El tango resurge en las milongas pampeanas

Tres minutos de amor. Aislarse por completo del mundo. De esta manera, los tangueros definen el momento en que se abrazan para bailar bajo las luces tenues y la bruma reflejada en las paredes de los salones urbanos.
Las milongas florecieron en Santa Rosa y el resto de la provincia. Y no es fortuito. Sino que refleja el esfuerzo mancomunado de músicos, bailarines y gestores que reman a contracorriente cada año para motivar el arte de no morir.
“El movimiento tanguero en Santa Rosa está lindo, de a poco toma color y se está convirtiendo en un hábito salir a bailar tango”, dice Daniel Ubaldegaray, pionero, junto a Oscar Schneider, en la organización de milongas en la capital pampeana.
Daniel nació en Capital Federal, es peluquero, en la década del 70 se mudó a Santa Rosa.
“Cuando llegué me daba cuenta que mucha gente necesitaba un lugar para bailar tango”, sostiene al comparar que “cuando el bichito te pica no se te va más”.

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Recuerda que por aquellos años eran dos o tres locos amantes del tango en la permanente búsqueda de un espacio para esta ciudad. Y fue así como indagó, viajó a su terruño natal y soñó con transformar la capital pampeana en un espacio del dos por cuatro.
Pasaron varios años y no había milongas continuas sino talleres o lugares donde, de vez en cuando, algunos soñadores se juntaban a bailar.
La idea de Daniel prosperó en su ilusión. Y así fue que, junto a Schneider, decidió crear en junio del 2009 la primera milonga de Santa Rosa denominada Berretín La Milonga. Ocurrió en un salón de fiestas de la calle Raúl B. Díaz, donde los organizadores tenían que pedirle las sillas prestadas a los vecinos.
Fue en ese salón donde se propagó la magia. Las primeras grabaciones comenzaron a sonar y las parejas de a poco se unieron en sus abrazos primerizos. A partir de ese momento, el movimiento no paró más. Los milongueros comenzaron a viajar por todo el interior provincial para dar a conocer su iniciativa. Los bailes tomaron forma y, de a poco, intercambiaron sus pasos en pistas tan disímiles como maravillosas.

Casa de tango.
Según los registros históricos, una milonga se define como un encuentro social. Dura varias horas y se divide por tandas. El musicalizador difunde cuatro canciones de una misma orquesta y corta con piezas que pueden ser totalmente distintas como un vals, un folclore o hasta una cumbia o un cuarteto.
Los tangueros definen que el corte les comunica a los bailarines que se preparen para la tanda siguiente que será también de una misma orquesta. Los bailarines van en ronda, en sentido contrario a las agujas del reloj, evitando chocarse con las demás parejas. Ellos toman a ellas y mantienen los ojos firmes mientras las mujeres apagan sus párpados dominadas por la melodía.
En la actualidad Santa Rosa cuenta con dos milongas: Campo Afuera y Magoya. Se llevan a cabo una vez por mes. General Pico, en cambio, tiene una denominada Molino Tango, todos los viernes, a la noche, en una casa ubicada en el barrio El Molino y cuyo fundador es Ricardo Rosales.
“Transformé mi casa en la casa del tango. Mi casa se llama El Molino Tango”, afirma Rosales, saco gris, pelo corto y postura segura. Su hogar, a decir de los piquenses, es el hogar del tango literalmente donde se dictan clases, seminarios y realizan las milongas semanales.
“Bailo tango hace 17 años, me picó el bicho y nunca más paré”, coincide.
Para el hombre, el tango, en esta provincia, nació en Pico. Afirma que, la segunda ciudad pampeana, es conocida como General Milonga; recuerda la visita de Carlos Gardel.
Los ojos de Ricardo esbozan lágrimas tímidas al asegurar que con el correr de los años el tango se perdió un poco en la ciudad norteña.
“Ahora estamos naciendo, de a poco, porque cuesta, pero tenemos esperanza”, sostiene.
Los bailarines que asisten a las milongas en General Pico tienen más de 30 años y, por lo general, son parejas empeñadas en no perder el recuerdo, la nostalgia y la pasión.
“Hace un año empezamos con Molino Tango, con el boca a boca, de a poco fue creciendo y ahora estamos viendo un poco más de gente joven”, completa el hombre para quien el tango es sobre todo aprender a relacionarse con el otro.

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Raíces que tiran.
Miércoles a la noche. En el bar, llamado El social, sobre la calle Alvear, se lleva a cabo el tradicional Encuentro de tango. Llueve y el agua no opaca la intención de los bailarines que, de a poco, van llegando, sonrisa en su rostro, y ojos firmes en la pista aún vacía.
Los tangueros definen que un encuentro de tango es un momento donde únicamente se baila tango sin cortes como en la milonga.
A Liliana Martínez le dicen la gallega. Cuenta que hace 10 años se fue a vivir a España donde concurría a distintos eventos. “Los españoles me preguntaban de dónde era, les decía de Argentina, y enseguida me volvían a preguntar si sabía bailar tango, yo les respondía que no sabía, y fue como un presagio que algo me estaba perdiendo”, dice la mujer.
Recuerda que empezó por nostalgia. En Europa, lejos de los suyos, prefirió estar cerca. La manera más real era aprender el tango. Y, a fuerza de perseverancia, de concurrir durante años a varias academias, aprendió lo básico.
Pero el país tiró. Regresó a su terruño natal con la deuda pendiente.
“Volví a tomar clases, hice el profesorado, me recibí, hoy doy clases, voy a todas las milongas, estoy feliz”, resalta la docente.

