Pasar un invierno que pinta como duradero…

Señor Director:
Está en mi memoria la frase “hay que pasar el invierno” que escuché medio siglo atrás de un ministro nacional de Economía.
Se fijó en la memoria no sé si por lo que sugiere o por la habilidad para presentar un tema complejo en un medio de comunicación que entonces estaba en sus comienzos, la televisión. El “invierno” de Alsogaray no resultó ser el que discurría en ese momento. Resultó mucho más extenso y englobó años, cada uno de ellos con sus cuatro estaciones solamente nominales.

Finalmente, al ir acumulando datos sobre la historia de la economía argentina, advertí que la frase no estaba ceñida a un invierno determinado, sino que daba expresión a un mal crónico, aunque no exclusivo, pues dicha historia muestra que si nuestras primaveras económicas son breves, los inviernos son largos, pesados y recurrentes.

Primaveras para pocos e inviernos para los más.

El momento actual puede ser pensado como retorno del invierno. También puede ser descripto como un otoño durante el cual se deben definir ahora los rasgos que tendrá esta etapa al parecer ineludible para un país que, como el nuestro, ha sido bien dotado por la naturaleza pero que no termina de encontrar la manera de desarrollar sus recursos según su propia conveniencia. La Argentina sigue condicionada por su origen colonial, del cual nunca hemos emergido en cuanto a capacidad continuada y operante para desarrollos autónomos. Los gobernantes de estos días dicen que debemos aceptarnos como parte del mundo tal y como está configurado, con la oferta implícita de acceso a las primaveras de las naciones desarrolladas del norte en condición de turistas, aunque esta vacación esté al alcance de los pocos.
La idea de “pasar el invierno” reapareció en mi memoria cuando, el pasado jueves, leía la crónica sobre una reunión entre el gobernador y el intendente de Santa Rosa. La propuesta para las provincias vuelve a ser la de que “hay que pasar el invierno”, bien que aceptándolo como estación anual, ya sin ponerse a fantasear con primaveras imposibles. Dado que el gobernador propone buscar fórmulas de salida de invierno eterno y creciente enfriamiento (ríos que ya no llegan a nuestra zona de extrema aridez, en contraste con espacios cada vez más acosados por aguas propias y ajenas y con una capital que soporta el riesgo de una “veneciación” sin góndolas ni cantantes alegres, mientras que en la mayoría si no en todas las demás provincias, quienes gobiernan deben buscar abrirse al mundo, que en este caso es el de quienes gobiernan la nación, en las condiciones que éstos proponen, tal como hacen las potencias del norte para aceptar a las naciones que tienen la tozudez de pretender la integración en términos de equidad y no de sometimiento. La ventaja relativa y momentánea de La Pampa que permite que tengamos un gobernador que a veces enfatiza su voz (lo que desde nación es percibido como grito propio de peleador) porque conduce una provincia que no ha llegado a esta etapa invernal endeudada con nación, como sucede con los otros distritos, incluso el muy poderoso Buenos Aires. Al no haberse endeudado ni con la nación ni con los prestamistas externos La Pampa puede, llegado el caso, levantar la voz, suceso que en un ambiente de tonos bajos, susurros y silencios que aparenten traducir un espíritu de rebeldía, parecen ser percibidos como gritos destemplados por los muy delicados o bien entrenados oídos de nación.
Lo que se llega a pensar al observar tanto la realidad internacional (con un norte poderoso, que no tolera “gritos”) y la realidad nacional de inviernos recurrentes con tendencia a constituirse en alternativa única y con oídos muy delicados, es que el invierno que “hay que pasar” se reproduce en escala: lo que nación acepta de tal norte y lo que la nación impone o trata de imponer, subordinando a las provincias. Algo así como una ley de gallinero con zorro que señorea.
Atentamente:
Jotavé