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Cien años de «La Holanda»

La Pampa tiene, en medio del caldenal, en el Atelier que lleva su nombre, parte de la profusa obra del distinguido pintor Ortiz Echagüe, y la casa centenaria donde vivió. El próximo 20 de abril la Estancia La Holanda celebra su centenario.
Luis Ernesto Roldán *
El holandés Federico Smidt, miembro del núcleo de los fundadores del Banco Holandés en Argentina, adquiere en el año 1897 nueve leguas de tierras situadas en la denominada Gobernación de la Pampa Central. Eran parte de las que el Gobierno del Estado Nacional Argentino había utilizado como garantía de los títulos emitidos para financiar la denominada «Conquista del Desierto». Tenía la corazonada de haber realizado una buena inversión para el dinero que, por herencia, había recibido su esposa Enriqueta Reineke. Fueron adquiridas a Rafael Hernández, agrimensor, hermano de José, el creador del Martín Fierro. El mayor atractivo era que por allí pasaría el futuro ferrocarril, que desde Winifreda uniría General Acha, que finalmente no se construyó.
Los primeros años, el campo fue arrendado a la joven familia española Altube, criador de ovejas. En 1917, Smidt decide explotar directamente el predio, dándole el nombre «La Holanda», haciendo construir alambrados, corrales y potreros e instalando molinos con tanque australiano. El cargo de mayordomo fue desempeñado por el joven noruego Ole Knudtsen durante ocho años.

Niño precoz.
Antonio Ortiz Echagüe, nacido el 15 de octubre del año 1883 en Guadalajara (España), tercer hijo de siete del matrimonio formado por Antonio Ortiz, militar granadino y Dolores Echague, alavesa, fue un pintor español, premiado tempranamente a los veinte años por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Se casó con Elizabeth Smidt, hija única de la familia Smidt-Reineke, en enero del año 1919. Su primer viaje a la Argentina lo realizó en 1913 donde pinta retratos a personalidades en Buenos Aires, entre ellos a Jorge Newbery, Ricardo Güiraldes y a Enrique Larreta, entre otros.
Su suegra, Nonnie Reineke, viuda de Smidt, primer Cónsul Holandés en Argentina, había hecho construir en el campo una casa, edificada por el italiano Luigi Cesanelli, de Victorica. En el frontispicio aún se puede leer la inscripción que dice «Carmen de Granada 1919».
Es que su hija Carmen nace precisamente en Granada, España, quien será la modelo del artista durante muchos años. Se casó con Jorge Belcher (1948), pampeano nacido en Mauricio Mayer en 1912, quien estudio en Australia y posteriormente se radicó en Inglaterra, de donde regresó a Argentina en 1938. De dicho matrimonio nacieron cinco hijos.
De 1923 a 1925, Antonio y Elizabeth viven en Argentina, pasando largas temporadas en el campo. Cuando se produce la gran nevada del año 1923 ellos están en la casa con su pequeña hija, han llegado a la estación del Ferrocarril Oeste de Victorica y de allí han tomado la mensajería. Antonio descansa, pero pinta a los miembros de su familia, en los alrededores de la casa, con cuyas obras organizará una exposición en Madrid.
En dicha ciudad, el año 1927, nace su hijo, que es bautizado con el nombre de su abuelo Federico, quien será más reacio para prestarse como modelo del retratista.

