Grito que estremece

VALLESE

Esta no es una nota estrictamente biográfica, aunque toma como punto de partida la militancia y posterior desaparición de Felipe Vallese, un referente político cuya figura resalta en el campo del arte, la investigación y el sindicalismo.
Sergio De Matteo *
Que aún hoy hablemos de Felipe Vallese implica varias cosas pero, principalmente, deberíamos destacar el ejercicio de la memoria -y ese aprendizaje se lo debemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, a los organismos de Derechos Humanos que no han cejado nunca en sus peticiones al Estado y a la Justicia-; en consecuencia, surge la reivindicación y el reconocimiento del compromiso y de la lucha de Vallese. Por eso continúa siendo ese grito que estremece, ese grito que se empodera de cada uno de nosotros para reclamar al “sistema”, tal cual lo señalaran Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde en un libro editado por la UOM en 1965: Felipe Vallese: Proceso al sistema; que se basaba en una serie de artículos de denuncia realizados por el periodista Pedro Leopoldo Barraza.

Militancia.
Felipe Vallese había nacido el 14 de abril de 1940 en Flores, obrero metalúrgico y dirigente de la Juventud Peronista (JP), fue secuestrado el 23 de agosto de 1962 durante el gobierno de facto de José María Guido y luego desaparecido.
Fue delegado sindical de la fábrica TEA -enrolado en el gremio de la UOM-, también hay que destacar su participación en la Resistencia Peronista y en la fundación de la JP (“en los años ’57 y ’58 los compañeros se juntaban en la esquina de Corrientes y Esmeralda para manifestarse, y eso dará basamento para que surja la JP, pues en abril de 1959, representantes de diversas agrupaciones juveniles peronistas realizan una asamblea general en el Sindicato de Empleados de Farmacia, cedido por Jorge Di Pascuale […] participaron, entre otros, Gustavo Rearte, Héctor Spina, Tito Bevilacqua, Tuli Ferrari, Jorge Rulli, Envar El Kadri y Felipe Vallese”).
Con estos datos, a sabiendas de que los militares se habían hecho del poder otra vez con el gobierno de facto de José María Guido, y que la historia argentina ya cargaba con el bombardeo a Plaza de Mayo, del golpe del ’55 (con la instauración de la Revolución Libertadora liderada por Lonardi primero, y luego Aramburu y Rojas), del exilio de Perón, de los políticos opositores acólitos al golpe (Luis Pandra, del partido Socialista, escribió el 11 de noviembre de 1955 en el diario La Época: “Vamos a hacer la Revolución Libertadora desde el gobierno, con el gobierno, sin el gobierno o contra el gobierno”), de los fusilamientos del ’56, del decreto-ley 4161 (con la proscripción del peronismo y todos sus símbolos), de la desaparición del cuerpo de Evita, del Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) que Arturo Frondizi puso en ejecución el 13 de marzo de 1960 (en 1962, sobre casi tres mil detenidos, había sólo una docena de estudiantes universitarios, la mayoría eran trabajadores), es posible percibir que sobraban los motivos para que fueran perseguidos los militantes peronistas. Entre ellos se encontraba Felipe Vallese, y esa militancia enfrentaba a la oligarquía, a los dictadores (los llamados “gorilas”), se organizaban, saboteaban, ponían “caños”, convocaban paros, publicaban sus opiniones, luchaban para reapropiarse de los sindicatos y ganaban la calle con el objetivo de que Juan Domingo Perón, el conductor del Movimiento, regresara al país y al poder.

Un revolucionario.
Cuando el cuadro de situación o el estado de excepción hace sucumbir los límites entre realidad y ficción, debe surgir una forma de relatar el horror, debe haber un modo de testimoniar la violencia institucional, los excesos de los aparatos represivos del Estado.
Pilar Calveiro interpreta que “Reconstruir la historia de un militante desaparecido desde la ‘normalidad de una vida plena injustamente truncada’, desconoce precisamente lo que fue su intención: no ser un sujeto ‘normal’ […] sino un revolucionario, con una vida sacrificada, de renuncia de la plenitud personal para obtener un fin superior y colectivo. Esto es lo que a sus ojos resaltaría la injusticia de su asesinato” (Calveiro, 2008.)
La injusticia del asesinato político también fue retratada en Operación Masacre. Un proceso que no ha sido clausurado (publicado desde 27 de mayo al 29 de julio de 1957 en la revista Mayoría, y en formato libro por Ediciones Sigla en diciembre de 1957), de Rodolfo Walsh, que es el título de la primera obra de “ficción periodística” o novela testimonio: el relato novelado de un hecho real. La novela desnuda la trama oculta de lo sucedido en los llamados “fusilamientos de José León Suárez”.
Con este antecedente podríamos analizar la impronta del título “Como en Chicago” que el diario El Mundo publica el 26 de agosto de 1962: “Rarísimo suceso en Flores Norte, que la policía dice ignorar. Frente al 1776 de Canalejas, a las 23:30 del jueves, un hombre fue secuestrado. Desde hacía varios días, había autos ‘sospechosos’ en las inmediaciones. Una estanciera gris frente a aquel número; un Chevrolet verde en Canalejas y Donato Álvarez. Y un Fiat 1100 color claro, en Trelles y Canalejas. Dentro de ellos, varios hombres. Y otros, en las inmediaciones de los coches. A la hora citada, el automóvil de Donato Álvarez hizo guiños con los focos, señalando el avance del ‘hombre’. Le respondieron, y todos convergieron sobre él. Se le echaron encima y lo golpearon. Y pese a que se aferró con manos y uñas al árbol que está frente al número señalado, lo llevaron a la estanciera gris, que partió velozmente con las puertas abiertas. Los gritos de desesperación del secuestrado, que habían comenzado con la agresión, poblaban la noche y atrajeron a todos los vecinos, que, alarmados, dieron otro tono a la cuadra. Todos corrieron. Algunos quisieron acercarse. Un hombre armado -pistola 45 en la mano- los detuvo. ‘Esto no es para ustedes. Píquenselas si no quieren ligarla’. Y se tuvieron que ir, viendo, inermes, como en plena ciudad se raptaba un hombre. Luego avisaron a la policía. Una hora después llegó un oficial. Recogió información. Advirtió los rastros de sangre. No dijo nada. Cuando ayer preguntamos en la 50 por el suceso, nos respondieron: ‘Es la primera noticia que tenemos’. Pero no era…”.

