Literatura y redención

Daniel Pellegrino *- Jorge Warley * – Probablemente haya que aceptar que la literatura de este casi abogado, periodista y narrador fue reconocida y leída antes en el extranjero que en nuestro país, incluida su patria mendocina. Alguna de las razones habría que buscarla en los años sesenta y setenta.
El contexto grande de la escritura de Antonio Di Benedetto corresponde a la teoría de la liberación y de los movimientos socialistas que, ante la injerencia creciente de los Estados Unidos, luchaban por conseguir una mayor autonomía de los países latinoamericanos, al mismo tiempo que la literatura del subcontinente atravesaba fronteras y se difundía especialmente en Europa. Así, Antonio Di Benedetto alcanzaba el éxito y el reconocimiento en Francia y Alemania, circunstancia que aprovechó para expresar su punto de vista sobre cómo la centralidad política y cultural de Buenos Aires gravitaba en forma negativa sobre la producción literaria del resto del país.
El docente de la Universidad Nacional de Cuyo, Diego Niemetz, recuerda que Di Benedetto declaró, a principios de los ’70, en una publicación alemana que “el escritor originariamente del interior o de las naciones vecinas que escriben exclusivamente para el porteño (…) ese escritor se mimetiza, aprende laboriosamente el lunfardo porque sin él no sale adelante, para decirlo en general, debe someterse”. Niemetz agrega: “es evidente que la relación centro-periferia demarca esta mirada de Di Benedetto, pero también es evidente que la marginalidad es una forma de posicionarse en el campo cultural al punto de lograr ser el escritor local (mendocino) más importante en cuanto reconocimiento y trascendencia del siglo XX. Pero la trayectoria del escritor demostraba, paralelamente, que no era necesario caer en el color local que imprimía a la literatura mendocina una huella de siesta, vino, rumor de acequia y hoja de parra. No tuvo el éxito comercial que tuvieron otros autores, eso está claro, y no tuvo el reconocimiento ni siquiera en Mendoza que alcanzaron, en mi opinión, escritores de menor jerarquía”. Es más, para Niemetz el proyecto literario de Di Benedetto se concentró en vencer una triple marginalidad: “ser mendocino y no escribir sobre Mendoza abiertamente, ser mendocino y no aporteñarse y ser argentino y no europeizarse”.

Estilo.
Casi toda la obra de Di Benedetto se ubica en un ambiente urbano aunque en varios de sus relatos aparecen pobladores rurales y espacios abiertos, desérticos, que recuerdan paisajes similares del oeste pampeano tratados por nuestra literatura.
Sin embargo estaba lejos de caer en cuadros costumbristas o de elaborar personajes que siguieran la tradición del realismo. Es notable en Di Benedetto el trabajo escritural en busca de la frase cortada (y el uso del hipérbaton), para hallar un efecto adicional de sentido a la historia que se narra. Resulta difícil explicar esa paciencia de acomodar e infundir connotaciones al uso de las puntuaciones, los cortes en las frases, hasta conseguir un tono oral que resulta familiar, como si fuera de un habla o fraseo especial, es decir, un modo de expresión que se presupone propia del ambiente criollo y del espacio llano. Dos muestras breves:
“De las islas se suelta una liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Únicamente en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto. No busca agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin nombre. Se adelanta en contra del viento”.
“El ramillete de finas hierbas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes” (ambos fragmentos son del cuento Caballo en el salitral).

