Esperanza y compromiso

Ernesto Del Viso * – De pronto encuentro una cinta que me devuelve la voz pausada de un tucumano universal, pianista, muy buen ser humano, creador de Música Esperanza y que en algunos tiempos supo venir de forma casi continuada por La Pampa: Miguel Angel Estrella.
Hace veinte años, desde la Subsecretaría de Cultura me encargaron que acompañara a Miguel Angel Estrella en determinados momentos y por espacio de una semana. Había venido a dar un concierto en el Teatro Español y había tenido el honor de presentarlo. Finalizado el evento, le reclamé que debíamos hacer un reportaje y me invitó a un asado con que lo iban a agasajar. Fue el domingo 17 de marzo de 1996, charlamos largo y tendido, como diría mi madre, que acaba de partir para el silencio, como diría Yupanqui. Bajo el implacable sol del mediodía de un verano que se estaba despidiendo, surgió mi primera pregunta.
P: -¿Cuál fue tu primer contacto con la música y con qué género musical?
Miguel A. Estrella: -Mi primer encuentro es con el zamberío de Yupanqui, algunas cosas del “Cuchi” Leguizamón, los Hermanos Abalos, Albeniz y Manuel de Falla. Mi vieja, Ana María Avila, una criolla, pícara, dotada de una gran vivacidad, muy límpida, había llevado allí a la aldea santiagueña una “ortofónica” que era un pasadisco que funcionaba con una manivela y allí me impresionó mucho la música andaluza. Yo era el cantorcito de la aldea. Mi abuela Pepa, que tenía una casona de adobe con tres piezas, dos para dormir y comer y la tercera donde estaba la biblioteca que creó mi vieja para los pobladores. En la galería había una tinaja de agua fresca que a cada pasante que lo hacía por el camino, mi abuela le ofrecía si quería pasar a refrescarse con un vaso de agua. Esa tinaja con el agua era toda una riqueza en esos arenales calientes, y si ese visitante resultaba simpático para la abuela, ella le preguntaba si le gustaba la música y si constestaba afirmativamente, me pegaba el grito: Miguelito, venga a cantarle al señor. Y también solía bailarle algo. En realidad así nací a la música, con el folklore del noroeste argentino, esa fue mi fuente. La aldea santiagueña que estoy nombrando se llama Vinará, a 18 kilómetros al norte de las Termas de Río Hondo.
P.: -¿Cómo se da el traslado a Tucumán?
M.A.E.: -Cumplidos los 6 años de los niños Estrella nos vamos con papá al Tucumán a estudiar la primaria. Mi madre queda en Vinará y nos visitaba todos los fines de semana, siendo las vacaciones de invierno y de verano para ir a Vinará.
P.: -¿Cuando aparece el piano en tu vida?
M.A.E.: -Es bastante posterior a mis años de infancia de Vinará y Tucumán inclusive. El gran metejón me llega con el Concierto en mi menor de Chopin. Mi padre me lleva a escuchar a una concertista polaca con una Orquesta Sinfónica. Y desde que entró el piano en esa obra, me convulsionó totalmente. Yo le decía a mi viejo: Quiero ser eso, eso. Lo volví loco. Pero antes yo había escuchado el piano en las manos de Lía Valdez, la compañera por entonces de Atahualpa Yupanqui; tuvo con ella una hija no reconocida por el cantor, llamada Quena Valdéz, y cuando se separa de él estuvo viviendo en casa. De modo que el piano ya era parte del hogar tucumano, no así del santiagueño de Vinará. Yo la escuchaba a Lía tocar todo lo de don Ata y sacaba las notas, pero el estudio formal del piano empezó a mis 18 años. Yo venía pidiendo desde los 12 años esto del piano hasta que un día mi vieja reunió a la familia y se planteó lo mío. Ella golpeó todas las puertas del Tucumán, hasta llegó a entrevistarse con el director de la Sinfónica de Tucumán. Te recuerdo que por esos años, 1951, 1952, la Sinfónica era la mejor de toda Latinoamérica y toda la provincia era un vergel de cultura. Mi vieja llegó y habló con el director creador de esa Sinfónica de la Universidad Nacional del Tucumán, el maestro Carlos Cillario, y le dijo: Tengo un chico que parece que es muy dotado para la música, usted lo podrá escuchar? El tano le contestó: Mire señora, estoy harto que todas las mañanas viene alguna mamá a decirme que tiene un Mozart en la casa. Y mi madre como buena santiagueña y peleadora ahí nomás le dijo: Yo no le estoy diciendo que tengo un Mozart en mi casa, sino que tengo un hijo que parece que tiene condiciones. Entonces mamá me llevó a la Escuela de música, me había dado una cita Cillario, entré a una sala con dos pianos de cola, el maestro me puso El clave bien temperado, de Bach y eso para mi era chino. Naturalmente le dije: No, no sé señor. Pídame cualquier zamba de Atahualpa Yupanqui. Y entonces toqué, no se si La Añera o Piedra y Camino o La pobrecita, alguna de esas que eran mis preferidas y me dijo:
Después Cilario se sentó en uno de los pianos de cola y de modo que yo no viera lo que él tocaba, y me hizo sentar en el otro piano de cola y me decía: A ver, reproducime esto. Y me iba tocando cosas que a mi me eran fácil reproducir. De ahí salí y el maestro le dijo a mi vieja: Este chico ha nacido para hacer música, pero tiene que ir a Buenos Aires a estudiar.