Instalación en la estancia.
Los Ortiz Echagüe se instalan definitivamente en la casa de «La Holanda» el año 1933, transformando la misma en el hogar, donde vivieron los años más felices de sus vidas. El artista ansiaba descansar de su intensa actividad, darles a sus hijos un lugar para vivir su juventud, pero además quería salir de España, dado que sus ideas monárquicas no comulgaban con el régimen instalado en 1931, que sustituyera a Alfonzo XIII, a quien había retratado en Madrid el año 1912.
El año de su instalación definitiva en la casa del campo, en la zona de Loventuel, el panorama es complicado. Se registra 450 mm. de lluvias. Pero el año 1934 las precipitaciones en la zona sobrepasan los 780 milímetros con un registro máximo de 819 mm. No obstante a partir del año 1935 comienza la época más crítica, denominada los «años malos». El peor de todos, fue el año 1937, dado que las precipitaciones en la zona cercana fueron de tan solo 183 mm. Además de las intensas sequías, hubo vientos muy fuertes, que volaron la capa fértil de los suelos y formaron nuevos medanales. Por si eso fuera poco, también la langosta devastaba los cultivos, los brotes de las plantas y los arbustos. Asimismo las tormentas eléctricas, sin descarga de precipitaciones, ocasionaron incendios de miles de hectáreas en la zona. A este panorama, se agrega que, los precios de la lana en el mercado internacional se habían desplomado y para colmo en 1939 da comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

El Atelier.
El año 1936, luego de tres años de aprendizaje de las tareas rurales, Antonio hace construir el resguardo necesario para su pinacoteca en un lugar retirado de la casa familiar, rodeado de grandes caldenes, sitio que eligió junto con su amada Elizabeth. El edificio del atelier original lo levanta el italiano Luigi Cesanelli, quien en agradecimiento a la recomendación de su empresa para la familia holandesa Blijdenstein, se niega a recibir compensación alguna. Este holandés era amigo de la infancia de la señora Reineke, quien lo entusiasma para que adquiera tierras. Tomando el consejo de su amiga, él compra el campo lindero, al que bautiza «Las Vertientes», donde hace levantar su estancia también con el italiano Cesanelli, en la que éste trabajó durante dos años.
El empresario constructor vivía en Victorica, había creado la empresa con otro italiano, Carmelo Lamónica, compartiendo herramientas, andamios y aparejos. Ambos habían llegado en 1908, contratados para el Ferrocarril del Oeste, construyendo los terraplenes de los galpones, las estaciones y las casas para el personal.
Los ladrillos con los que se construye la casa son cortados en la misma estancia, pero los que se usan en el Atelier provienen de la hornalla de «Las Vertientes». La nobleza de los materiales y la responsabilidad de Cesanelli y sus albañiles, le brindan la satisfacción del lugar. Cesanelli le obsequia al pintor el esfuerzo de su trabajo y su gente y este devuelve atenciones brindándoles deliciosos asados de cordero de su estancia.
Antonio pintó muy escasas obras en esta etapa pampeana, porque dedicó su tiempo a preparar exposiciones nacionales e internacionales: Galería Van Riel en Buenos aires 1939 y Exposición en el Carnegie Institute de Pittsburg (USA) en 1940. De los dibujos o pinturas, salvo las de su propia familia, son casi todos de descendientes de aborígenes. Son típicos paisanos con ropa de trabajo o con elementos que utilizaban los peones, hacheros y esquiladores que contrataba para tareas en el establecimiento. Ejemplo de ello es el titulado «Chico con rebenque», de 1939.
El artista, convertido en productor agropecuario y cazador, fallece el 8 de enero de 1942 en Buenos Aires. Las cenizas de su cuerpo cremado, a su pedido, fueron aventadas al pampero en los alrededores del atelier.

Federico.
Federico Ortiz Echagüe, hijo de Antonio y Elizabeth, fue el administrador del campo a partir de 1957. Fue presidente del Club Carro Quemado y además Juez de Paz de la misma localidad. Asumió la Intendencia del mencionado pueblo desde el año 1962 hasta marzo de 1964 y desde 1966 a 1973. Fue en esos años que lo conocí cuando íbamos a los bailes con nuestra barra de amigos estudiantes. Asimismo integró la Comisión de la Sociedad Rural de La Pampa y el Directorio de Vialidad Provincial.
Se casó con Alejandra Elisa Ferrari, de Toay, quien ejerció como maestra y después llegó al cargo de Directora de la escuela 156 de Carro Quemado y posteriormente ascendió al cargo de Coordinadora en el que se jubiló. El año 1999 recibió por su labor en la docencia el «Premio Testimonio» del gobierno de La Pampa. En homenaje a su tarea en la Escuela durante treinta y un años, y al cumplirse el 80 aniversario de la creación de la misma, se le impuso su nombre al establecimiento educacional. Fue la tercera mujer que custodió y ejerció la administración de la casa, que este mes de abril de 2019 cumple su centenario.
Del matrimonio Ortiz Echague-Ferrari descienden seis hijos, que son los continuadores de la preservación y difusión de la obra del gran pintor, quien solía expresar en vida: «Tengo dos amores: la pintura y el campo».

