La vida nueva

Dini Calderón es grabadora y una de las principales referentes de la plástica en La Pampa. El paisaje es el tema central de su obra que fue expuesta dentro y fuera del país. Comprometida con lo social, cree que Santa Rosa es su lugar en el mundo.

Enero de 2015. Una mujer y dos hijos adolescentes llegan a vivir a una casa semiabandonada. Ella es rubia como una europea del este, está divorciada y es el motor de la familia. La casa es en realidad un geriátrico desmantelado en medio de un terreno enorme en el que crecen árboles viejísimos. Hay pinos, acacias, una planta de quinotos, dos ficus. Al fondo, la pileta en forma de riñón está ocupada por ramas secas y basura. Adentro, los muebles se consumen en un vaho que ahoga las habitaciones. En el techo sobran filtraciones y cuando las ventanas se abren corre un viento que hace pensar en el mar, en un acantilado lejano y sórdido. Los hijos hacen fuerza para no pensar en fantasmas.
Este podría ser el comienzo de una película de terror si no fuese porque la rubia es Dini Calderón, una de las artistas plásticas más reconocidas de La Pampa y la casa no quedara en Villa Amalia, a menos de 20 cuadras del centro de Santa Rosa.

Bajo techo.
Hace una semana que los Calderón se instalaron allí y en ese tiempo conquistaron los espacios que ya eran patrimonio del abandono. Cuando llegaron al barrio, armaron una especie de campamento y muy de a poco fueron limpiando pisos, acarreando porquería, pintando paredes, desarmando falsas habitaciones de durlock. En el medio de la mudanza perdieron un gato y descubrieron el volumen real de las cosas que acumularon sin darse cuenta en su antigua casa.
Transformar las ruinas de la residencia geriátrica en un hogar, le dejó a Dini un dolor en la cintura, por eso ahora, arriba de una pollera colorida y debajo de una musculosa negra, lleva puesta una faja con ballenitas color piel, de esas que se usan para mantenerse derecho. Lo más importante -dice y respira aliviada- es que ya tienen un techo y un lugar destinado para la prensa de grabado, esa herramienta mecánica con la que comparte -desde hace años- gran parte de su vida.
Ahora en donde había un baño para discapacitados hay una biblioteca enorme y en el lugar donde seguramente pasó sus últimos días un residente, una sala de juegos. El olor a viejo, a humedad, fue exorcizado por las comidas caseras y el perfume de los nuevos inquilinos.
-¿Cuándo y por qué elegiste el grabado?
-Fue cuando arranqué en la Pueyrredón (Escuela de Bellas Artes) en Buenos Aires. En ese momento no supe por qué lo elegí. Con los años pude explicármelo: me gustaba la cuestión técnica, los materiales, probar cosas nuevas, algo que tiene que ver más con la química. Entendí que el grabado se había servido de los adelantos en la imprenta y que tenía la particularidad de marcar el momento en el que estás viviendo. También es una disciplina múltiple porque siempre se parte de un original pero que va a reproducirse. Eso te permite una circulación mayor del trabajo y costos más bajos que una pintura o una escultura. El grabado siempre es más barato y uno puede fácilmente comprar obras. Además es un arte que siempre estuvo ligado a popularizar imágenes que estaban destinadas a una elite y que tiene una carga histórica ligada a los movimientos sociales y políticos.
-En ese sentido ¿entendés tu obra como una obra política?
-No sé. Es como el tema de los Redonditos de Ricota, "todo arte (‘preso’, en el tema musical) es político". Yo tengo una posición, pero no sé si toda mi obra es política, o claramente política. Quizás en algún momento sí me preocupaba eso y trabajaba de una forma más directa. Ahora no sé si eso me preocupa tanto. De todas formas, siempre lo político aparece en la obra.
-¿Quiénes fueron tus maestros en el grabado?