Confesión y soledad.
“Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno, por el contrario, las necesidades, el afán de descollar, hacen que el hombre use muchas armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la sociedad. Adentro suyo se tortura. Por eso necesitamos la confesión. Por lo común nos rodean oídos sordos. La confesión busca sacar el veneno que tenemos adentro, busca el perdón. ¿Y quién es el que en forma directa nos otorga el perdón? La madre. Yo la perdí. Lo que yo siento en estos momentos es una soledad individual muy profunda, gran pudor en los sentimientos. Se me ha vuelto un tremendo problema exteriorizarlos. Si me juzgo -como todos los que fuimos inventados por Luigi Pirandello o Fiodor Dostoievsky-, me siento solamente culpable y sin redención. Porque, ¿quién me perdonaría?”.
La reflexión define buena parte de la literatura de Antonio Di Benedetto; es anterior a que fuera secuestrado de su despacho en el diario Los Andes por un patrulla militar, y fue rescatada poco después del regreso de su exilio europeo, en 1986, por Alberto González Toro para El Periodista de Buenos Aires, exitoso semanario de las desaparecidas Ediciones de la Urraca.
El artículo giraba en torno a los dos últimos libros de Di Benedetto, más allá de algunas selecciones de su material anterior: los Cuentos del exilio, de 1983, y la novela Sombras, nada más, de 1985, y mezclaba su comentario con alguna amarga reflexión sobre la soledad, la tristeza y el abandono que abrumaron al escritor en sus últimos días.
Tanta era la simpatía que despertaba el autor que los críticos y colegas se limitaron a reseñar descriptivamente aquellos dos volúmenes, aunque no causaron mayor entusiasmo.
La otra punta del camino había comenzado a ser transitada tres décadas antes, cuando su texto más brillante, Zama, al poco tiempo de ser editado se sumaba a la antología de la gran literatura argentina. Sobre ella escribió un artista tan exigente como Juan José Saer: “”Zama es, por ciertos aspectos de su concepción narrativa, comparable a las obras mayores de la narración existencialista, como La naúsea (de Jean Paul Sartre) y El extranjero (de Albert Camus). Yo creo, sin embargo, que por las circunstancias en que fue escrita y la situación peculiar de la persona que la escribió, Zama es en muchos sentidos superior a esos libros”.

Relatos al cine.
Los relatos de Antonio Di Benedetto han sido llevados a las pantallas cinematográficas en varias ocasiones. Con suerte diversa.
Primero fue la novela corta Los suicidas. El filme que buscó traducirla visualmente se estrenó en la Capital Federal el 5 de octubre de 2006, fue escrito y dirigido por Juan Villegas. Daniel Hendler encarnó a su personaje principal, un curioso y melancólico periodista.
Cuatro años más tarde le llegó el turno a Aballay. Inspirada en el cuento homónimo, Fue escrita junto a colaboradores y dirigida por Fernando Spinner. Llevaba por subtítulo “El hombre sin miedo”, con aroma a historieta, y semejaba ser -bien explícitamente- una suerte de western criollo.
Pero sin duda la apuesta mayor es la que próximamente el público argentino podrá apreciar. Se trata de la obra mayor del mendocino, la novela Zama, que llegó a su vida de papel hace más de medio siglo, en 1956. Su protagonista es un aventurero español más que, con un título nobiliarioabajo del brazo, arribó a las tierras americanas hacia fines del siglo dieciocho.
Don Diego de Zamalloa en verdad existió, aunque Diego de Zama -su descendiente en la ficción pergeñada por Di Benedetto- obtuvo el relieve que aquel no. “He escrito varias novelas, pero sólo rescato de ellas Zama, que me ha dado muchas satisfacciones. Incluso hay en Madrid una librería que lleva su nombre”, comentó alguna vez su autor.
Pero si este filme presenta, antes de ser conocido, un mayor interés que los anteriores es por su directora. Lucrecia Martel es la responsable de tres de las mejores películas nacionales del último período: La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza, y de un intento que quedó a mitad de camino y dejó a todo el mundo con las ganas: El eternauta.
“No siento que Zama sea una película de época. Salir de tu tiempo para adelante o para atrás es salirte de tu época. Con la novela, Di Benedetto hizo que esa transgresión probablemente sea de las cosas que más enriquecieron nuestra cultura. La libertad con que narró esa época. Las cosas que creó fueron invenciones propias. Eso es muy atractivo, y hemos tomado esa libertad”, confesó la Martel en una entrevista realizada por Pablo Scholz.”De todas las líneas del plano de la novela tomé algunos, es ese entorno de la pérdida de identidad y la libertad que te da. Por ahí es eso, ese aspecto que me pareció muy moderno”.
* Docentes de la UNLPam

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