Elisabeth.
De las memorias de Elisabeth extraemos este párrafo escrito en 1961: «Los viejos recordamos los tiempos del caballo. Caballos de andar, para sulky, chatas, carritos, carritos aguateros, y hasta los grandes carros de enormes ruedas tirados por cantidad de caballos que venían a buscar la lana de Victorica. Por entre el monte se veía el movimiento de los carros tirados por mulas que apilaban la leña y la llevaban a las casas para el uso ahí, y la patrona iba a visitar a familias de vecinos a caballo o en sulky».
Doña Elizabeth escribió una novela titulada «El Santo de los Montes», editada en Buenos Aires en el año 1973, la que dedicó a la provincia de La Pampa y fue presentada en el salón de la planta alta de la Confitería «La Capital» de Santa Rosa. En la misma, a pesar de la ficción, es posible reconocer lugares, circunstancias y acontecimientos, varios de ellos que transcurren en la estancia. Allí relata la escuela rural que pusieron en marcha con un matrimonio de maestros, dedicada a los hijos del personal de la estancia y de algunos vecinos. Había nacido el 7 de abril de 1897. Cuando se instaló en la vivienda familiar junto a su esposo e hijos, creyó que no se iba a adaptar, pero tiempo después leyó una máxima japonesa que hizo suya: «después de tres años, lo más desagradable, se vuelve indispensable». A partir de entonces comenzó a referirse a su nuevo lugar en el mundo como «Mi Pampa». Fue la gran custodia de la casa y el Atelier durante 41 años, de la magnífica obra pictórica de su marido. Sus últimos años los vivió refugiada en ese templo, escuchando música, escribiendo, leyendo y tocando el piano. Recuerdo haberla visto por última vez en el campo «El Venado», de Pascual García, participando junto a su hijo Federico en una reunión del Grupo CREA.
Desde esa usina de sueños, probablemente mirando uno de esos hermosos atardeceres del oeste pampeano, en medio del bosque de caldén, escribió su deseo con respecto al patrimonio artístico de su esposo: «Es mi anhelo que perdure ahí, en el estudio de la estancia y en un trozo de campo alrededor de él, el recuerdo del hombre que vivió, trabajó, pensó y gozó de lo que el campo nos puede ofrecer cuando se nos abre el alma para sus bellezas, que siempre pacientemente esperan a que las descubramos espiritualmente». Y reforzó su sueño premonitorio con otro deseo que se transformó en mandato familiar: «Y mi anhelo es que se forme allí un centro cultural. Lugares de diversión, parques de diversiones, casinos, boîtes, happenings, balnearios, los hay bastantes en nuestra república. Aquello tiene que ser diferente, más bien como un retiro espiritual, no por esto será un lugar triste y aburrido, todo lo contrario, porque no hay nada mejor en la vida que la alegría sana».
Esta porteña, que había viajado por el mundo, llegó a dominar cinco idiomas, publicó cuatro libros en holandés, adoptó La Pampa, donde vivió más de cincuenta años, como su tierra natal. Era protestante y había adherido al budismo. Falleció el año 1983 y su alma descansa en medio de los lugares que tanto amó.
Hoy la casa centenaria está habitada por algunos de sus once nietos pampeanos y forma parte del complejo cultural que soñó Elisabeth. El lugar donde está emplazada ha sido declarado Sitio Histórico Nacional, que alberga la biblioteca y todo el acervo documental y el Museo Antonio Ortiz Echagüe, inaugurado el 31 de octubre de 1998, declarado también Sitio Histórico Provincial.

* Investigador
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