El Bajo Giuliani: “Una trampa mortal para automovilistas”

PREOCUPACION POR ACCIDENTES EN LA ZONA DEL BAJO GIULIANI

El fuerte viento en el bajo Giuliani lo siguie socavando

El médico Alberto Cubero vive en la Cuesta del Sur, y está inquieto y tratando de movilizar gente por medio de la web por el tema del Bajo Giuliani. En su página de facebook dejó algunas reflexiones.
Las redes sociales se han convertido en eficaz medio de comunicación entre la gente. El problema del agua que amenaza el Bajo Giuliani, y que ya costó vidas en accidentes producidos no hace tanto, preocupa a todos los que deben pasar por allí. Pero naturalmente la inquietud crece para quienes, todos los días, por vivir a pocos metros de la laguna, deben transitar permanentemente.
Las siguientes son las palabras que el médico Alberto Cubero escribió en su facebook.

“La laguna me invita”.
“Son las doce y media de la noche, y viajo por la ruta bajo una torrencial lluvia. Me doy cuenta de que tengo que reemplazar las escobillas de los limpiaparabrisas pues están gastadas y dejan huellas de agua muy gruesas dificultándome un poco la visibilidad. Escucho la radio; Lanús ha ganado un partido memorable contra River, clasificándose finalista de la Copa Libertadores de América. Me alegro por esa gente, un club de barrio que ha cumplido una hazaña increíble. Siempre me agradan los triunfos y la superación de los más débiles, de los más humildes. Sobre todo, si se imponen a los poderosos. La noche está muy oscura y la ruta va juntando agua en el centro, es peligroso esto. Marcharé despacio”.

Lugar siniestro.
“Distendido, recuerdo los lindos momentos recién pasados en familia cuando un triángulo que irradia luz fosforescente me anuncia que estoy llegando a un lugar siniestro: el llamado Bajo Giuliani atravesado por la ruta nacional nº 35. Desde arriba se ve como una cinta de plata flotando sobre un océano del cual ya no se ven sus orillas. Este paraje desde hace un tiempo se ha transformado en una trampa mortal para los automovilistas que tienen que pasar por allí, ya perdieron la vida dos personas en ese lugar por el estado calamitoso del camino en estos tres kilómetros que hay que atravesar”.

Nadie hace nada.
“Perder la vida por atravesar tan solo tres kilómetros en la llanura, suena absurdo. Pero ha sucedido, y el bajo allí plantado anuncia más desgracias. Pienso en la familia afectada, que ya no cuentan con dos de sus integrantes porque hace meses que se discute la resolución del problema y nadie hace nada. Solo acusaciones cruzadas y anuncios.
Transito todos los días por el lugar, y pensé que por decoro, vergüenza o culpa al día siguiente de ocurrir el accidente me encontraría con máquinas trabajando, pero nadie apareció. Como si nada hubiese ocurrido. Atravieso el tramo despacio. Veo poco, solo hay oscuridad a los costados. Llueve. Unos tambores son el único límite que me separa de la masa de agua, la banquina apenas tiene 50 u 80 cm sin guardarraíl ni ningún otro tipo de contención que me proteja. Marcho sobre agua y barro”.

¿Y si me hubiese pasado?
“¿Y si me hubiese pasado a mí o a alguien de mi familia? Estoy atravesando el cruce de rutas y un camión de frente me encandila. Me doy cuenta de que estoy insensible, como anestesiado porque pienso que, si es este el momento que debo partir por la absurda situación de tener que atravesar obligatoriamente tres kilómetros en esta ruta de la muerte, será la fatalidad. Tal vez sea el destino, nadie mañana o pasado hará nada ni me reivindicará ni reclamará tampoco”.

¿Me echarían la culpa?
“Pienso que tal vez me echen la culpa a mí, que venía rápido o fui imprudente, solicitarán que me hagan un test de alcoholemia porque vaya a saber en qué condiciones conducía. Hasta pueden llegar a hacerme una autopsia para demostrar mi culpabilidad. O felicitarán al auxilio, a la ambulancia o a los bomberos porque llegaron muy rápido. Cuando yo ya no tenía vida. Siento que me he mimetizado y estoy sumergido en la masa de gente que piensa “¡Que suerte que a mí no me pasó!, Pobre gente..” ¿Y qué dirán las noticias mañana? Que otro vecino perdió la vida ahogado en la laguna, información eclipsada por los anuncios sobre las jubilaciones que ha hecho el gobierno nacional, y la felicidad por leer que tras muchas idas y vueltas, se ha montado el techo del Megaestadio en la ciudad donde vivimos. ¡Por fin el gobierno hace algo por la gente!”.

Reclamos que nadie escucha.
“Llego a mi casa, detengo mi auto y tardo un rato en bajar. Me siento muy triste, por la impotencia y por darme cuenta de que por más que me queje, o que junto a los vecinos reclamemos soluciones para evitar males mayores, nadie escuchará. Y hago esfuerzos para no contagiarme de la mayoría, insensibles, tal vez agobiados por otros problemas. No sé muy bien que debo hacer ahora, pienso, pero no se me ocurre nada. Entonces enciendo la radio y vuelvo a escuchar la repetición de los goles de Lanús. Bajo del auto, entro a mi casa y enciendo el televisor. Allí están otra vez los granates abrazándose luego del triunfo impresionante frente a River. Y el relator desaforado está gritando: ‘Genios, fíjense ahora. Se terminaron los privilegios en este país y hasta los más humildes pueden triunfar. ¡Que gran Nación tenemos!’. Ha sido un largo día, estoy cansado. Entonces, sin pensar ya más en nada, apago todo y me voy a dormir”.