportó: “¿No lo viste? Es Marito Higonet…”.
Más tarde, repasando la idea recordé una historia que el propio Mario me había referido tiempo atrás -supongo que hace por lo menos tres años-, cuando en el predio “Roberto Forestier” antes de jugar un partido de fútbol para el equipo de Periodistas (sí, mayores de 40, y bastante más, admitámoslo), me contó que andaba “con algunos problemas”. Mostró sus manos inflamadas por una enfermedad que hasta ese momento desconocía de qué se trataba.
Después Marito hizo lo de siempre: jugó, corrió, se prodigó, estuvo siempre dispuesto para darle una ayuda al compañero futbolero que lo necesitara… Sí recuerdo que venía especialmente desde Guatraché -algo así como 190 kilómetros- sólo para estar presente en un encuentro que, al cabo, forma parte más de un divertimento que de una causa deportiva. Pero él se había comprometido con el Panza Susvielles -que armaba el equipo-, y no fallaba. Porque así es, en todos los aspectos de su vida, y sobre todo si de fútbol se trata.
Después de aquello lo vi alguna que otra vez, circunstancialmente en la calle y de pasada, y poco más supe de él.

Un cuadro muy triste.
Hasta que hace unos días -estando en Buenos Aires repasaba LA ARENA por Internet- me topé con aquella noticia de que quería que se le aplique la eutanasia.
De regreso en Santa Rosa me aboqué a buscarlo. Fui a la residencia El Remanso -un lugar de cuidados especiales para personas con algún problema de salud-, pero me dijeron que hacía tiempo ya no estaba allí. Después sería Sergio Pomerantz -bancario, oriundo también él de Guatraché- que me dijo dónde podía ubicarlo.
En realidad no sabía cómo estaba -más allá de aquel pedido desesperado por face book-, y si estaría en condiciones de hablar… y en todo caso si querría hacerlo. Fui por la mañana y al tocar el timbre del domicilio (Yrigoyen 555), una enfermera solícita pero firme me dijo que regresara a la tarde. Eso hice, me presenté y la mujer que atendió me pidió que esperara. Le iba a preguntar al propio Mario si querría recibirme. Regresó y advirtió: “Entrá, pero a lo mejor te impresionás un poco…”.
El cuadro era difícil de afrontar: la habitación en semipenumbras, la cama, Mario de costado, respirando con cierta dificultad, y el enfermero que trabajaba con él e interrumpió un rato su labor. Él me vio y un gesto apenas pareció denotar una sonrisa de bienvenida. No puede hablar, y fue Mirta la que pacientemente iba transmitiendo qué quería decir.
No sé muy bien qué hacer… me siento algo compungido, y le digo algo de fútbol. Y allí, por un instante el rostro de Mario vuelve a esbozar una suerte de sonrisa. “Cuando le hablás de fútbol se transforma… así fue siempre”, sostiene Mirta.

Los “fanas” de Pampero.
Mañana Mario Higonet cumplirá 58 años. Mirta Griselda Erro -quien va varias horas por día a participar de sus cuidados- es su primera esposa (enfermera) y la madre de sus hijos, Natacha (33) y Matías. La joven, que estuvo para el verano en Santa Rosa, es cheff y vive en Barcelona; en tanto su hermano trabaja en el Anses en Santa Rosa.
Hijo de Eduardo (fallecido), y de Delia Furch, Mario tiene otros hermanos: Norberto (supo ser jugador de Pampero de Guatraché), María de los Ángeles (ex intendenta y ex senadora nacional), Nora y Jorge (fallecido).
Los Higonet son una familia super conocida en Guatraché y la zona. Fanáticos de Pampero -jugaron con esa camiseta-, fueron dueños de la primera rotisería del pueblo, a la que sus padres le pusieron Normanjo (las primeras letras de los nombres de sus hijos), pero también vivieron en una casita en el mismo predio de la cancha: “Nuestras piezas daban contra la pantalla del cine del club”, recuerda ahora María de los Ángeles, que poco antes había llegado junto a su mamá para visitar a Mario.
“Teníamos la cantina, y el cine eran las primeras filas de butacas y en la parte de atrás mesas y sillas donde la gente se sentaba y consumía. Yo soy muy buen cocinera -se ufana Delia-, y los chicos vendían pizzas, empanadas… otros tiempos”, sonríe indulgente.
También la familia Higonet tuvo a su cargo el Hotel Ideal, que era muy conocido en la zona.

