Vecinos enfrentados en medio de un desastre cloacal y sanitario

Al norte de la ciudad, en una calle que no es calle, casi pegada al campo, hay una guerra silenciosa. Un enfrentamiento de pobres contra pobres en donde los actos de temeridad son cotidianos y casi necesarios para sobrevivir. Vecinos que alambran su terreno, que tienen perros bravos y hasta los que -directamente- tratan de no vincularse con nadie.
La intersección de la calle Niñas de Ayohuma es el límite, la línea que separa el barrio del IPAV del terreno que hace unos años decidió ocupar Andrés Castro (48) para criar chanchos, gallinas y acopiar cartón y otros materiales reciclables. La mezcla de hedores lo dice todo: hay olor a cloaca, a basura podrida, a agua estancada, a chiquero. No son pocas las quejas de quienes anticipan un verdadero peligro sanitario para los niños que juegan en el barro y aquellos que reclaman a la comuna obras urgentes. Ningunos de los pedidos ha surtido efecto.
“Yo hace 20 años que estoy acá. Compré este terreno y con mi hermano ocupamos el del frente en donde antes había un aguantadero. Tengo que ganarme la vida juntando cartón porque no tengo otro trabajo. Los chanchos tuve que meterlos en un corral cercado porque constantemente entraban a robarme. Tengo todos estos perros porque a la noche no hay luz, y se mete cualquiera a hacer daño. Acá se roban hasta el alumbrado”, dice Castro que tiene a su cargo 24 perros de distintas razas -hay galgos, pitbulls, dogos, bulldogs y otras cruzas- con el solo objetivo de que nadie se meta en su territorio. La mayoría está atado con cadenas a árboles gigantes que están instalados a la vera de la calle Niñas de Ayohuma. Castro también tiene 25 gatos. “Con la cantidad de perros y gatos que tengo, acá no hay ni una laucha ni una comadreja”, agregó.

Cañadón.
En gran problema de la calle Niñas de Ayohuma es el cañadón que se formó en el lugar por donde deberían correr los autos. Entre el Pasaje Amaya y Río Bermejo, hay un zanjón que en algunos tramos tiene más de un metro de profundidad y que está colmado de basura. Semanas atrás un camión de la municipalidad apareció en el lugar para echar tierra y emparejar el terreno. El trabajo terminó mal: en una mala maniobra el camión terminó tumbado. La tierra nunca fue esparcida y ahora solo hay un montículo.
“Yo voy tirando plástico y prendiendo fuego para que el suelo se ponga firme. El problema acá es que no hay piso”, señaló.
En la casa en la que vive el recolector con su mujer y sus tres hijos, no hay calefacción a gas, como ocurre en el barrio del frente. Apenas si pueden calefaccionarse con una estufa a leña. “La mano está brava. Al cartón lo pagan 8 centavos el kilo y hay que juntar mucho para que rinda. Yo trabajo todo el año criando lechones para las fiestas y con eso me las rebusco. De algo tengo que vivir”, cerró Castro.

Denuncian aguantadero.
Además de tener que soportar los malos olores y una calle totalmente intransitable, los vecinos de la calle Niñas de Ayohuma se quejaron por la existencia de un aguantadero. En ese lugar precario construido con maderas y chapa, varios jóvenes del barrio pasarían sus horas consumiendo drogas.