Un taller del primer mundo

Armando Urbano solo estudió hasta 6° grado y durante mucho tiempo fue empleado. Hasta que abrió Amuyen Rectificaciones en General Pico y hoy, treinta años después, tiene una empresa que es modelo a nivel internacional.
Su memoria le permite detallar con precisión cirujana fechas, lugares, personas y números. Recorre con tanta pasión su vida de trabajo como la que le genera “hablar de fierros”. Armando Urbano tiene 72 años y asegura que su empresa ya superó los 28.500 motores hechos “desde cero”, una cifra a la que llegó en exactamente 30 años, los que la firma Amuyen Rectificaciones de General Pico cumplirá el próximo jueves 5 de mayo.
Cuando Armando invita a entrar a su taller no hay otra posibilidad que la de deslumbrarse. Un enorme galpón donde hay ruido a hierro y motores, donde hay gente trabajando junto a decenas de máquinas grandes, chicas, medianas, antiguas y de las más tecnológicas. Donde también hay incontables repuestos, como son incontables las historias que Armando cuenta acerca de una empresa que hoy es muy grande pero que, por sobre todo, “sigue siendo esencialmente familiar”.
“Hace unos años, cuando desde Alemania vino la gente de la Mercedes Benz para darnos la estrella internacional, nos reunimos en la oficina y yo les dije que lo único que quería era seguir siendo dueño de Amuyen”, subraya respecto a una empresa cuyos propietarios son cuatro: él, su esposa Mecha y los hijos de ambos, Fernando (44) y Sebastián (41).
Armando Urbano nació en Ingeniero Luiggi. Desde muy chico le gustaron los motores y los autos y un tío le dio las primeras armas cuando lo invitó a trabajar en su taller. A los 15 ya estaba en Pico en una agencia de Ford y de allí pasó a Juan Ferrari e hijos, una rectificadora donde trabajó 18 años.
“Empecé con una máquina de ajustar pernos de pistón, eso fue en septiembre del ’60 y esa máquina sigue siendo hoy número 1 del mundo por la tecnología y precisión que tiene, increíble”, resalta Urbano. Luego pasó a otra rectificadora, Jure Molina, donde trabajó por una década, antes de vender “un autito que tenía, juntar pesito por pesito y comer fideos varios meses” para poder comprar sus primeras herramientas, cuando ya había decidido cumplir su deseo: ser dueño de su propio taller.
Orgullo.
Urbano tuvo una infancia difícil y a los 17 años ya era jefe de familia. No pudo estudiar más allá de sexto grado pero nunca le faltó algo que lo llevó al lugar donde hoy está: confianza en sí mismo y espíritu emprendedor. “Siempre creí en lo que puedo hacer, siempre me tuve confianza, y cuando tomo una decisión no hay vuelta atrás. Solo pude hacer la primaria, pero gracias a mi trabajo pude conocer el mundo y hoy siento un gran orgullo por lo que pude construir junto a mi familia”.
Y lo que construyó es una empresa que da empleo a 80 personas, 12 de los cuales trabajan en los pozos petroleros del sur, donde Petroquímica Comodoro Rivadavia necesita la reparación de los motores de las cigüeñas que extraen el “oro negro” de las entrañas de la tierra.
Amuyen, que es un término mapuche que significa “en camino con otro”, fue elegida hace tiempo por la alemana Mercedes Benz como taller autorizado para la reparación de sus motores. También la gigante Claas, de maquinaria agrícola, la designó como único servicio oficial en el país.
“Tecnológicamente estamos al nivel de cualquier rectificadora de los países centrales. Tuvimos la ventaja de equiparnos mientras no había inconvenientes para el ingreso de maquinaria. Tenemos la política de utilizar equipos de reparación de calidad, que duran muchos años, pero valen mucho dinero”, explicó Armando mientras revela anécdotas de sus viajes a ferias mundiales de motores en Frankfurt, Milán, Amsterdam, Las Vegas o San Pablo.
Amuyen trabaja un 40 por ciento con maquinaria que proviene del área agropecuaria. El resto se divide entre el transporte (25%), la industria petrolera (20%) y los vehículos particulares (15%). “Cuando abrimos junto a mi amigo Alfredo Britos y a mi hijo Fernando la idea era hacer solo tapas de cilindro, pero al poco tiempo me convencieron para hacer el trabajo integral de motores. Hoy llevo 58 años rectificando motores, ya 30 con mi empresa, y el entusiasmo que tengo es el mismo que cuando se abrió la puerta por primera vez”, destaca Armando desde su local en pleno barrio Talleres de Pico, enfrente de la sede del club Ferro Carril Oeste, en la calle 17.

Crédito.
Irreductible a la hora de gastar lo que no tenía o de pedir plata ajena, Urbano recuerda el asombro de los miembros del Directorio del Banco de La Pampa cuando se enteraron, en una visita de varios años atrás, que no tenía préstamos pedidos con la entidad.
“Vinieron acá, en ese momento el presidente del Banco era Oscar Jorge, y no lo podían creer, siempre fui arisco a pedir créditos, pero en un momento queríamos comprar un galpón porque necesitábamos más lugar. Recuerdo que finalmente me convencieron y acordamos un dinero. A la semana mi contadora me avisa que habían depositado casi el doble. ¡Y lo reventamos todo!, compramos el local donde hoy tenemos una sala de capacitación para 35 personas, agrandamos el que ya teníamos y mejoramos varias instalaciones”, recordó Urbano.
Armando recorre y muestra cada rincón de ese taller que no parece un taller. El orden y la limpieza conviven con las máquinas casi de museo y con las de la más alta tecnología posible. Son 30 años de una empresa que hoy es gigante pero que no pierde la filosofía de su creador: un emprendimiento de familia.

Un “lujo” japonés
En un momento de la recorrida por las instalaciones, Urbano invita a subir a la sala donde las computadoras almacenan cada dato de lo que se hace en el taller. Hay miles de herramientas y repuestos y el dueño de Amuyen aparece con una caja que parece la de una joya valiosa. Y lo es: se trata de una herramienta para darle el torque exacto a un tornillo mínimo de los motores turbo. “No se imaginan el costo que tiene esto, mi hijo la consiguió en Japón, hay muy pocas en el mundo, y acá la tenemos. Siempre buscamos lo mejor”.