Un gaucho que prometió y cumplió

Estanislao Delfino prometió que una vez recibido de médico veterinario iba a volver a su casa a caballo. Salió de Río Cuarto un jueves, y tres días y medio después llegó a Huinca Renancó, el pueblo donde vive.
En tiempos en los que abunda la tecnología, y la gente no le saca el ojo de encima al celular, un joven trajo al presente las vivencias y travesías de los viejos gauchos argentinos. “Con mis amigos, mientras estudiábamos, decíamos que cuando nos recibiéramos íbamos a volver a caballo”, contó -entre risas- el joven Estanislao Delfino, de 24 años. Oriundo de la localidad cordobesa de Huinca Renancó, gran parte de su corazón está latiendo siempre en La Pampa, más que nada en el Colegio Agropecuario de Realicó, a la vera de la ruta nacional 35, en el kilómetro 488, donde vivió y estudió durante seis años.
Estanislao es un muchacho amante del campo, de las tradiciones gauchescas y apasionado por los caballos de raza criolla. Una vez recibido del secundario, se fue a estudiar la carrera de Medicina Veterinaria a Río Cuarto y nunca se imaginó que iba a realizar una travesía a caballo desde la ciudad que lo formó como profesional, hasta el pueblo que lo vio crecer.
Finalmente, después de rendir su última materia, cumplió su promesa: “Por suerte la pude hacer, la pude concretar”, manifestó orgulloso, mientras recordaba que tardó tres días y medio en hacer 200 kilómetros sobre el lomo de un caballo.

La previa.
La noche del pasado miércoles 24 de agosto, Estanislao, se reunió con sus amigos y compañeros de estudio para comer un asado. Seguramente de esos bien camperos, como los que está acostumbrado a presenciar en la zona donde vive o en San Luis (suele andar por esos pagos). Fue una despedida especial, porque, la mañana del jueves 25 emprendió su viaje. Salió a cumplir su promesa.
En una charla que mantuvo días previos con sus colegas y amigos, expresó que “al principio les pareció una locura, porque iba sólo, con un solo caballo”, y añadió que “era medio arriesgado por si el caballo se lastimaba o se manqueaba, y no podía terminar con el viaje. Pero por suerte se las aguantó bien”.
El animal en el que realizó el viaje es de raza Criolla, y él, que conoce del tema, aseguró que “tiene una rusticidad que le permite hacer este tipo de trayectos”.

El viaje.
Salió el jueves 25 a la mañana temprano. Con un poncho para abrigarse, una bolsa de dormir, agua y un paquete de galletitas. Para el medio día llegó al parador “La Ensenada”, ubicado entre Olvert y Malena. Allí aprovechó a almorzar, le dio agua al caballo, y después de una hora siguió camino: “Mi objetivo era hacer aproximadamente 50 kilómetros por día, porque los que más saben dicen que esta cantidad de kilómetros es lo que aguanta un caballo”, expresó. Este trayecto principal fue sobre un camino de tierra. Posteriormente pasaría a transitar la banquina de la ruta 35, hasta que en horas de la media tarde llegó a Malena. “Había una estación de servicio abandonada, que tenía un parque atrás y ahí até el caballo, le di agua y, como había cebadilla alta comió bien. Y yo me acosté al aire libre, debajo de una planta, donde me hice una cama con el recado”, comentó, aún sorprendido por lo que había hecho. Recordar la grata experiencia vivida hizo que el muchacho se detenga en un detalle: “La noche estaba tranquila, el cielo estrellado, pero fue terrible, porque te acostás viendo el cielo y te despertás viendo la claridad del amanecer”.
El viernes a la mañana retomó su rumbo hasta llegar a Villa Marcelina, donde la familia de un conocido le dio de comer y lugar para descansar. Para la tarde ya estaba acercándose a la ciudad de Vicuña Mackenna. Allí se encontró con el abuelo de un amigo, “muy buena gente, el abuelo gusta de los caballos así que entablamos una conversación”, manifestó y añadió que “dejé el caballo en su quinta, con ración y agua, y después me llevó a cenar y además me dieron una pieza para dormir”.

Ultimo tramo.
La mañana del sábado volvió a emprender su viaje. Durante el recorrido, ya acercándose a Río Quinto, observó una casita que decía “bar”: “Pensé que ahí iba a poder comer, pero salió un hombre (Raúl) que me dijo que sólo trabajaba ahí y que no era un bar. Igual, me convidó unos mates y yo saqué el paquete de galletitas que tenía”. Una vez que pudo engañar al estómago prosiguió con su viaje. Hizo alrededor de 55 kilómetros, hasta pasar Del Campillo, donde lo esperaba la familia Brown Zabaleta para comer y darle hospedaje. “Eran como las 9 de la noche, y fue muy lindo andar de noche, porque vas por la ruta, ves venir a los autos, algunos te tocan bocina o saludan, y encima hubo veces en que pensé volverme, pero esos saludos me alentaron a seguir”, comentó el joven.
Para el domingo sólo le quedaban 20 kilómetros por recorrer para llegar al “24”, establecimiento donde trabaja su papá. Allí lo esperaban todos con los brazos abiertos, y con un asado, obviamente. “Ahí voy a dejar el caballo, porque hay lugar y alimento, después veré donde lo llevo, y a donde voy a trabajar yo”, dijo Estanislao, entre risas, recordando siempre a las personas que le tendieron una mano en este recorrido y probablemente pensando en lo que será su futuro próximo, mientras por el momento ayuda a un veterinario de la zona en algunos trabajos.

Un equino con historia.
El equino que Estanislao Delfino utilizó para realizar su promesa tiene una historia muy peculiar. “Mientras estudiaba el segundo año trabajé en la cabaña ‘Las Gurizas’, ahí fui a aprender de veterinaria y caballos y, como me preguntaron si sabía domar (él respondió que sí), me lo dieron para que lo amanse”, expresó. Pasadas tres semanas y media de estar trabajando ahí, el dueño de la cabaña le manifestó que “ese caballo te lo llevás” (él debía retomar sus estudios), a lo que respondió “sí, me lo llevo a mi casa”. Claro, el joven creyó que querían que lo termine de domar, pero la intención del dueño, probablemente al ver el cariño que le tenía , fue regalárselo.
“Me regaló el caballo, así, sin problemas. Yo estaba chocho. Lo amansé completo en Huinca y en un camión lo llevé a Río Cuarto, donde un amigo me lo dejó mantener en su quinta”, contó.