Recuerdos de guerra: volver a Malvinas

La semana anterior la Legislatura, a instancias del diputado Ricardo Consiglio, lo homenajeó y él hombre revivió a pura emoción esa experiencia que, obviamente, lo acompaña todo el tiempo de su vida.
Se quedó allí, en lo alto de esa colina en la que había estado 34 años atrás… esperando. Desde allí podía ver el monte Longdon, y aguardaba, concentrada su mirada allá a lo lejos, pensando en escuchar en cualquier momento el zumbido de los aviones, el ruido de los helicópteros, el estruendo de la metralla, y el tronar de las bombas estallando por allí nomás.
José Luis Lazarte, quien fuera soldado de Comunicaciones, tiene ahora
54 años, y puede evocar cada instante del horror… En 1982 era nada más que un chico de 19 años que sabía que, en cualquier momento, una bala, una esquirla, un disparo perdido podía impactarlo, a él o algunos de sus compañeros.
Entorna apenas los ojos y puede recordarlo todo con exactitud… ha vuelto a Malvinas y allí, en medio de la isla Soledad puede sentir ahora, otra vez, el viento gélido golpeándolo en la cara… como antes, como entonces. Y llora, simplemente llora… siente que las lágrimas bajan por sus mejillas, y no quiere dejar de hacerlo… es como una catarsis que siente necesaria. Y llora… en silencio. Llora…
María Cristina, comprensiva, lo ha dejado convenientemente solo para
que el hombre se reencuentre con sus recuerdos.

La causa de Malvinas.
Hoy viviendo en la casi bucólica localidad de General Campos, José Luis no puede, en ningún momento, sustraerse a los recuerdos… casi podría decirse que no quiere, porque es la mejor consideración que puede tener para aquellos 649 héroes caídos en Malvinas, y para los muchos otros que, después que el conflicto terminó, no supieron qué hacer de sus vidas, y que carentes de toda contención con el tiempo tomaron una trágica determinación. Por eso José Luis sabe que debe mantener viva la llama de la causa de Malvinas, es su deber,
su obligación moral. Como ex combatiente, como un argentino que supo del pavor de la conflagración en una de las épocas más oscuras de nuestra historia. Afortunadamente puede contarlo, y todos los días a su manera les rinde homenaje a sus camaradas de armas que ya no están.
Casado con María Cristina Michel, quien lo acompañó en esta excursión -el regreso a las islas, 34 años después, junto a otra media decena de combatientes con los que compartió el escuadrón-, tienen dos hijos: Valeria Soledad (25) empleada de comercio, y Leonardo Daniel (22), que estudia profesorado de educación física en Bahía Blanca.

Antes de la guerra.
Nacido en Capital Federal, en la zona de Palermo, José Luis cuenta con ganas, detalles de su vida de antes de la guerra. “Mi viejo se llama Héctor Osvaldo, bien porteño era electricista de autos, y mi mamá Sabina González”, los menciona.
José Luis había conseguido trabajo en una sastrería de San Miguel, cuando le llegó la citación para hacer el servicio militar. Él tenía claro lo que gustaría hacer, y fue destinado a Córdoba, a formar parte de la brigada de paracaidistas. “¿Tirarse en paracaídas? Lo disfrutás, venís como flotando… miedo, no. Al principio, en los primeros saltos un poco de adrenalina, pero nada más”, cuenta esa experiencia.

