Santa Rosa, la ciudad con 75 mil perros

UN PROBLEMA SIN SOLUCION POR LA CANTIDAD DE CANES CALLEJEROS

“¡Por favor, ayúdenme!”. La mujer, trémula, aterrada, paralizada, pidió socorro a un par de jóvenes que caminaban por la céntrica esquina y éstos, solícitos, le prestaron ayuda. Uno de ellos se acercó, le habló al perro y logró que se apaciguara… la señora, dio un respingo y recompuesta agradeció la ayuda. No es un relato fantasioso de un pequeño incidente callejero, sino la narración de una escena que duró unos segundos, y que es una fiel postal de lo que está sucediendo recurrentemente en la ciudad.
Santa Rosa, ciudad de los perros, no es una frase antojadiza. Dicen los que dicen saber que hay aquí unos 75 mil canes diseminados en los barrios, y también en el centro, donde en los últimos meses se puede advertir una proliferación importante de perros merodeadores.
Vagabundean por las calles y veredas buscando algo para comer, y también algún espacio donde el frío no pegue tan fuerte en estos tiempos en que el invierno está a la vuelta de la esquina.
Alguna vez se ha comentado en estas columnas que, en los barrios, se diseminan ejemplares de todas las clases, muchos de los cuales aún cuando tienen dueños permanecen en las arterias. Esos animales suelen actuar como defensores de sus espacios -las veredas y viviendas de sus propietarios-, dificultando el transitar de los caminantes; pero otros directamente son perros que permanecen en la vía pública, que no parecieran tener tutores pero que se alimentan de lo que los vecinos les acercan.

Peligrosos.
Hay de todas las especies: grandes, medianos y chicos. Algunos verdaderos mastines que disuaden al más temerario como para poner cierta distancia, o adoptar determinadas precauciones. Lo que es más, aparecen sueltos dogos -animales de caza que algunos consideran domésticos, pero que otros sostienen son peligrosos y, se sabe, han atacado a desprevenidos caminantes-, lo que desaconseja transitar determinadas arterias si uno se mueve a pié, en bicicleta o aún en moto.
Pero, volviendo, en el centro de la ciudad, se han tornado parte del paisaje. Los hay en cercanías de bares y restoranes, donde pueden encontrar una ración de comida; pero también diseminados por las calles correteando tras los vehículos, jugueteando, pero resultando en algunos casos un obstáculo más en un tránsito de por sí desordenado.
En la terminal de ómnibus, en medio del gentío que se concentra por las noches para abordar los distintos servicios de micros, los perros se ladran desafiantes y, alguna vez, llegan a cruzarse en alguna pelea que espanta a los pasajeros que esperan. Un riesgo sobre el que nadie actúa.
Cada tanto se tiran y dormitan en las veredas, justo al paso de la gente, con la eventualidad de ser pisados por algún caminante (y que reaccionen en consecuencia).
De tanto en tanto algunos se muestran más agresivos, y como en el caso de la señora del principio alguien pasa un mal trago; cuando no resulta atacado y mordido. Sucede a veces con personas que demuestran cierto temor ante la presencia de los perros.

perrospelea

Qué hacer con perros callejeros.
La pregunta del millón es saber qué hacer con esos animales que permanecen sin control alguno en la vía pública. Algunos -Rita Soublé de Apani, y Carolina Gambuli de Vida Animal-, sostienen que el camino más adecuado para el control es la castración, que realizan algunas organizaciones no gubernamentales.
La cuestión es qué pasa con los perros sueltos en las calles, y sobre esto no parece haber alguna determinación precisa, porque el municipio por ahora pareciera permanecer inconmovible ante la realidad que cualquiera puede ver. En algún tiempo el Departamento Zoonosis tenía un lugar para retirar los perros callejeros (con sus respectivos caniles), pero hoy no pareciera que esa tarea se esté llevando adelante.
¿La famosa “perrera” -la que enlazaba los animales para retirarlos de la vía pública- alguien la vio alguna vez? En realidad, salvo que haga esa tarea por las noches, muy tarde, podría considerarse que pertenece más al imaginario popular que a su verdadera existencia. Ahora, si se retiraran los animales de la vía pública, con qué sentido se haría.
Las ONG’s que se encargan de los perros abandonados en la vía pública, descartan la supresión como método de control de la población canina, y todo indica que no es aconsejable ni necesaria una práctica tan inhumana. Aunque nadie ignora que, en algún tiempo, hubo eutanasia que se practicaba en forma silenciosa y, lo que es peor, ha aparecido algún perturbado que consideró que el envenenamiento era una vía para eliminar los perros que andan en la calle. Una verdadera y peligrosa locura.
¿Qué hacer? Las autoridades municipales, como si no tuvieran de qué ocuparse en estos tiempos, tienen una cuestión más que atender en la ciudad: los perros vagabundos.

Ordenanza municipal
En la municipalidad capitalina hay una ordenanza de 2006 referente a los perros. Plantea en forma integral el tratamiento y abordaje de los animales en la vía pública y hasta contempla el proceder de aquellos propietarios de “mascotas agresivas”. El problema sería que la mayoría de su articulado no está regulado. Fue promulgada en tiempos de Néstor Alcala. La preocupación por estos días recae en la cantidad de denuncias por agresiones y hasta muertes, provocadas por animales de gran porte y hasta condenas efectivas en otros puntos del país, por ataques con lesiones de este tipo de mascotas.

Responsabilidad de los dueños
Hace algunas semanas se conoció que el propietario de un perro pitbull, que mordió y provocó la muerte de un niño de dos años, en la localidad bonaerense de Alejandro Korn, fue condenado a 8 años de cárcel acusado de “homicidio con dolo eventual”.

Un fallo inédito, y que obviamente sienta jurisprudencia para futuros procesos judiciales similares, la adoptó el Tribunal Oral en lo Criminal 4 (TOC 4) de La Plata.
Alguna vez, en el parque recreativo Don Tomás, hemos asistido a una escena tremenda: un pitbull atacó y destrozó a otro animalito más pequeño, ante la mirada aterrada de quienes circulaban por allí; y sin que el propietario del mastín atacante pudiera hacer nada por evitarlo.
En ese caso fue otro animalito que murió, y obviamente resultó una circunstancia muy cruel, cuando el perro de mayor porte iba sin bozal y escapó del control de su propietario.
Fue feroz la agresión a otro animal, aunque no se conoció que hubiera denuncia por eso, considerando que los actos de un perro y sus consecuencias son responsabilidad de su dueño. ¿Y si hubiera atacado a una persona? Tranquilamente podría haber ocurrido.
Quienes les temen creen que esos animales pertenecientes a razas potencialmente peligrosas no deben andar en la vía pública, ni aún acompañados de sus dueños. Si bien éstos, de cumplir determinadas normativas (llevarlos con correa, por ejemplo), podrían tener más posibilidades de no ser considerados culpables en caso de embestidas.
Las agresiones de perros son más habituales de lo que se cree, y la proliferación de los callejeros, sin dudas, no hace más que aumentar los riesgos.

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