Claro para mis viejos era casi imposible. Lo interesante de todo esto y después de la reunión del consejo familiar, me llamó a parte y me dijo: Mi conejito va a ser pianista, pero no ahora. Hay que esperar, estás en la adolescencia, sos un chico del norte y sería bueno que toda tu vida seas un chico del norte, pero sería bueno que te termines de criar acá.

Atahualpa.
La pregunta no se hace rogar y da el pié el mismo Miguel Angel para inquirirle sobre la posibilidad de algún encuentro posterior con el cantor de artes olvidadas.
M.A.E.: -Yo a Atahualpa Yupanqui lo conocí de chico porque era amigo de mi padre, pero como Lía Valdez, aquel amor clandestino del cantor vivía en casa y se desarma la relación, ya Atahualpa merma la ida a nuestro hogar tucumano. A Yupanqui me lo vuelvo a encontrar en París, muchos años después, yo iba caminando por un barrio judío conversando con alguien y al pasar por un bar vi el perfil de Atahualpa, una sombra, entonces entré al bar y si, era él. Eran los primeros conciertos de Yupanqui en París y más te digo era el año 1968, hacía poco que había dado el primer gran concierto en el Teatro El renacimiento. Nosotros habíamos viajado con Martha, Martha González mi esposa y madre de mis dos hijos, excelente cantante lírica, a trabajar sobre todo con Nadia Boulanger, la famosa docente que le hace descubrir a Piazzola su verdadera personalidad musical y artística.
Entro al bar y allí estaba Yupanqui. Nos enganchamos en una hermosa charla. Me trataba con mucho cariño hasta que se entera que soy de la juventud peronista (risas leves de Miguel Angel), eso no lo tragaba ni con un kilo de miel. Pero a pesar que nos peleábamos muchísimo, había una atracción especial con él. A Yupanqui le gustaba mucho la música de Bach. Ya en los años 80 iba mucho a casa, en París, y tenía muy buena relación con mi hijo Javier, percusionista que por otra parte ha hecho interpretaciones para coro y percusión muy alocadas sobre la obra de Atahualpa que han sido muy bien recibidas por los parisinos. Decía que Atahualpa iba seguido a casa, nos llamaba, le pedía a Javier un pollito al limón sin sal y con mostaza y cuando llegaba se sentaba al lado del piano y me pedía: “Negrito, limpiame el alma, tocame algo de Bach”. A su vez, nos decía que la conclusión de los últimos tiempos suyos era que si una persona escucha todos los días un poco de Bach, al cabo de un año será una mejor persona. En esos últimos años nuestra relación fue más tranquila. Se teminó esa puja un tanto visceral que tenía contra el peronismo al igual que me pasó con mi viejo que no me perdonaba que esa fuera mi identidad política. Yupanqui entendió muy bien lo de Música Esperanza. En definitiva, se acostumbró que me tenía que aguantar con esa identificación mía con el peronismo.
P.: -En vos, sin duda ha habido y hay un compromiso con la música desde lo técnico y lo estético, pero también desde lo social. ¿Cuándo te planteás hacer tu aporte más allá de proponerte tocar cada vez mejor el piano?