El conflicto con Gran Bretaña.
De pronto lo que era la “colimba” se transformó en algo mucho más serio… Se desató el conflicto con Gran Bretaña, y todo empezó a complicarse. Empezaron los entrenamientos, los aprestos, y cuando se produjo el desembarco argentino en Malvinas pensaban, todavía, que sería un episodio que concluiría en cuanto se produjera la intervención de la ONU. A esa edad, con menos de 20 años, a nadie se le ocurría que podían ir a la guerra. “Era todo joda… pensábamos se iba a solucionar, hasta que nos dijeron que íbamos a Comodoro Rivadavia… la unidad completa iba a ir a Malvinas, pero yo no estaba en la lista… me puse mal, hablé con un teniente coronel, lloré, y creo que le toqué el corazón: me incluyeron. Éramos más de 300 soldados que viajábamos en un Boing sin asientos, sentados en el piso, y en medio del avión los cañones y los jeep”, se retrotrae.
“Cuando llegamos a Puerto Argentino todavía pensábamos que no iba a pasar nada… Llegamos a mediodía y nos recibió un clima hostil, ventoso, y así tuvimos que armar el vivac (campamento) en cercanías del aeropuerto y del mar. Por unas horas estuvimos tranquilos, pero en algún momento a alguien se le ocurrió gritar que atacaban la playa. Fue una falsa alarma pero ahí medio que me dieron ganas de volver, porque tomamos conciencia que iba en serio”, resume.

Empieza la guerra.
En el pueblo los isleños seguían con su ritmo normal, en tanto continuaban los aprestos para los enfrentamientos que se producirían pocos días más tarde. Los soldados argentinos -en tanto la flota inglesa salía de su país-, emplazaban cañones, instalaban líneas de comunicación y cargaban camiones con proyectiles.
Un día tomaron verdadera conciencia que la guerra había comenzado, y ellos eran protagonistas directos de la conflagración. Un ataque aéreo, la aparición de los Sea Harrier, los helicópteros, los Vulcan…
“El primer objetivo de ellos era inutilizar el aeropuerto, destruir la pista, aunque ese primer ataque fracasó”, rememora.
Se había desatado la guerra y ya no iba a parar en esos 74 días de cañonazos, metralla y bombas… “Por las noches eran terribles los ataques navales, porque ellos tenían mucho poder de fuego: tiraban desde 20 kilómetros mar adentro donde nuestros cañones no llegaban. Yo andaba de aquí para allá porque mi misión como integrante de la división Comunicaciones era mantener enlace entre baterías y las posiciones adelantadas. Usábamos teléfonos a magneto, y teníamos que tirar cables. Todos estábamos en peligro porque los aviones bombardeaban, toda la noche se producían disparos de los barcos para no dejarnos descansar y desgastarnos…”, evoca.

La rendición.
En el transcurso de la guerra cambiaron un par de veces de ubicación, la última para sostener una posición sobre el monte Sapper Hill. Eso fue hasta que los británicos desembarcaron en San Carlos, imponiendo su poderío bélico superior “y lograron sobrepasar nuestras líneas. Nuestra unidad tiró hasta la última salva de cañón, y ya no nos quedaba más nada”. Sobrevino la rendición, los hicieron prisioneros “primero en el pueblo, nos llevaron a depósitos de YPF en Puerto Argentino”, hubo que entregar el fusil y posteriormente en una barcaza fueron trasladados hasta el medio del mar, donde esperaba el Camberra, el buque inglés. “En Puerto Madryn nos entregaron a mandos militares argentinos, y sentimos un alivio total… lo peor había pasado. De ahí a Palomar, y en micros de Chevallier con las ventanillas tapadas a Campo de Mayo. Hasta allí fue mi papá, entre un tumulto de gente, para saber si me había tocado volver”, relata.
Increíblemente nadie podía ver a esos muchachos que se habían jugado la vida en Malvinas… Es que sí, hubo en su momento un ocultamiento de los veteranos de guerra.
Más tarde, ya de vuelta en Córdoba recibiría la baja, para volver a la vida civil… José Luis tenía, claro, incertidumbres, pero se encontró con que en la sastrería donde trabajaba le habían guardado el lugar, y volvió a esa galería donde, poco después, iba a conocer al amor de su vida. María Cristina trabajaba precisamente en ese paseo.
Pero, quizás llevado por aquellos meses de miedos, de tensión, y de acción, quiso ingresar en la Policía Federal, y allí estaría 22 años para retirarse con el grado de sargento. “Me gustaba eso, la calle, y además tuve el privilegio de ser custodio del equipo de fútbol de River”, revela y justifica su simpatía por el millonario.

