Samuel, el gomero, el de los mil amigos

Mario Vega – Hay oficios de antigua data, aunque muchos se han ido esfumando de la mano de los nuevos tiempos. El de gomero -esto es aquellos que se encargan de arreglar gomas de automotores-, es uno que subsiste.
Es un trabajo que, particularmente, siempre me llamó la atención… en los pueblos más pequeños, en parajes alejados a la vera de una ruta cualquiera, y también, obviamente en las ciudades más grandes, siempre habrá una gomería.
En algunos casos un pequeño local -alcanza simplemente con un garage- servirá para montar un comercio para el que siempre parece haber clientela.
Alguna vez de pasada en Puelches he conocido gomeros de oficio -recuerdo por ejemplo a los Antimán, al costado del camino-, y se los puede ver en Santa Isabel, Chacharramendi… o el pueblito más alejado que a uno se le puede ocurrir.
Siempre, en cada lugar, habrá un gomero. Y si, como en mi caso, alguien es medio negado para las tareas manuales -reconozco mi inutilidad en ese sentido-, la existencia de las gomerías servirá para salir de circunstancias dificultosas.

Gomeros de familia.
Algunas familias llevan adelante esa tarea de generación en generación y, por suerte, todas parecen tener trabajo. Conozco a algunos en la ciudad, como los Rodríguez en la calle Salta, o cerca de allí en la Antártida Argentina… Y diría que en cada barrio hay una pequeña gomería.
No sé si es un oficio altamente redituable, pero es evidente que a aquellos vecinos de la ciudad les sirve como medio de vida, y subvenir medianamente las necesidades de sus familias. Unos arreglan pinchaduras, venden alguna que otra cubierta usada, y atienden durante prácticamente todo el día. Otros, además de realizar el auxilio al sitio donde se lo requiera, también emprenden la tarea de vulcanización, con las típicas gomas “recapadas”, aunque parece que en este caso se trabaja cada vez menos.

Samuel, del gomero al bolichero.
Entre tantos gomeros de la ciudad hay uno -y seguramente existirán otros-, que es un verdadero personaje. Es que Samuel, además de tener más de 30 años de trabajo, es una persona sumamente conocida porque -entre otras cosas- supo administrar un boliche muy conocido de la ciudad; y tiene una forma de ser que lo torna en alguien carismático. La sonrisa casi permanente, el chascarrillo siempre a mano, y un don de gentes que lo hacen un tipo querible. Y adosado a su fisonomía esos bigotones que forman parte de su personalidad (¿me pareció a mí, o los tiene más recortados?).
Samuel Resnik (60) es hoy un santarroseño más y pocos sabrán que, en realidad, es nacido en Rivera, provincia de Buenos Aires. Pero… la vida lo va llevando a uno y, en su caso, un día apareció por la capital pampeana: “Llegué detrás de una mujer”, confesará entre mate y mate en su gomería ubicada en Avenida Luro, casi México, a metros nomás de El Mate.
Cuando llegué a su local estaba abocado a armar una goma, pero no lo hacía con algunas herramientas tradicionales que se le conocen aún a muchos que comparten su oficio. Una moderna máquina le favorece el trabajo, y prescinde hoy de la palanca y el martillo de goma con el que golpe a golpe se desarmaba una rueda.

Su familia. Los bigotes.
“¿Una nota a mí? Bueno… si te parece. Una vez me hicieron una para la revista El Fisgón”, dirá mientras señala la pared donde se encuentra pegado aquel reportaje. No se sorprende demasiado por el interés periodístico porque se sabe, de alguna manera, un tipo singular…
“Te decía que nací en Rivera, que mi papá se llamaba Julio, y se dedicaba a tareas rurales, y la vieja es Fanny, que hoy tiene 83 años”, cuenta de entrada. Tiene una hermana fallecida, Cecilia Eva, “y Liliana que es docente, directora de una escuela”.
Casado y separado, su familia la completan su hijo Marcos (26) y su pequeño nieto Luca. “Como el abuelo materno, sin la ‘s’ final. Tiene nada más que dos meses, pero no sabés… por él, por Luca me volví a dejar el bigote”.
¿Qué tiene que ver?, le pregunto… “La verdad es que no sé. Pero nació y dije me dejo otra vez el bigote”. Usó el mostacho de cuando tenía 25 años, “al salir de la colimba hasta que cumplí 50, y ahora otra vez”, agrega como si se tratara de una cábala, o una promesa. Vaya uno a saber…