Abandonarlo todo.
Cristian Mendoza tiene poco más de cuarenta años y es oriundo de Puerto Madryn. Todos sus años en el sur realizó los trabajos más diversos. Como una forma de despejarse, aprendió a bailar el tango. Pero no se dio cuenta que una pasión florecía en sus entrañas.

“Me enamoré perdidamente del tango, fue algo muy fuerte lo que me pasó, decidí dejarlo todo para hacer lo que más me gusta”

Cristian lo abandonó todo. Y determinó enseñar lo aprendido dictando seminarios por el país. Comenzó a viajar, a dar talleres y cursos.
Contactó referentes santarroseños para dar clases en esta ciudad. Y llegó a Santa Rosa. Pero no como una de las tantas ciudades visitadas.
“El año pasado vine, de casualidad, a Santa Rosa, di clases y no me fui nunca más”, afirma.
Cristian dicta clases a novatos y expertos. Conoció a Lorena, su actual pareja, otra tanguera, y hoy atraviesa sus días comunicando lo que ama con locura.
“Mi ideal es que todos los argentinos aprendamos a bailar el tango”, dice apoyando sus brazos en las piernas cruzadas.
Lorena agrega que arrancó hace varios años a tomar clases y hoy es ella quien las dicta junto a Cristian. “Siempre quiero bailar, llueva o truene”, acota.

Cualquiera puede bailar.
El cielo permanece templado. El frío recrudece un poco menos que los días anteriores. La medianoche del sábado cae despacio como el escenario vivo. El salón se apresta para la milonga. Comienza Campo Afuera.
Los hombres van entrando seguros al salón. La mayoría de saco, camisa y pantalón largo negro haciendo juego con la oscuridad de la noche. Las mujeres entran minutos después.
Todos se conocen. Se saludan, recuerdan entre risas anécdotas y caminan por los rincones a la espera de la música que los transporte. La particularidad radica en que, en esta milonga, denominada De Ida y Vuelta, no hay solo santarroseños.
Los organizadores coinciden que debido a la reciente visita de tangueros santarroseños a General Pico ahora toca la devolución. El reducto se llenó de santarroseños y de piquenses unificados con la misma intención… bailar hasta el amanecer.

No dejar de soñar.
De repente, como rompiendo el silencio, nace Darienzo en Campo Afuera. La música suena y retumba como el motor motivador. El salón se despeja. Las mesas se corren. El mismo bar es el espacio elegido por los organizadores.
Segundos después, los matrimonios, hombres y mujeres mayores, adultos, y jóvenes, se adueñan de la pista. Cada uno en su mundo. Cada uno con su pareja elongando su cuerpo en pasos complejos y estéticamente únicos.
La luz baja. La barra se llena. Las mesas también. Hay bailarines, cantores, artistas, y público que, por primera vez, acude a un lugar para ellos inimaginado.
Ana Dubié es estudiante de Historia y una de las principales gestoras de la milonga en la Universidad Nacional de La Pampa. Organizó el Primer Festival Nacional de Tango “Nido Gaucho”, desarrollado el año pasado en Santa Rosa como así también del llamado “Chocolate Milonguero” y de “La milonguita”, iniciativas destinadas sobre todo al público más joven.
“Muchas personas van a la milonga a ver y después terminan bailando como los mejores”, indica la mujer al añadir que bailar tango es conectarse con uno mismo dejando de pensar en lo que pasa en el resto del mundo. “Solo esa abstracción la consigue el tango”, pondera.
La milonga continúa y parece no detenerse. Aparecen los cortes. Suenan las canciones de Gilda, Ricky Martín y hasta un folclore que algunos tangueros se animan a bailar pañuelos blancos en alto para dividir las tandas.
Los mayores, en cambio, se sientan. Aparecen en sus rostros los recuerdos de tiempos añorados. Reflotan los ojos melancólicos. Alguna que otra mirada perdida.
Pero, enseguida, todos se levantan de nuevo al epicentro de la velada. La pista está repleta otra vez. Suena Troilo.
Pasan las horas. Y la noche cae paulatina mientras los bailarines dibujan el paisaje de un mundo apartado del mundo. Un universo que resiste la muerte pese a los tiempos que corren.
La milonga termina. Todos se saludan. Al mediodía siguiente los volverá a congregar el asado campero tradicional para no parar ni un minuto de soñar.

Alexis Daurelio
Periodista

 

·Portada: Daniel Alvarez fotografió a Yanina Rolero Estigarria y Juan Andrés Martín