El fútbol, esa pasión.
Mario es loco por el fútbol -hincha de San Lorenzo-, jugó en el pueblo obviamente en el club de sus amores, pero también en otros de la zona, en Bernasconi, Jacinto Arauz, y alguna vez en Rácing de Castex -“ahí viajábamos juntos todas las familias, y jugaban entre otros Estergidio Pérez y el Flaco Roston”, rememora Mirta. “La pasábamos muy bien”, agrega.
También algunos clubes santarroseños, como Belgrano y Sarmiento, contaron con el concurso de Mario, quien en tanto trabajaba en una compañía de seguros emprendía los estudios de profesorado en Historia en la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam. Le apasiona la Historia, y también el periodismo, porque colaboraba con distintas radios (supo tener gran amistad con Juan Carlos Vega), e incluso en más de una oportunidad lo hizo con este diario, siempre con informaciones vinculadas a su locura: el fútbol.

El profesor, “a dedo”.
Una vez recibido de profesor Mario se dedicó a dar clases en distintos establecimientos, de Guatraché, pero también de Doblas (fue profesor de nuestro Fabricio Coller), General Campos y Macachín. Y una característica que tenía es que habitualmente se desplazaba a los distintos pueblos “a dedo”. Quizás para dar rienda suelta a sus dotes de gran conversador, con el fútbol y la historia como epicentro de su interés.
Hizo un poco de política -“jugó” para Rubén Marín en 1983-, pero no ocupó cargos; y alguna vez también estuvo cerca de Pablo Fernández. Mario siempre fue atildado, le gustó vestir bien; y además del fútbol dice Mirta que era “un gran bailarín y cafetero”, para enfrascarse en largas charlas. Un tipo sumamente inquieto, razón por la cual su condición actual es un mazazo mayúsculo para su modo de encarar la vida.

Los primeros síntomas.
Un día, al volver de Barcelona donde había concurrido a visitar a su hija, sintió un dolor, como un clavo que lo hería en una de sus manos: iba a ser el principio de lo que, después se sabría, era Esclerosis Lateral Amiotrófica o E.L.A. La misma enfermedad que aqueja, hace mucho tiempo, al profesor Julio Trivigno (sobre el que en su momento nos ocupamos). Mario se sometió a tratamientos, viajó incluso a Cuba (30 días), pero su salud fue en franco retroceso. Hasta llegar a la situación desesperante de hoy en día.
Lo miro a Mario y no puedo menos que recordar otros momentos. Y la veo a mi madre, desfalleciente durante varios meses, ya sin posibilidades de recuperarse de ese mal que finalmente se la llevó; aunque en nuestro egoísmo nunca hubiéramos querido que se fuera, aún sabiendo que era lo mejor. Un alivio, sobre todo para ella -que sufría-, y también para los familiares más cercanos. Un día el destino se apiadó y partió… Y queda, siempre, flotando esa pregunta: ¿era necesaria esa agonía doliente de tantos meses, conociendo que nunca más volvería a estar bien? Cuando el momento llegó fue un alivio, para ella… y también para quienes tanto la quisimos…
Ahora, este hombre que está frente a mí, rendido inexorablemente por una brutal enfermedad, ya no quiere vivir. Sabe -creo que todos lo entendemos más o menos parecido- que es una tribulación irreversible, y que sufren todos, él y todos los que lo quieren…
¿Y entonces? Dios dirá… ¿Dios dirá?

Eutanasia no, muerte digna sí.
Mario Higonet “ha pedido que al morir lo cremen y tiren sus cenizas en la cancha de Pampero, y en la laguna de Guatraché, donde pasó momentos muy felices”, dicen sus familiares.
En tanto, el abogado José Mario Aguerrido, consultado dijo que “no hay eutanasia en la Argentina. Sí está el derecho de toda persona a pedir una muerte digna”.
Mario pide la eutanasia, y obviamente desató la polémica. Lo cierto es que la ley 26742, modificó la que hablaba de derechos del paciente y también sobre la propiedad de la historia clínica, pero prohíbe las prácticas eutanásicas.
Aguerrido explicó que en la normativa “se habla del derecho del paciente, que puede oponerse a prácticas que impliquen mantenerlo vivo artificialmente. A eso se puede oponer, sin perjuicio en todos los casos de expresar que la negativa o el rechazo de los procedimientos mencionados no significará la interrupción de aquellas medidas y acciones para el adecuado control y alivio de su sufrimiento”.
El profesional señaló que “hay una línea sutil de hasta dónde el médico puede y no puede actuar”. Agregó que el médico tratante debiera informarle al paciente sobre que puede o no hacer: “Las directivas que exprese el paciente debieran ser aceptadas por el médico, salvo lo que signifiquen prácticas eutanásicas”, aclaró.
Sobre cuál es la tramitación necesaria Aguerrido señaló que el enfermo podría manifestar su voluntad de “una muerte digna” ante escribano público, o frente a un juez de primera instancia con la presencia de dos testigos. “Incluso puede hacer directivas anticipadas sobre su salud en su testamento”, completó.

Mario Vega