“Saer rompe con Borges”

Así como resulta incuestionable la centralidad de Jorge Luis Borges en la literatura del siglo XX, menos consensuadas y más porosas son las posiciones en torno a su sucesión, aunque a esta altura pocos discutirían la legitimidad de Juan José Saer en una compulsa que también incluye a Manuel Puig o César Aira, y acaso un poco más rezagado a Julio Cortázar.
Sarlo aporta ahora un nuevo foco de discusión que orbita no sólo en torno a la originalidad de la trama de escritura que urdió el autor de “El limonero real” sino a las estrategias que lo sitúan como continuador de un linaje que se inicia con el “Facundo” de Sarmiento: para delimitar esa zona literaria singular que caracteriza su producción, el escritor santafesino tuvo que desmarcarse de los planteos y la estética borgeana.
En “Zona Saer”, publicado por la editorial chilena Diego Portales, la autora de “Borges, un escritor en las orillas” y “Escenas de la vida posmoderna” despliega un sagaz análisis sobre la manera en que el escritor practicó una escritura que no tributa a Borges y analiza al mismo tiempo las razones de la morosa visibilidad de su obra, que atribuye a su condición de “escritor en destiempo permanente”.
A horas de viajar a Santa Fe para participar del lanzamiento del “Año Saer”, una iniciativa que promete homenajes varios -en línea con otros tributos como el lanzamiento del libro “Las tres vanguardias: Saer, Puig y Walsh”, de Ricardo Piglia, y una compilación de entrevistas realizadas por el crítico Martín Prieto que publicó el sello Mansalva-, Sarlo mantuvo una entrevista con Télam en la que se refirió a las ideas que atraviesan este nuevo abordaje de la obra del escritor luego de los numerosos textos que aparecieron desde 1976 junto con una reseña sobre “El limonero real”.
– Télam: ¿Cuáles son las claves de la resignificación que te permiten volver a escribir sobre Saer después de los textos que le dedicaste desde mediados de los 70?
– Beatriz Sarlo: Cuando acepté escribir este libro supe que no debía hacer el gesto académico de empezar a leer lo que había escrito antes sobre Saer con el propósito de evaluar si lo ampliaba o lo corregía. Deliberadamente no volví a leer una línea de esos textos. Quería escribir algo nuevo en la medida que yo tuviera algo nuevo para decir. Saer siempre fue un escritor de minorías. Y de minorías de lectores de literatura. No digo que no tenga otros lectores pero el núcleo de los que leen a Saer son lectores de literatura. Y lectores de literatura contemporánea. Y a su vez lectores que no leen bestsellers. Tiene todos esos requisitos. Por otra parte, es un escritor que nunca quiso que su base literaria ni el grueso de sus relaciones literarias estuviera en Buenos Aires. Eso implica además la marginalidad de un escritor que no se preocupó por el mercado o por las ventas. Por supuesto que le hubiera gustado ganar más plata con la literatura como a cualquiera, pero aun así elegía saltear Buenos Aires. El se movía en el mundo que uno lee en su literatura.