Perito Agropecuario.
Samuel vivió en el campo hasta los 12 años, e iba naturalmente a una escuela rural. “Completé séptimo en el pueblo, y después el secundario cuatro años en Rivera, después en Coronel Vidal (cerca de Mar del Plata), para terminar “en una hermosa escuela en Miramar, recién inaugurada”.
Más tarde el terciario, que le permitió recibirse de Perito Agropecuario y Técnico Agropecuario y Ganadería. “Sí, te dije que trabajaba en el campo… pero después casi no tuve más que ver con esos estudios”.
El Servicio Militar que hizo como “soldado viejo” -eran los que pedían prórroga por estudios y lo hacían después de terminarlos- en la Policía Militar de Palermo, y el regreso a su pueblo. “Empecé a trabajar primero en la Cooperativa Granjeros Unidos de Rivera; y más tarde en la Cooperativa Eléctrica del pueblo… ¿deportes? no, un poco de fútbol, pero sí colaboraba con la comisión directiva del Club Independiente”. Con esa casaca juega allí Marcos, su hijo: “El domingo pasado lo acompañé a Carro Quemado… y de verdad quedé sorprendido de las instalaciones que tienen ahí. Muy bien, en serio”, completa.

Detrás de una novia.
Samuel cuenta cómo llegó a Santa Rosa: “Me había puesto de novio con una chica que trabajaba en el Banco del Sur, y la trasladaron aquí… así que venía los fines de semana, y me gustó la ciudad. Cuando me volvía a Rivera pasaba por ‘Tobacos’, una whisquería que estaba en la Villa Santillán y me tomaba un trago… ahí conocí a Pepino Caringella”, menciona a la pasada a otro señor que, también, es un verdadero personaje.
“Un día con el Renault 12, en el que iba y venía a Rivera, pinché una goma, y caí a la gomería del Flaco Guzmán, ahí en Argentino Valle y Luro -hoy hay una agencia de venta de autos-, y mientras el hombre trabajaba charlábamos y charlábamos. Me vio interesado y me dice: ‘te vendo la gomería’. Me fui pensando y le conté a mi viejo que me preguntó qué iba a hacer. Lo voy a encarar le contesté, me dijo que le diera para adelante y antes de venir me dio la chequera”.
¿Una chequera? “Sí, con un detalle… no me firmó los cheques; pero igual me sirvieron, eh!”, se ríe con ganas. ¿Los firmó el mismo Samuel? Quizás, pero hace de eso 31 años… En todo caso -si era una trasgresión- ya prescribió…

Un oficio duro.
“Fueron cuatro años que tuvimos abierto las 24 horas. Yo no sabía nada de la cuestión, y durante 10 días aprendí el oficio con el Flaco Guzmán, hasta que me quedé sólo… tuve después un par de empleados y fueron épocas en las que trabajábamos muchísimo… La verdad es que ganaba muy bien. Un día les consiguió una gomería para alquilar a sus empleados -Sabino Navarro, “El Chicato”, fallecido, y otro muchacho-, y siguió por su cuenta.
Después Samuel deambuló por distintos lugares de la ciudad -el taller del Negro Arenas fue uno de esos sitios-, hasta llegar a su actual ubicación: “Llego más o menos a las 9 de la mañana y me voy a las 9 de la noche. No almuerzo, algo livianito aquí nomás pero a la noche sí, me preparo la cena y me tomo un buen vinito”, relata. “No me puedo quejar, siempre tengo trabajo… aunque reconozco que en otras épocas no daba abasto… pero me alcanza para vivir bien”.

El empresario de la noche.
De tanto andar y andar un día le surgió un negocio. “Me fascina la noche”, reconoce sobre una vida de bohemia que sólo parece encontrar refugio en la nocturnidad. “¿Sabés qué pasa? Hay gente piola… los boludos a la noche no salen”, dice con una filosofía tal vez un poco elemental. Porque tendrás que admitir Samuel que, como alguien dice, “los boludos son como las hormigas: surgen en cualquier parte y en cualquier momento”. A la noche, también, hay de todo un poco…
La cuestión es que “Tronco” Méndez alquilaba Piedra Azul -viejo boliche de la ciudad; “y no funcionaba; ¡era una tristeza! No iba nadie. Me ofreció hacerme cargo y lo encaré: empecé a abrir todos los días, menos los lunes, y a través de un convenio con chicos de los colegios Domingo Savio y el María Auxiliadora todo cambió. Estaba siempre lleno, y durante un tiempo fue un éxito. Pero fue hasta que abrió ‘Tobogan’ (otro boliche), y no fue más nadie. No me entregué y le hice cambios, incorporé músicos en vivo -Foreto, El Negro Toledo, el Grupo Oasis, Tachi Gaich-, y otra vez repuntó. Fue entre 1988 y 1992… pero es cierto que la noche gasta. Un día se me ocurrió llevar a mi mujer a que cobrara la entrada y muchos, que hasta ahí entraban gratis, dejaron de ir…”, sonríe comprensivo.

