Luz sobre una antigua penumbra

Guillermo Herzel*
La escritora presentó su nuevo libro “Camión Volcador”. El prólogo realizado por Guillermo Herzel como presentación de la obra, da cuenta de que “su poesía, entonces, es para hombres y mujeres que, como ella, han elaborado sus luchas a partir de iguales cimientos, la vida misma”.
La biblioteca de “Barrio Escondido” lleva su nombre. Sin conocer el lugar, sé de la lucha de su gente por volver positivo el muchas veces negado valor dignidad de los suyos.
No hay sitio más preciso para el nombre de Teresa y, a la vez, designación más justa y oportuna para ese notable y franco emprendimiento popular.
“Atrás quedaba la tapera del bajo y las pilas de adobe vigiladas por los perros a la entrada de la noche todo era silencio cayendo espeso sobre la memoria de aquel rancherío.”
Es la mirada memoriosa de Teresa niña, hija del monte, describiendo la geografía de su infancia que, con el transcurrir de una vida, toma su nombre, por decisión de hombres y mujeres que la habitan y se saben fuertemente emparentados con la historia de “su” escritora, Teresa Pérez, y la de todos los “pérez” de la Tierra.
Cuando tomé conciencia del compromiso que me hacía responsable del prólogo de este querido y demorado libro, sentí un inmediato y fuerte agobio por encontrar el modo de vencer, en el camino de la lectura, la sintonía preexistente con la autora y su literatura.
Ahora, tras el regocijo de cada texto, después de recorrer su integridad, renglón a renglón, imagen por imagen, sus heridas, las noches de aparecidos y luces malas, de hachas golpeando sobre los caldenes y “entre los ojos del que se siente obligado heredero de sus muertes”, tras descubrir las escasas pequeñas alegrías del rancherío; ahora, no logro superar aquel temor que ha tomado signo contrario, obligándome a buscar, desesperadamente, la palabra capaz de dimensionar la altura del lenguaje que nos ha ofrendado y la profundidad de su relato.
Bien decía ya la escritora Aurestela Mini, cuando veinte años atrás, refiriéndose a la poesía de Teresa, le atribuía dos componentes esenciales: expresión e impresión. Coincidía con la poeta chilena Eugenia Toledo que, tras la lectura de “Penumbra de la paloma”, escribió: “a lo largo de la lectura, sentí La Pampa, la Tierra”. Ambas sorprendidas por esa capacidad de andar sobre un lenguaje que “examina todas las dimensiones del presente y lo cotidiano”. Es que Teresa vuelve atemporal su tiempo en los pisaderos, su horizonte de adobes, sus olores de fuego. Fue para ella tan poderosa aquella gesta que hoy le resulta invencible, aún frente a los intentos cotidianos de la ciudad.
“Yo vi la propia jarra de mi sombra seducida por la boca del médano…”
El lenguaje elegíaco de Edgar Morisoli certifica esa atemporalidad y suma su ojo de poético topógrafo a la mensura fina y entrañable de los recuerdos. Dice en el prólogo de “Penumbra de la paloma” (1990): “la pena del monte, pena mala, cicatriz que no se borra y perdura indeleble en el alma y en el cuerpo del hachero y su gente”.
Es su mundo. El horno, las hachadas, el caldenal, el médano. La injusticia de lo escaso, parodia de indulgencia por centavos.
Es su poesía, amasada, cortada, puesta a secar antes del fuego.
Dice el poeta cubano Mario Wilson Jay: “Este lenguaje se alimenta de su propio sufrimiento. Es un placer y un asombro descubrir versos en los cuales, desde la perspectiva del ser, intimismo e Historia quedan rediseñados”.
Entre renglones y a la sombra de palabras frecuentes en los obrajes, a lo largo de todo el libro, uno puede descubrir que en ese mismo mundo de Teresa niña, habita buena parte de la lírica de Juan Carlos Bustriazo Ortíz:
“Era hermosa la hornalla, mil colores…”
Y, si bien es cierto que cada texto de Teresa es una cadencia, una sucesión armónica que nos atrapa y guía en la lectura, ese ritmo -que no necesita cadenero- suena a pleno, cuando en “Laurel de la lejanía”, aparece, genio y figura, Guillermo Mareque, para idéntico relato, desde su lenguaje musical, templado y vuelto maravilla en los propios suburbios que abrazara junto a Teresa y a Juan Carlos.
Este libro de Teresa Pérez pone mojones a lo largo del curso exacto de su tiempo: Una vida de orígenes verdes y musicales, enmarcando el sacrificio; vueltos de pronto ciudad gris y compartida que ordena espacios y relaciones para la construcción de nuevos, inciertos vínculos.
Su poesía, entonces, es para hombres y mujeres que, como ella, han elaborado sus luchas a partir de iguales cimientos, la vida misma: El agua que hubo que demandar a la tierra, la leña, el refugio de las paredes, los trabajos…
La demora con que nos llega, ha sido su tiempo de maduración.
Nos acerca una voz notable, que ha vivido cada renglón de su relato. Que se ha vuelto voz de la memoria de todos aquellos hombres y mujeres que saben muy bien de la torcedura, del laberinto, del “pecado” original que deben remontar los que, con poca escuela y desesperación de trabajo, habitan los arrabales de la Tierra.
Celebro el libro. Una impecable narración, desde una memoria urbanizada y adulta, pero sujeta, a la vez, a ese mundo que atravieso en cada llegada a Santa Rosa. Mundo de humo denso, en el que los adobes fortalecen su futuro, y dignidad, más adelante, de un barrio que, sobre carencias e incertidumbres, no sólo fundó una biblioteca popular, sino que supo designarla, por historia y literatura, con la certeza de los que saben.
*ESCRITOR