Narrador.
– T: ¿Qué elementos siguen reivindicando a Saer como un narrador novedoso?
– B.S: El gran rasgo de su obra es que representa una literatura regional que no es regionalista, es decir, que no es pintoresquista, ni dialectal, ni folklórica, ni exotista. Ni convierte a la región en un Macondo latinoamericanista. Hay algo en el castellano en el cual escribe que se diferencia del castellano que trabaja Borges, que es quien inventa el castellano del Río de la Plata. Saer tiene esa captación tan singular de una lengua y de una escena, de una temperatura diferente -ligada al ambiente, a la luz, a las plantas- que es novedosa en la literatura argentina. Sí estaba presente antes en Juan L. Ortiz, pero en ese caso estamos hablando de otro gran marginal. Hay que destacar también la centralidad que tiene la poesía en su obra. Creo que es el único narrador argentino que escribe a partir de la poesía. Esa es una de las grandes originalidades de sus lecturas, lo que le permite hacer descripciones minuciosas que los narradores más realistas no harían jamás: la percepción del detalle. Es curioso también que para aflojar la mano, Saer traducía poesía antes de escribir.
– T: Tu hipótesis de trabajo en el capítulo “Romper con Borges” opera sobre la manera en que se inserta Saer en el canon pero al mismo tiempo instala una discusión sobre el momento en que se produce el relevo con Borges o, dicho de otra manera, la declinación del mejor Borges.
– B.S: La idea es que Saer lejos de escribir a partir de Borges tiene que romper con él y escribe algo completamente diferente donde la percepción es fundamental y donde la relación entre lo percibido y lo narrado es completamente diferente a Borges. Para mí el mejor Borges es el que llega hasta los textos escritos en el “El hacedor”. Ese es el Borges clásico, el que uno llama Borges. Por supuesto que los demás textos son los de un escritor genial pero aquellos son los decisivos. Es como si uno se pregunta cuáles son las mejores obras de Shakespeare. Seguramente la primera que uno mencione no va a ser “Coriolano”. Y no eso no significa que no sea una obra digna de Shakespeare, sino que antes que esa hay otras mejores en su producción. Se puede partir el siglo XX trazando una bisagra a mediados de los años 60, que es cuando Saer escribe “En la zona”, un libro que tiene un primer conjunto de textos muy borgeanos pero que después incluye el cuento “Algo se aproxima”, que como dice María Teresa Gramuglio inaugura otra literatura. Ese texto escrito a los 21 años ya no tiene nada de Borges.

Tardío.
– T: Todo canon tiene siempre un sustrato polémico y en este caso cuando situás a Saer como continuador de una secuencia que tiene como antecesor a Borges, dejás afuera a una serie de autores que también podrían disputar ese lugar, como Manuel Puig o incluso Julio Cortázar hasta hace algunos años.
– B.S: Creo que las discusiones sobre el canon para ser interesantes tienen que ser conflictivas. Tienen que ser pequeños enfrentamientos estéticos y deben incorporar un elemento disruptivo sobre la forma en que se organiza el canon. Por eso, acepto que mi postura también es discutible. Alguien podría colocar en el mismo lugar que yo pongo a Saer a otros escritores como Puig, Aira o Fowgill, que están en el último tercio del siglo XX. Esa diversidad es lo que hace interesante la polémica. Yo por ejemplo no pondría en esa línea a Cortázar, pero me resultaría interesante discutir con quien sostenga que “Rayuela” es la novela que marca una línea. Es una novela de 1963, el mismo año que Saer publica “En la zona”. Hace treinta años sin duda esta continuidad de Borges a Cortázar se hubiera visto como natural porque todavía no había sido leído en gran medida Saer en tanto que Fowgill y Aira no eran ni remotamente conocidos. Creo que de todas maneras “Rayuela” sigue cumpliendo una función literaria fundamental que está ligada a la iniciación.
– T: La obra de Saer empezó a leerse tardíamente. De hecho hasta mediados de los 80 era un escritor casi desconocido ¿La incidencia de Cortázar y acaso Puig obturó su circulación?
– B.S: Saer publicó “Responso” a través de Jorge Álvarez en el momento en que este editor lograba que hubiera ruido periodístico y literario alrededor de todos los libros que publicaba. Incluso algunos que hoy casi no se conocen. Pero él no logró una sola repercusión con “Responso”: ni una entrevista periodística. Apenas una nota más bien escéptica en Primera Plana o en Confirmado. Creo que Saer no tiene modo de incidir sobre el campo literario argentino. No es un escritor que escriba textos que lleven al lector a leer su obra, a la manera de Borges o de Piglia, es decir, autores que les explican a los lectores cómo leer sus obras. Por otra parte no es un escritor que tenga los rasgos de Puig, portador de un tipo de discurso literario que le facilita la llegada a un público más amplio. Si juntamos esos elementos -que nunca publique en el momento exacto en que tiene que publicar, sumado a la marginalidad que le da París a un no consagrado como él- tenemos las razones de su circulación tardía.

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