Rapto y negación.
En esa nota podemos advertir dos figuras antitéticas, es decir, la noticia que enuncia un hecho concreto y real, sucedido y registrado, el rapto de Felipe Vallese, y la negación de la institución policial del secuestro, diluyendo de esa forma la realidad, convirtiéndola en una trama ficcional, a su vez se observa, también, la ignominia del poder a través de la amenaza, a través del usufructo de las armas. En esa contradicción opera y fluctúa la ficción y la realidad; quien detenta el poder arguye e impone su propio relato, articula en su propio beneficio el monopolio de los aparatos represivos del Estado.
Se puede hacer otra lectura, acorde al período, considerando la clandestinidad de los órganos de difusión del peronismo. En los diarios y revistas de esos años se destaca la dependencia colonialista de cierto periodismo y de muchos intelectuales antiperonistas.
En el caso de la noticia se vislumbra esa influencia al contrastar un suceso local con hechos que acaecían en Chicago (Estados Unidos); un lugar bastante alejado para tomar como referencia, no sólo en distancia sino en idiosincrasia y en su matriz sociocultural. Esto delata la construcción de un relato que pretendía -siempre ha pretendido- asemejar o relacionar a nuestro país con los imperios. No es azarosa la elección comparativa, porque en esos tiempos se trataba de reconciliar a nuestro país con el nuevo orden mundial, pues los gobiernos del General Perón habían osado desafiarlo, aislándonos del mismo.

Entre realidad y ficción.
A esta sumisión ideológica la denunció Arturo Jauretche, cuando advertía sobre los intelectuales que estaban a favor de la pedagogía colonialista, que repetían las fórmulas y conceptos dictados desde los centros de poder foráneos.
Hernández Arregui también recalcaba sobre la necesidad de la conformación de una cultura nacional, o Rodolfo Kusch, al pensar una filosofía netamente americana, resaltaba sobre el temor de ser nosotros mismos.
En esta tensión entre realidad y ficción sería importante reponer una descripción que hace “Cacho” El Kadri que es sorprendente, más todavía considerando los sucesos trágicos que relatamos. Configura, de alguna manera, la visión del mundo (del “nosotros”) que tenían los militantes, de las organizaciones populares: “Y qué lindo fue tener hermanos como aquel Tito Bevilacqua con el que vendíamos Palabra Argentina y luego nos metíamos en los cines para silbar al almirante Tessaire cuando desde la pantalla denigraba a Perón y al peronismo; o aquel otro, Felipe Vallese, ‘Misterix’ por su impermeable blanco abotonado en doble hilera, parecido al del personaje de historieta, con el que nos escapábamos juntos después de haber recuperado ‘armas para el pueblo’ y, sentados en el fondo del 406, decirnos mutuamente una gran mentira: ‘esto no es para mí, yo no me meto más en nada’; o aquel gigante Gustavo Rearte que nos conducía con una sonrisa y se tiroteaba con la policía defendiendo su libertad; o con Jorge Rulli refugiándose en Montevideo, sobreviviendo junto con otros compañeros, gracias a las noches de póker con que el ‘Gordo’ Cooke hacía una diferencia para ayudar a los ‘muchachos’; o el bueno de Dardo Cabo, distribuyendo gelinita a los compañeros de la Resistencia […] o el Petitero, el Anguila, el del Poncho Colorado […] toda aquella barra de Corrientes y Esmeralda, ‘que juró lealtad al conductor/ luchará si fuera hasta la muerte/ por la Patria y también Juan Perón¨ (Cersósimo, F., Envar El Kadri, 2012).

Relectura.
Volver a Felipe Vallese, es pensar la historia, intervenir en ella, es hacerla, implica tener en cuenta una serie de consideraciones, porque esa relectura que se realiza tiene un sesgo ideológico, tiene una toma de posición determinada. Por lo tanto cuando se pasa el cepillo a contrapelo -como aconsejaba el pensador Walter Benjamin- se está reinterpretando el pasado desde el presente, lo que tendrá consecuencias para ese tiempo-ahora, pues pondrá en un nuevo cuadro de situación aquellos materiales pretéritos en y con el estado de emergencia contemporáneo. Esos son los efectos -o deberían ser los efectos- de la memoria, el hecho que se desprende de la causa (de una causa), entonces se historiza, se hace real, pero se carga de sentido (tanto simbólico como imaginario), por lo tanto habrá resignificación de lo sucedido y resignificación del momento actual. Se trata, en consecuencia, de un doble movimiento, en donde se recupera la historicidad de lo que se recuerda -reconociendo el sentido que tuvo para los protagonistas- a la vez que se revisita el pasado como algo cargado de sentido para el presente.

* Escritor