La llegada a La Pampa.
Una hermana de José Luis, Vilma Beatriz, se casó con un pampeano y se vino a vivir a General Campos. Más tarde lo harían sus padres, luego su hermano Osvaldo Alejandro, y lo invitaron a José Luis para que dejara Buenos Aires. “Lo pensamos con mi esposa, vimos que era un pueblito tranquilo, y nos decidimos con los hijos chiquitos. Al principio nos costó un poco la adaptación, pero los chicos ya se habían hecho sus amigos, se acostumbraron a que aquí podían andar en bici por la calle, y por suerte decidimos quedarnos. Para siempre”, reafirma por si hiciera falta.
El ex combatiente gozaba de su sueldo de policía retirado, María Cristina consiguió trabajo en una tienda “y su dueña Nuchi Merkel, me preguntó si me animaba a lavar autos… El intendente Mario Roth nos otorgó un microemprendimiento y nos fuimos arreglando en la familia: lavando autos, camiones, camionetas, y ahora también alfombras y tapizados, y tenemos bastante trabajo”, celebra.
Luego resultó adjudicatario de una vivienda -“en Buenos Aires nunca lo hubiese conseguido”, admite-, y se acostumbró a una vida tranquila, sin urgencias. Con todo el tiempo del mundo para seguir perpetuando en su mente aquel tiempo de la guerra.
“Hacía rato que quería volver a Malvinas, pero me resistía a ir con pasaporte… pero cuando por facebook alguien lanzó la invitación lo hablé con mi esposa y nos decidimos… y fue bueno volver a los lugares donde se libraron los combates, a mi posición en Sapper Hill… en esos días lloviznaba, y me parece que eso profundizó los recuerdos”, narra José Luis.
“En un momento lo dejé solo -ahora la que habla es María Cristina- porque quería darle su tiempo… que se saque todos los fantasmas”. Y José Luis, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas no pudo entonces sustraer su mente a aquellos instantes de aviones merodeando los cielos, al zumbido de los helicópteros, el silbar de las balas, el tronar de los cañones… “Miraba el monte Longdon y lloraba… Estaba mal, pero me hizo bien ir”, resume.
En el final señala que no se siente un héroe: “Soy un ex combatiente… héroes son ellos, los que murieron en la guerra. Ellos sí”, concluye.

El reconocimiento, lo mejor.
José Luis y su esposa sacaron en Malvinas miles de fotos. La más extraña en el cementerio de la Virgen de Luján, en la que luego impensadamente apareció un rostro no advertido en principio: “Es uno de mis compañeros caídos en la guerra”, afirma él.
Lazarte reconoce que en La Pampa los ex combatientes son reconocidos, pero no en todos lados es así. Por es en el desfile de hace pocos días tampoco pudo evitar la emoción: “Es que nos podrán llenar de medallas, darnos subsidios, pero lo mejor es el reconocimiento de la gente, y desfilar en Buenos Aires, y ver gente llorar viéndonos pasar es de lo mejor que nos ha pasado”, señala.
Su esposa logró traer de Malvinas un poco de tierra de ese suelo agreste, y la muestra orgullosa en algunos frasquitos. “No se puede sacar nada, y tenía miedo que en la Aduana me la sacaran, pero la fui poniendo en varios pares de medias a las que cubría con otras medias y no se dieron cuenta. Zafamos…”, sonríe sobre su propia picardía.
Obviamente en las Islas vivieron decenas de anécdotas: “Un día entramos a un local de venta de regalos y había una mujer que se llamaba Anne… y recordé que en la guerra fuimos al pueblo a pedir algo de comida y nos atendieron dos hermanas y una se llamaba así. Después mi esposa se animó a preguntarle si tenía una hermana Alice… Anne la llamó y pude saludarlas a ambas. Habían pasado 34 años de aquel momento. ¡Fue increíble!, ¿O no?”, señala José Luis
Hasta el día de hoy cualquier pirotecnia, cualquier explosión, aviva sus recuerdos… “Todos los días me levanto y me acuesto pensando en Malvinas, y siempre evoco el instante más triste: cuando me tocó, con otros soldados, enterrar a dos camaradas… No lo olvidaré nunca”.

Mario Vega