– Creo que uno tiene muchos maestros. Acá, el primer acercamiento al grabado lo tuve en con Eduardo Di Nardo que era uno de los profesores de primer año y era excelente. También Cristina Prado. En Buenos Aires, donde formé parte de un grupo de arte callejero, aprendí de Juan Carlos Romero que tenía una obra muy política. Un compañero de estudios, Gerardo Prado, me enseño mucho. Los demás son parte de la historia: Rembrandt, los grabadores japoneses, Goya, Daumier y los latinoamericanos.
-Podría decirse que el grabado tiene una dimensión colectiva respecto de las demás disciplinas…
-Sí. Es bastante colectivo porque tiene una cuestión que es la dificultad técnica. La prueba y el error son cuestiones comunes y lo que hacés es intentar charlar con el otro sobre cómo resolvió ese problema. Con el tiempo adquirís oficio y errás cada vez menos, pero mientras tanto, el otro es el que te va mejorando. Los grabadores somos muy pocos y a la vez muy desprendidos con nuestro trabajo, intercambiamos mucho. Tengo una gran colección de otros artistas.
-¿Podría hablarse de un grabado pampeano?
– No, para mí no. No hay mucha gente en La Pampa que esté trabajando en grabado. En este momento debe haber cuatro personas. Se podría hablar de un "grabado pampeano" dentro de 20 años y si es que durante ese lapso hubo un grupo de personas que trabajaron sostenidamente.
-¿Hay algo en tu infancia que vos puedas señalar como tu despertar en el arte?
-Mi mamá, María Eugenia, pintaba. Me acuerdo del olor a la trementina porque ella pintaba con óleo en el comedor de casa. Nunca tuvo un taller aparte. Ponía una silla, apoyaba el bastidor en el respaldo y se sentaba en el piso con una taza de café. Para mí era normal convivir con cuadros colgados y, lo supe de grande, no era para el resto de los chicos. En lo de mis amigos no había cuadros o una biblioteca gigante como la que había en casa. Sé que la familia de mi abuelo materno tenía una fundición artística en Milán y que había una tradición.
-¿Hay algún artista pampeano que admires?
– No sé si admirar. Me parece que en la admiración entra una cuestión que tiene que ver con lo mágico, con un lugar inaccesible. En La Pampa también es difícil hablar de eso porque el trayecto es muy corto dentro de la historia del arte. Yo reconozco a muchos de mis pares, y les reconozco el trabajo y el compromiso más que la obra. No creo que haya obras más importantes que otras. Me embola esa cuestión medio tilinga de ver qué es ‘lo que se usa’ para tratar de producir algo y encajar en algún espacio. En los que trabajan a conciencia, reconozco a todos. Muchos de ellos son o fueron alumnos míos. Sin embargo, en mi vida personal, hay una persona a la que le admiro la coherencia: Edgar Morisoli. El hombre empezó de muy joven, y hoy tiene más de 80 años y sigue produciendo. Es un artista que se construyó a sí mismo como actor social y político. A él sí lo respeto, le admiro la obra y la disciplina con la que trabaja.
-¿Tenés una rutina de trabajo?
-Ahora, en esta condición, puedo volver a tener una rutina. Generalmente sí tengo una rutina. Doy clases a la tarde y a la noche y a la mañana trabajo con mis cosas en el taller. Por ahí, después de laburar, sigo otro rato más.
-¿Cuáles son los grandes temas de tu obra?
-El paisaje. Pero no el paisaje concreto, sino entendido como espacio físico que generó una cultura, una manera de ser, de ver el mundo. La identidad del paisaje. Los últimos diez años he estado trabajando sobre eso. Yo estoy convencida de que uno elige el lugar donde vive, más allá de donde uno nació. Yo elijo quedarme acá.
-¿Pensáste en irte alguna vez?
-No, y menos en irme lejos. Si me tocara, podría vivir en otra zona del país o de Latinoamérica, pero no más lejos. No me gustaría vivir en otra ciudad. Me gusta mucho viajar, pero no me iría de acá. Me gusta poder ir y volver. Hay ciudades que son más amables, más fáciles para vivir. Pero hay una cuestión que tiene que ver en la elección del espacio, que es casi como la elección de una pareja. No podés explicarlo demasiado bien, pero que a pesar de que no estés de acuerdo en un montón de cosas, lo seguís eligiendo.

