De la belleza y la magia

Daniel Pellegrino * Jorge Warley * – El Bardino segundo lo llamó la folclorista Suma Paz a Félix Domínguez Alcaráz, quien radicado ahora en Intendente Alvear, acaba de publicar poemas, relatos y canciones que constituyen un único relato de iniciación.
Domínguez Alcaraz, Félix, Poemas, relatos y canciones, Santa Rosa, Voces, 2016, 196 páginas, introducción (“Camino de las bardas”) de Marcelo L. Cordero.
En una mínima biografía de Félix hay que anotar su nacimiento en Algarrobo del Águila en 1937 donde vivió hasta los diez años; fue alumno de la escuela Nº 220; realizó tareas de la vida paisana. Así conoció y percibió esa zona de modo que la metaforiza como si fuera “una gigantesca mesa que la naturaleza nos tiende con todos sus colores y aromas. Es decir, la deliciosa fragancia de la tierra bardina”.
Ahora, la mayoría de sus escritos han sido reunidos en un libro editado por Voces, aunque no todos figuran allí. Un par de poemarios se han escapado: “Dos mariposas mojadas” y “Poemas del guijarral” están por ahora perdidos; “me los han robado”, dice, y es mejor no escarbar en esta herida persistente.
En los ’50 vino a vivir a Santa Rosa con su familia y, aparte de acudir a la escuela nocturna, uno de sus primeros empleos fue como cadete de la peluquería “Buenos Aires”, sobre calle Yrigoyen, frente a la plaza San Martín, cuyo propietario era Benjamín Segurado.
A Santa Rosa le dedica los poemas de “Ciudad de mis pasos” (los primeros del volumen), que ahora recuerda con alguna nostalgia.
“Arranco y muelo
tu murmullo
en mis sentimientos,
quiero agregarte una
paloma más,
ciudad de mis pasos.
Quiero ser un hombre
que saluda y sonríe,
que habla con el aromo
que florece en agosto
por el Colegio de
Varones;
y en la plaza San Martín,
mirar a los colegiales
que juegan;
y en la fuente del Niño Blanco
sentarme”.

En la radio.
Otro de los episodios decisivos de su vida fue haber ingresado a trabajar en LRA3 Radio Nacional. Llegó a desempeñarse, y jubilarse, en la categoría de técnico operador de estudio en radio y televisión; también fue locutor y animador de un programa recordado, “La noche de las luciérnagas”, que compartía con el escritor Manuel Lozano hacia 1989. Félix cuenta que durante un tiempo guardó la carta con el nombramiento en la radio firmada por Eva Perón; además “Radio Nacional me conectó con mucha gente importante”. Por ejemplo, recuerda que le tocó conocer a la cantora de folclore surero Suma Paz, quien lo apodó, para su orgullo, “El Bardino Segundo”.
Durante la última dictadura cívico-miliar su vida fue una paradoja. Por un lado, Félix se sentía perseguido “por peronista, en radio nacional”, y por otro (“lo más gracioso del caso”) durante ese mismo período obtuvo muchos premios literarios en distintos certámenes de la provincia, con lo cual -y Félix se ríe- hasta “me compré un auto cero kilómetro”.
Gran parte de sus composiciones están dispuestas para el canto y muchas de ellas así han sido grabadas. Félix destaca como uno de los mejores intérpretes de sus canciones a Andrés “Pelusa” Díaz.
Desde sus primeros tiempos en Santa Rosa fue promotor y padrino artístico de agrupaciones de proyección folclórica. Al menos hay que recordar a “Los Tres del Sur” y el conjunto “Las voces de Huitru Mapu” (nombre sugerido por Juan C. Bustriazo Ortiz), integrado por el mencionado “Pelusa” Díaz, Delfor Sombra, Oscar García y Ricardo Ibarra.
Ahora en su retiro de Intendente Alvear, mientras se va apagando la charla y nuestra visita, en una carpeta descansan recortes de periódico y remembranzas. Como saludo, Félix escribe una dedicatoria en su libro: “que estas palabras poéticamente entonadas te canten y te perfumen…”.

Portada y contenido.
La foto en blanco y negro de Eduardo Pérez que asoma en la tapa del libro posibilita imaginar el conjunto por venir, estas obras casi completas de Félix Domínguez Alcaraz que acaba de distribuir Voces. El paisano de ropa oscura, con el cigarrillo colgando de su boca y las patas mojadas, baja la mirada para observar cómo su caballo bebe en la laguna o el río. Quizás sus ojos tranquilos se detengan a la vez en el reflejo del propio rostro. En cualquier caso, hay en la escena una continuidad entre el hombre, el animal y la naturaleza que constituye ya una suerte de clave del arte de La Pampa, sobre la cual el autor vuelve a su manera en narraciones y poemas. La continuidad no supone, por supuesto, la integración sin más; esas raíces, los arbustos y las aguas grises constituyen también un misterio que se resiste a ser mansamente doblegado por las palabras.
Sumados, las canciones, poesías, cuentos y novela de Domínguez Alcaraz constituyen un único relato de iniciación. Un decir autobiográfico que deambula por escenarios y trabajos diversos para mentar, pero que en el fondo se apura a recuperar experiencias siempre similares. Cosas que se ofrecen en la superficie casi banales pero que, en el revés, exhiben la herida abierta por el filo metafísico. O sea que, como la filosofía, aquí el discurso poético ronda esas preguntas primeras acerca de la existencia y los porqués.
En ese sentido, es doblemente significativa, en el centro del volumen, la novela El porvenir. No por su perfección genérica, sino más bien todo lo contrario: por la imposibilidad estampada en el subtítulo, “Vivencias de un niño en el oeste de La Pampa”. Una decena de capítulos breves cruzados por los fogonazos de la memoria, escenas de trazo grueso, comentarios apenas de una primera persona vagabunda. Vale la pena destacar su último apartado, puesto que lleva por título una definición: “De la belleza y la magia”.
Se puede leer allí la totalidad bajo el conjuro del neologismo ‘enmagiar’ y los protocolos de una “estética existencial” de cuño modernista criollo:
“Todas esas realidades mágicas del suelo bardino laten en la mente, en los ojos y en el corazón de sus hijos puesteros. Como la tremenda rodaja de sus estrellas, abiertas como gigantes flores de quiscos, prendidas allá en el firmamento, que parecen caérsele en la espalda al caminante de la planicie”.
Dan ganas de sumar El porvenir a la tradición abierta por el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes.
“El mundo del oeste que se describe es mítico -señala en el prólogo Marcelo Cordero-; el pensamiento mágico y las antiguas costumbres pesan en la cultura popular”. Y explica el tinte lastimero y melancólico que monopoliza poemas, relatos y canciones:
“El medio agreste, en estado primigenio, se transforma en el gran protagonista (…) Es el factor que permite evocar y recuperar una edad dorada, el tiempo del asombro frente al mundo, y el tiempo de aprendizaje de los oficios paisanos y de la vida en la comunidad de origen. La memoria, que regresa una y otra vez por el camino que lleva a las bardas, al principio de todo, alterna con el presente real, situado en el espacio urbano, donde persiste, dolorosa, la conciencia de que se ha perdido para siempre el lugar que se hubiera elegido para vivir”.
El punto más alto del volumen es el poemario Barda amarilla, originalmente publicado en 1991 por el Fondo Editorial Pampeano (FEP). Veintiuna poesías breves bautizadas “sonajeras”, como si el pudor obligara a Domínguez Alcaraz a asordinar la fuerza expresiva de sus versos para que no se demore el deleite de la contemplación.
* Docente de Letras, UNLPam

Compartir