Otra vez a lo suyo.
Un día decidió volver a poner todo el esfuerzo en la gomería y, de alguna manera, alejarse del ambiente de la noche (aunque no del todo). y regresó a cambiar gomas, arreglar un pinchazo, o hacer un auxilio… Muestra sus manos grandes -dicen que los tipos de manos grandes son generosos-, y no quedan dudas sobre la dureza de su trabajo: fuliginosas, ásperas. “Lo que pasa es que antes no usaba guantes… y ahora casi que tampoco…”, se las mira y se ríe.
“Ahora salgo poco de noche… algunos amigos ya no están -la voz le tiembla un poco y mira para otro lado-, y estoy más grande… Sí, es la etapa del sosiego, pero los domingos me junto al mediodía a comer un asado con mis amigos. Pero no jugamos ni al truco… charlamos, contamos anécdotas y los tengo que echar, porque se quedan hasta la noche”, señala.

Un tipo noble.
Me doy cuenta que detrás de ese vozarrón, de algunos modos que lo hacen como alguien que sobrevuela algunas situaciones, este “muchacho” que ya frisa los 60 -“la verdad es que, por suerte, no los siento en ningún lado”, advierte- es un grandulón al que le ganan los sentimientos, aunque pretenda enmascararlo detrás de su presunta ironía. Y… si le gustan Serrat, Sabina, Facundo Cabral; y también el tango, La Gata Varela y Cacho Castaña, muy difícil no resulta deducirlo.
Y agrega Samuel: “A veces me dicen: ‘mirá si la hubieses juntado vos, cuánta tendrías’. Y les digo que, la verdad, la plata no me importa. Me la gasté en lo que quise, nunca faltó nada en mi casa, y para qué la querés… sí lo único que importa es tener salud, que los tuyos estén bien… ¿o no? Te confieso: lo que me gusta es simple, juntarme, contar anécdotas, comerme un buen asado y tomarme un bueno vino… ¿Te parece poco?”. Y no, ¡qué va! También concuerdo conque los placeres de la vida, casi siempre, están en las pequeñas cosas, en las que nos permiten reunirnos con nuestros amigos, disfrutar de momentos con la gente que uno quiere. ¡Qué va a ser poco!

Entre anécdotas y amigos.
Alguna vez Samuel incursionó en la política. “No es que tenga algo contra el peronismo, pero después de votar por primera vez en el’73 no me gustó lo que vi, y cuando apareció (Raúl) Alfonsín le hice la campaña en el partido de Adolfo Alsina”, rememora.
Fueron seis meses alejado de todo, “imagináte lo contento que estaba mi papá, que ni aparecía por el campo”, agrega. “¡Que país tenemos… si se dejaran de robar un poquito”, reflexiona.
Hoy dice que ve “las cosas difíciles” en Argentina; que “en la provincia algunas cosas se hacen mal. A quién se le ocurre la ciudad judicial ahí, a metros de una laguna; y Santa Rosa… ¡tiene una tristeza! Pero no es culpa de este chico (se refiere al intendente), sino producto de décadas de no hacer”, completa.
Cuenta algunas anécdotas: “Claro, para muchas mujeres yo era el atorrante porque sus maridos me usaban como escudo. Una vez ‘El Chinai’ (otro personaje) y unos amigos se pelearon y uno perdió el diente de oro. ‘¿Dónde está el diente?’, le preguntaba la mujer, y no tuvieron mejor idea que decirle que lo habían dejado en la gomería para pagar un arreglo. Al otro día preguntó en la gomería y claro, yo no sabía nada”, vuelve a reír.
Otro amigo le dijo a la esposa que Samuel “lo obligaba” a quedarse hasta el final, “y llegaba a mediodía a su casa porque en realidad se quedaba dormido con una mina…”, evoca.
En el final Samuel, el gomero, no quiere dejar de mencionar a algunos amigos “que se fueron: Kity Inaudi, Lalo Errecalde, El Rusito Frank, Repollo Richi, Guille Gallego… los extraño mucho”, y la mirada se le turba.