Mirada desde afuera.
Las tareas de la casa tienen una particularidad: mientras se las realiza, uno puede estar pensando en otra cosa. Barrer, lavar los platos, ordenar la ropa y plancharla, son acciones casi automáticas en las que se compromete gran parte del cuerpo pero no la totalidad de los pensamientos. Por eso puede ser que mientras Dini barre el piso del living, esté pensando en Europa, en las galerías que recorrió junto a Marta Arangoa en el mes de octubre y en los lugares en que mostraron sus grabados: la Galerie des Corsaires (Francia), el espacio de arte Cartó (España), la Galería M. Font y el Consulado Argentino en Barcelona. En ese viaje, dieron conferencias sobre el grabado y dejaron algunas obras. Puede ser que también, mientras le pasa un plumero a una repisa, recuerde que una parte de su obra -junto a la de otros argentinos- está exponiéndose en Caracas y seguirá su gira por Venezuela. Pero lo más probable, es que ella esté pensando en que, en menos de dos semanas, una de las habitaciones de la nueva casa va a quedar vacía. Su hija mayor se va a estudiar arte a Córdoba y el hogar será solo para dos. En unos días, ella viajará hasta la capital mediterránea para hacer lo mismo que está haciendo ahora en Santa Rosa: armar una casa, un departamento de estudiante.
-¿Qué hacés cuando no estás trabajando, en tu tiempo libre?
-No tengo mucho tiempo libre. A veces salimos con los chicos a andar a caballo. Tenemos dos. Lo normal es que yo esté trabajando, no puedo estar sin hacer nada. No miro televisión y voy al cine a ver películas de chicos. Leo, más que otras cosas, historia del arte y poesía porque ilustro a poetas. Hace mucho que no leo ficción.
-¿Tenés alguna posesión/cosa que atesores por sobre las demás?
-Soy acumuladora compulsiva, coleccionista de cosas. Tengo muchos tesoros, cosas viejas de mi familia pero quizás el mayor tesoro son los libros.
-¿Cuál es tu mayor logro?
-El mayor logro que tengo es la libertad de hacer lo que quiero, haber podido llegar al punto en que el trabajo que me da de comer es lo que más me gusta hacer.
-¿Qué talento te gustaría tener?
-Me gustaría cantar. Soy una sorda absoluta para eso.
-¿Hay algo que te disguste de tu apariencia?
-Ya no. En la adolescencia me molestaban mis pecas.
-¿Cuál es tu mayor miedo?
-Miedo, no. No tengo miedo. Tengo preocupaciones. Hoy una de ellas es la casa. Yo necesito organizar, tener ese espacio resuelto. Necesito tener mi territorio, mi espacio para vivir y trabajar.
-¿Tenés un defecto que odies de vos?
-Tengo miles, pero hay uno que trabajo bastante para corregirlo y que nunca me sale: soy muy sobreprotectora, malcriadora. Protejo a todo lo que me rodea y eso es un defecto. Genera dependencia, genera que el otro, si vos no estás, no pueda resolver.
-¿Cuál es el defecto que más te molesta en los demás?
-Me molesta la mentira, básicamente.
-Pero en alguna ocasión debés mentir…
-La verdad es que no me acuerdo. Por ahí me callo cosas, porque no es oportuno decirlas en ese momento. Pero no mentir, no decir una cosa por otra. Nunca me he visto en la necesidad. Eso tiene que ver con una característica de personalidad: los que mienten, mienten siempre en todas las facetas de su vida, porque básicamente se mienten a sí mismos.
-¿Te acordás de algún momento en un momento de tu vida en el que fuiste muy feliz?
-Muchos. Pero creo que los momentos de más felicidad están vinculados a cuestiones afectivas o al trabajo. Cuando me fui a estudiar, cuando nacieron mis chicos. Estar con otros que hacen lo mismo que yo, es siempre un momento hermoso.
-¿Tenés idea de cómo es la felicidad completa?
-No, pienso que no existe y tampoco me preocupa. La felicidad son instantes. De otra forma la felicidad supondría un estado de equilibrio perfecto y eso no existe. Quizás estar muerto sea la felicidad porque sería volver a una situación de equilibrio absoluto y total. El estar vivo significa que te van a pasar cosas, algunas lindas y otras no tanto.
-¿Pensás en la muerte, en cómo será?
-A veces, no siempre y no pienso en cómo será. Pienso en el tiempo que me va a dar. Yo no tengo miedo de morirme. Me gustaría que sea durmiendo, sería lo más apacible.
-¿Creés en Dios?
-No, pese a que fui a una escuela católica.
-Si pudieras reencarnar ¿qué te gustaría ser en otra vida?
-Siempre que hablo con mis chicos sobre eso, les digo que quisiera reencarnar en un gato, pero un gato mío, porque tienen la vida resuelta (risas). Me gustaría reencarnar en una animal salvaje, en un pez.
-¿Hay algo que quisieras cambiar de tu familia?
-Me gustaría poner vivos a mis viejos de nuevo. Pero la realidad es que las macanas que me mandé las asumo: me separé, tuve hijos con la persona equivocada. Eso es parte de mi vida y en su momento creí que era lo mejor. No volvería el tiempo atrás para cambiar eso.
-Tenés 47 años ¿Cuáles son las cosas que aprendiste?
-A medida de que te ponés más viejo te das cuenta que son más las cosas que no sabés. Y eso se va agudizando. Aprendí a tener paciencia, a respetar los tiempos de los demás, a entender que los otros son como son y a alejarme si son muy tóxicos. Aprendí que es imposible cambiar a las personas, y que nadie cambia porque otro intervenga sobre su vida. Aprendí a ser flexible con los planes. Gran parte de lo que la gente toma como fracasos tiene que ver con la rigidez en los planes. Y aprendí a vivir el momento: que todo es hoy. Todo es hoy.


Lautaro Bentivegna / PERIODISTA
Rodrigo Pérez / FOTOGRAFO