M.A.E.: -Es una buena pregunta, porque son cosas que yo también me he planteado. Yo siempre he cantado o he hecho de alguna manera música. Cuando teníamos 6 ó 7 años, mi viejo que hacía títeres, íbamos con él al campo a hacer títeres para el campesinado y en esas ocasiones muchas veces me tocaba cantar, rascar la guitarra o acompañar una escena con la guitarra, luego en la adolescencia fue el teatro secundario. Ahí tenía “doble sombrero”, el del cantor y el del actor y después con mi mujer éramos muy campamenteros y nos gustaba ir a los Valles Calchaquíes -solos o en grupos- y cantar. No teníamos piano, pero la Negra tenía una voz muy bella a pesar que no cantaba bien las bagualas porque era una porteña bien consumada, pero hacía temblar a la gente con los Negro Spiritual o con canciones de Brahms y Fauré, que eran su especialidad. Los campesinos, al escuchar esto, se nos acercaban y nos decían: “Che, cuando se case mi hija me gustaría que esta negrita cantara estas cosas”. Y entonces íbamos, sobre todo a barrios muy pobres de Tucumán y yo la acompañaba con un armonio que hubiera y Martha cantaba el Ave María y un Negro Spíritual “Crucifixción”. Sentíamos entonces que la gente se emocionaba mucho. Pero todo esto eran tentativas, no proyectos.
-Pero a su vez, éramos muy moscardones con el Conservatorio Nacional de Música, donde descubrimos que el plan de estudios que se seguía dando en los años 60, era una copia del Conservatorio de París de los años 1910 y proponíamos que se abriera más a la comunidad y a lo social. Porque en el conservatorio nos llenaban la cabeza diciendo que la música era un lenguaje universal, pero en el Teatro Colón era solo para un tipo de público y un solo tipo de música. La primera vez que fui al Colón, era el año 1956 y no me dejaban entrar porque iba con un buzo o una polera. El recibidor de sala me dijo:”Acá se entra con saco y corbata” y le dije “Cómo me voy a poner corbata si tengo esta polera?, al verme cara y apariencia de provinciano me dijo: “Acá se terminaron los cabecitas negras. Así que rajá de acá”. Yo me dije para mis adentros, algún día voy a tocar ahí y vos vas a pagar para escucharme a mi. Tenía 18 años. Toda esa cosa estaba en nuestros 20 años, en nuestras inquietudes que la música tenía que ser para todo el mundo, que el Colón no debía ser solo para Brahms, Berlioz o Stravinski, que habían otras músicas y claro nos escuchaban esto y nos trataban de subersivos, comunistas, zurdos, etc. Todo menos seres humanos.
-En definitiva, del Conservatorio nos echaron, yo me recibí por las notas que tenía, pero en definitiva no nos dejaron entrar más. Después empezamos a ir a tocar a las villas con Martha y creamos una agrupación que se llamaba Agrupación estudiantes de Buenos Aires, no éramos muchos, tal vez unos 10 chicos, pero decidimos esto de acabar con los dobles discursos del conservatorio y meternos de lleno en el terreno de lo social con la música. Con esa agrupación, estimulábamos mucho el contacto con el interior del país por lo que teníamos filiales en Rosario, Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy, pero también procurábamos el intercambio, es decir nosotros que estábamos en Buenos Aires y teníamos la posibilidad de estudiar con los grandes músicos y pianistas como Vicente Scaramuzza, Juan Carlos Paz, íbamos a trasmitirles a nuestro colegas, a los de nuestra generación. Después hacíamos conciertos, organizábamos concursos y después traíamos a tocar a los jóvenes del interior en Buenos Aires, todo eso sin el apoyo de nadie y tocaban en la Facultad de Medicina o de Arquitectura en plena dictadura de Onganía.
La charla continuó por otros senderos más conocidos para todos, es decir los años 70 y la profundización de su compromiso musical, su detención en Uruguay y finalmente su exilio a ese París que en los años 60 lo había recibido junto a su esposa Martha. La Negra, como a Miguel le gusta nombrarla, ya no lo acompaña, hacía unos años había partido hacia el silencio después de padecer una dolorosa enfermedad que le había afectado su órgano más importante: la garganta. Sobrevenía ese gran movimiento que se llamó Música Esperanza. Es esa mágica y real palabra: Esperanza, la que ha guiado a Miguel Ángel Estrella a poder sobreponerse a todas las contingencias que la vida le ha ofrecido. Una estrella o Nayem, que nos sigue guiando por estas comarcas del sur.
*Músico e investigador.

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