Se quemó el depósito de una tapicería

ALARMA POR UN INCENDIO EN EL CENTRO DE LA CIUDAD

Más de un centenar de personas asistió ayer a la esquina de Gil y O’Higgins para ver trabajar a los bomberos que apagaban el fuego en el depósito de la tapicería Impacto. Es la segunda vez que Walter Bajo es víctima de un incendio.
“Que manden todos los camiones regadores, rápido”. Las palabras de Enzo Ojeda, subjefe de Bomberos, indicaban que el incendio que se desató ayer por la tarde en el depósito de la tapicería Impacto (O’Higgins y Coronel Gil) era para preocuparse: el reloj marcaba las 16.30 y en el local vecino, una sedería, cientos de rollos de tela podrían reducirse a cenizas. Mucho peor si las llamas llegaban hasta la puerta de la Asistencia Pública, a escasos 30 metros del foco, o si eran arrastradas por el viento hacia el edificio de tres pisos pegado a la construcción. Algo dejó tranquilo a Ojeda, no había muertos, ni atrapados, ni personas quemadas. Solo uno de los empleados de Impacto fue trasladado al hospital por haber inhalado humo tóxico.
Quince minutos después de la orden del subjefe, llegaron dos autobombas y cinco camiones regadores. Una tercera autobomba de Defensa Civil, más preparada para correr el Rally Dakar que para circular por el centro de la ciudad, también se acercó para colaborar.
El depósito del local, una construcción vieja de casi 10 metros por 6, estaba repleto de materiales altamente inflamables con los que habitualmente rellenan los tapizados. A eso, a la composición plástica de los insumos, se debió el color de la columna de humo, negro espeso, que se levantaba como un hongo en pleno centro y generaba la curiosidad de vecinos.
“Uno de los empleados estaba soldando algo en el depósito. Se ve que las chispas cayeron sobre el polietileno y se prendió todo”, dijo un policía que cortaba el tránsito y ordenaba a los curiosos dejar libres las calles para que las autobombas pudieran circular.
Los materiales descritos anteriormente dificultaron la labor de los brigadistas que debieron luchar contra las lenguas de fuego que salían por las aberturas. En un momento, quizás 20 minutos después de haberse desatado el incendio, la estructura de madera que sostenía las chapas cedió y el techo se desplomó por completo. Fue entonces cuando una gran voluta emergió de la construcción, obligando a los bomberos a alejarse.
Casi una hora y media tardaron en apagarlo por completo y se dispusieron a realizar las pericias. El ministro de Seguridad y el jefe de la Policía de La Pampa pasaron por el lugar para seguir de cerca la labor de los brigadistas.

INCENDIO02

Repetida.
El dueño de Impacto es Walter Bajo, un tapicero oriundo de Pehuajó que llegó a Santa Rosa en 1982 corrido por una tragedia casi igual, casi repetida, que hace 35 años lo dejó sin nada. En 1981, en Trenque Lauquen, un incendio devoró en pocos minutos su casa, la tapicería familiar y una fábrica de juegos de living que tenía nueve empleados: el compresor del sector de ventas que estaba en marcha largas horas, provocó el recalentamiento de los cables de la instalación eléctrica y causó la quema del cielo raso. Una lluvia de brasas cayó encima de 120 sillones recientemente restaurados y preparados para cargar al día siguiente. Los empleados y su jefe salvaron su vida pero perdieron todas sus cosas, sumergiéndose en una profunda resignación.
“Todo empezó a arder, los sillones se quemaron por completo, y las vidrieras estallaron. No tenía seguro, tuve que pagarle a mis empleados para que dejaran de trabajar, y perdí hasta mi casa. Fue una especie de muerte, un momento muy duro, nada fácil, pero tenía que empezar de nuevo, no me podía entregar. Estábamos realmente muy bien, con mi mujer y mis hijos, y de repente todo se fue, me quedé sin nada”, contó Bajo, en mayo de 2011, a LA ARENA en un artículo en el que repasó su vida. Ayer, un cronista de este diario intentó hablar con el dueño de la tapicería, pero el hombre se había retirado del lugar, muy afectado anímicamente por el siniestro.

Quejas.
Luego de la preocupación vinieron las quejas. “Yo les había anunciado que podía pasar algo así, que no podían tener todo ese plástico acumulado ahí, que era un peligro. Incluso llamé alguna vez a la Municipalidad porque había un montículo de basura acumulado el fondo del patio. De milagro que el fuego no se metió en mi negocio”, dijo ayer el propietario de la sedería lindante a Impacto. Y agregó: “El calor hizo estallar el vidrio de un ventiluz. También afectó el aire acondicionado y la membrana del techo”.