Roald Dahl: el gran autor para chicos

Dahl es el autor de “Los Gremlins” (1943), “Charlie y la fábrica de chocolate” (1964), “Danny, el campeón del mundo” (1975), “¡Que asco de bichos! El Cocodrilo Enorme” (1978),”Cuentos en verso para niños perversos” (1982) y “Matilda” (1988), entre otros.
Sus libros lo presentan mejor que cualquier aproximación biográfica, sus personajes hablan por él: la prodigiosa Matilda, el magnate chocolatero Willie Wonka, los umpalumpa o la abuela de “Las Brujas”, por nombrar algunos de los más recordados.
Su obra fue traducida a 58 idiomas y vendió más de 200 millones de ejemplares en todo el mundo. Desde su muerte en 1990, las ventas de sus libros se incrementaron año tras año. Y del papel saltó a la pantalla grande, con adaptaciones de Tim Burton, Wes Anderson y Steven Spielberg. Incluso su clásico “Charlie y la fábrica de chocolate” tuvo dos versiones cinematográficas, en 1971 y 2005.
No exenta de polémica por acusaciones de discriminación y misoginia, la narrativa del autor nacido un 13 de septiembre de 1916 en Gran Bretaña trastocó la literatura para niños con mundos mágicos y personajes que se resignifican y no pierden vigencia en los lectores de distintas generaciones.

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Su vitalidad también la refleja la reedición a nivel mundial de seis títulos claves a cargo de Alfaguara y el estreno en cines en julio último de “Mi buen amigo gigante”, que en la Argentina vendió casi 500.000 tickets.
La narrativa de Dahl significó además un quiebre en la literatura para niños por la forma en la que hizo pedazos la jerarquía entre niños y adultos, por sus toques de humor negro y sus finales inesperados -como dice a Télam el escritor Fernando de Vedia-, y por el humor en el que dio cuerpo a muchos fantasmas que acechan en la infancia: monstruos, déspotas, violentos, glotones, seres repugnantes y extraordinarios, adultos despreciables.
Más allá de las opiniones acerca de su mirada etnocéntrica -por caso los umpalumpa, una comunidad de pigmeos que el excéntrico Wonka lleva a trabajar a su fábrica a cambio de raciones ilimitadas de cacao-, su obra es valorada como una defensa de la niñez al disparar contra la tiraní­a de los adultos o contra el sistema educativo, como lo hizo en “Matilda”, también adaptada al cine.

No enseña nada y enseña todo.
“Papá sabía que la escuela era monótona y aburrida y no había manera de evitar el aprendizaje de rutina como las tablas de multiplicar. Pero en lugar de recitarlas en forma repetitiva para metérnoslas en nuestros ya aburridos cerebros, las convertía en cantos divertidísimos con ritmo”, recuerda en un texto difundido por la editorial Alfaguara Lucy Dahl, la menor de sus cuatro hijos.
La escritora Ana María Shua le dijo a Télam que Dahl “nos enseñó que la literatura no enseña nada y que al mismo tiempo enseña todo, y que es posible escribir para chicos contando historias en las que los adultos son malos y los niños son los héroes y los que tienen la última palabra. Nos enseñó que la vida siempre termina mal y que sin embargo vale la pena vivirla”.
Una anécdota que confía Lucy Dalh muestra cómo las historias que su padre inventaba en la ficción las trasladaba a la vida familiar: “Papá se aseguraba de que no tuviéramos miedo colgando del techo de nuestra habitación una veintena de ‘bolas de brujas’, bolas de cristal soplado del siglo XVIII de diferentes tamaños y colores, que actuaban como espejos convexos para ahuyentar a cualquier bruja que se acercara a nuestra ventana. Papá nos decía: ‘En el instante en que vea su propio reflejo se va a asustar tanto que va a salir volando bien lejos, más rápido que un abrir y cerrar de ojos`”.
Dahl empezó a escribir luego de ser derribado en combate mientras piloteaba un avión de la Royal Air Force durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la caída, pasó seis meses hospitalizado y allí comenzaron sus primeros textos, reunidos en títulos para adultos como “Volando solo”. Más tarde alternó sus días entre el espionaje y la literatura, hasta finalmente dedicarse de lleno a la narrativa.