Un equipo que hace rescate silencioso

En la ciudad de Santa Rosa hay un equipo joven que trabaja en la restitución de derechos con niños y adolescentes. Talleres de oficios, presencia en el barrio y compromiso full time, parecen ser las claves para dibujar nuevos horizontes.
¿Es posible cambiar la trayectoria de una vida? ¿Se puede torcer el destino de un niño que en vez de ir a la escuela pasa sus horas en una esquina cualquiera, con otros pibes, tomando alcohol o consumiendo drogas? ¿Puede un adolescente que ha sido privado de casi todo reconocer sus propios derechos?
“Sí, es posible. No es sencillo pero es posible”, dice Marcelo “el chino” Vélez (52), trabajador desde hace 22 años en el Inaún, el programa provincial que desde hace dos décadas trabaja -principalmente- con niños, niñas y adolescentes en conflicto con la ley o que caminan por el filo de la vulnerabilidad.
“Para poder lograrlo hace falta tiempo, pelear contra la propia ansiedad y por sobre todo tener una propuesta firme. Es imposible hacerle creer a alguien algo en lo que uno no está seguro. El recurso está disponible y nuestra tarea es generar redes. Saber dónde hay que ir para gestionar un documento de identidad, una consulta médica, la castración de un animal, o conseguir una garrafa. Aunque parezca descabellado, hay un montón de gente en la ciudad que no sabe adónde tramitar cada cosa. Hay pibes que rara vez llegan al centro de Santa Rosa. El sistema, el Estado, tiene la responsabilidad de dar una respuesta”, agrega Vélez, el más viejo del programa y al que, sin ser jefe, los demás toman como referente.
La palabra Inaún viene del mapuche y significa “ir juntos”. Quizás el nombre sintetice el espíritu del programa. “Nadie sale solo de ninguna parte”, dice Pablo Dasso, uno de los siete operadores comunitarios que tiene el programa, además del personal técnico (ocho personas, entre psicólogos y asistentes sociales), cinco talleristas, tres administrativos, un chofer.

El trabajo.
La principal herramienta del Inaún son los talleres. Por la mañana y por la tarde, durante cuatro días a la semana, en el edificio de Juan B. Justo y Falucho, se dictan clases de herrería, carpintería, arte, murga, música, cocina, panadería, construcción, diseño de remeras y hasta funciona un consultorio de salud sexual. Casi 200 chicos asisten semanalmente a las diferentes actividades. De esa cantidad, un tercio pasó alguna vez por la comisaría.
Chicos con consumo problemático de drogas, niños y niñas que forman parte de una familia sin sostén, adolescentes que se asoman al ambiente delictivo, violentos y violentados, excluidos de la escuela, con dificultades para aceptar las normas de un sistema que los expulsa, con múltiples derechos vulnerados, víctimas de la violencia institucional y el abuso policial, pequeños seres eyectados de las instituciones, los hospitales y los clubes. Con todos ellos trabaja el Inaún.
“Recibimos informes de la (comisaría) Séptima donde constan las entradas de los pibes. Los nombres se repiten y tu función es salir a buscarlos. Es muy gratificante cuando te das cuenta que el nombre de un chico que viene al Inaún deja de aparecer en las listas”, dice Vélez.

Operadores.
El trabajo de los operadores comunitarios es quizás el más importante del programa. Como cazadores pacíficos, recorren los barrios de la ciudad en bicicleta o caminando, tratando de detectar los lugares adonde el tejido social está roto o próximo a deshilacharse. Si una canchita de fútbol está llena de chicos todo el día, algo está pasando. Los merenderos y comedores son un termómetro, pero la mayoría de los indicios se aprecian en la calle, en las esquinas.
“Afortunadamente este equipo se armó con personal seleccionado. Antes, acá venían los castigados de Casa de Gobierno. Los operadores que están hoy no llegaron por tener un gancho político, no le deben un favor a nadie. Están acá por su perfil y compromiso. Algunos tienen experiencias de militancia territorial y eso los define. Si el mundo no te duele, si el otro no te duele, no podés trabajar acá. Tampoco hay demasiado tiempo de tolerancia para aprender a caminar el barrio. Desde el minuto uno, en Inaún se juega fuerte”, dice Vélez.
“Uno trata de buscar estrategias para que el pibe no deje de venir. Damos talleres a la mañana porque es una forma de cambiarle los horarios, hay chicos que no saben lo que es la mañana. Si es necesario vamos personalmente a buscarlos”, agrega Martín Fritz (33), ingeniero agrónomo, que hace un año se sumó al grupo de operadores.

Cómo es el trabajo.
En los años que lleva funcionando el programa, muchos jóvenes que transitaban caminos oscuros lograron salir adelante. Otros no: en las cárceles pampeanas y en el cementerio hay más de un chico que alguna vez pasó por Inaún. Ante semejante realidad, el interrogante que se abre es crucial: ¿cómo se restituye un derecho, cómo se logra que alguien que ni siquiera es consciente de todo lo que el mundo le ha privado, salga a reclamar lo que le pertenece?
“Uno tiene que pensar que el fracaso es algo cotidiano en los adolescentes con los que tratamos. Son aquellos a los que han echado de todas partes, que se han acostumbrado a que les bajen la persiana. Por eso no podés prometerles algo que no vas a poder cumplir. Lo que se dice se hace. Si invitás a un chico a un taller, tenés que esperarlo en la puerta. Como operador, pienso que si en dos años no se logró una restitución de derechos en esa persona, fracasaste o estás cerca de fracasar”, dice Vélez.
“Volver también es importante. Ver qué pasó con esa persona, preguntarle cómo está, si está contento o no, qué le falta. Eso sirve para evaluar el trabajo, pero también para llegar a más chicos. Porque si a uno le fue bien, en algún momento te manda a otro”, agrega Dasso.
“Nos pagan por trabajar cinco horas por día, pero la verdad es que no despegás nunca. Tu cabeza no para y el teléfono está siempre disponible”, dice Nahuel Benvenuto, profesor de danzas, el operador más joven, con apenas 26 años.
“Hay que tener autocrítica. Preguntarse si lo que estás haciendo sirve. No sirve de nada llenar este lugar de chicos si no podés darle a todos una cobertura. Siempre hay que trabajar de a dos. Para cuidarte, pero sobre todo para tener otra mirada sobre lo que estás haciendo. Como hacen los mormones”, dice Vélez.

La realización.
Todos los años el Centro de Formación Profesional (que funciona en la EPET) asigna 60 bancos para los chicos del Inaún. Allí van a aprender los diferentes oficios que quizás lograrán aplicar como una salida laboral. Si el Inaún en muchos casos reemplaza a la escuela, el Centro de Formación Profesional sería algo así como la universidad. El año pasado el 50 por ciento culminó el cursado y obtuvieron sus diplomas.
“Acá vienen a los talleres, se hacen sus propias cosas. En el de carpintería aprenden a usar las máquinas y con el tiempo se hacen un perchero, una mesa para su casa. Se sienten útiles, capaces. Hay que tratar de devolverle sus derechos pero en la cotidianeidad. En el centro de Formación Profesional completan lo que comenzaron acá”, señala Miguel Rauch (37), operador desde hace 9 años.
“Buscamos que el chico reflexione, revise, repare, y pueda mirarse a sí mismo. Lo que nosotros hacemos es acompañarlos a pararse frente a un espejo”, cerró Vélez.